Un poema, un nébulo, un cenobio y unos poselas
Estos poemas los desencadenaste tú
Como se desencadena el viento sin saber
Hacia dónde ni por qué
Son dones del azar o del destino que, a veces
La soledad arremolina o barre
Nada más que palabras que se encuentran
Que se atraen y se juntan
Irremediablemente y hacen
Un ruido melodioso o triste
Lo mismo que dos cuerpos que se aman
(Pedro Guerra)
Pronunció la palabra POEMA y el nébulo sintió una bilabial explosión cuyo hipocentro se encontraba en la consonante que iniciaba la palabra. Al estruendo consonántico siguió esa vocal amable y redonda que inunda la boca hasta fusionarse con la vocal siguiente, signo de transición hasta una letra también redonda, saturada por la vocal que mejor le conviene, la vocal del grito colérico y, paradójicamente, la vocal del gemido apasionado. Tras estas reflexiones no pudo sino volver a repetir, esta vez fue casi un grito, la palabra POEMA, y sintió, mientras su aparato fonador articulaba el signo, cada uno de los sonidos viajando a través de sus dientes y de su lengua. Notó el aire, en su sorda sonoridad, recrearse en sus papilas gustativas, recorrer su paladar acariciando cada una de las terminaciones nerviosas que le capacitaban para otorgar un sentido al mundo y a lo que en él ocurre. Volvió, esta vez sí, a gritar la palabra POEMA. Y la cadena de sonidos encontró cobijo junto a un sueño. Un cenobio que asistía al soliloquio del nébulo, aprovechó un momento de distracción para robarle el sueño y reconstruirlo despojándolo de lírica, metro y rima. Convirtió el poema en teoría, tesis, axioma, teorema y corolario. Los poselas se limitaban a contemplar el espectáculo, sin juicios ni prejuicios, sin la más mínima voluntad de intervenir en el suceso. Siempre se limitan a constatar la fugacidad de los acontecimientos y el transcurrir implacable del tiempo.