
Hay cronopios que se empeñan en atentar contra su propia naturaleza y entonces se enamoran y componen poemas líricos sobre la belleza y las bondades del ser amado. Abandonan su modo lúdico de lidiar con la vida y se instalan en complejidades existenciales excesivamente ajenas a su modo de ser. Pasan noches enteras ensimismados, abandonan las cronopiadas y ya no saludan a los demás con esos pequeños saltitos acompañados de algunos giros que se asemejan al baile de las peonzas. Comienzan a ordenar los cajones donde guardan los piolines tomando como referencia el alfabeto cirílico y clasifican los alimentos según las últimas taxonomías propuestas por la señora Margulis. La metamorfosis comienza y el cronopio va adquiriendo los rasgos de los famas, que como todo el mundo sabe han hecho del la norma, la ley y el orden, el principio rector de todos sus actos. Y el desasosiego se instala en el cronopio enamorado, pues difícilmente pueden coexistir la Ley y el Sentimiento en una única alma, aunque sea la de un ser tan singular e inefable. Poco a poco empieza a imaginar el futuro, término que no existe en ninguno de los diccionarios cronopiados hasta ahora conocidos. Y va olvidando su pasado y adquiriendo la esencia de las esperanzas. Sus amigos le citan todas las noches a fin de detener la metamorfosis mediante un proceso criogénico que lo libere del prurito erótico enfermizo. Pero como los cronopios tienen la costumbre de quedar sin fijar la fecha ni el lugar, sus tentativas fracasan estrepitosamente. Además, el enamorado nunca acude, está tan...