El tiempo no es un pájaro aunque algunos se empeñen en decir que “vuela”. Su vuelo no es majestuoso, tampoco es bello y mucho menos hermoso. El tiempo, más que volar, sobrevuela, indiferente a las querellas humanas, sobre todos y cada uno de nosotros. Nos envuelve en su vuelo, no como unos brazos amados de los cuales extraemos el aliento para seguir poniendo un pie delante del otro y no desfallecer en nuestro intento por otorgar un sentido a este navio enloquecido que llamamos vida, no como la risa urgente que nos exige el alma para no perecer ahogados en la aparente tragedia que revelan los asuntos más cotidianos, no como aquel gemido que escapó de tu cuerpo y sacudió el mío hasta los cimientos en los que se apoyaban mis entrañas. No, el tiempo no es un pájaro aunque nos sobrevuele, amenazante, día a día, recordándonos que todo devenir es, ante todo, un perecer. No, el tiempo no es un pájaro. El tiempo no vuela. En el principio le robamos sus alas y desde entonces las busca sin cesar en los rostros de los hombres. Se equivoca. Los rostros no son pájaros, no tienen alas.
Publicación del libro “Gestos en la noche. Historias de represión, erotismo
y sociabilidad LGTB+ (1971-1979)”, escrito por Javier Fernández Galeano,
miembro del HUM-536
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