All we are is dust in the wind

All we are is dust in the wind
No hay que desperdiciar una buena ocasión de quedarse callado (Jorge Drexler: SILENCIO)

A NADIE PRETENDO COMUNICAR CERTEZA ALGUNA. NO LAS TENGO.

A lo sumo alguna conjetura, siempre desde la incertidumbre.

Hace años lo aprendí de Albert Camus. Más tarde, unas palabras de Michel Foucault volvieron a recordármelo: No hay que dejarse seducir por las disyunciones, ni aceptar acríticamente los términos del dilema: o bien se está a favor, o bien se está en contra. Uno puede estar enfrente y de pie.

"La idea de que todo escritor escribe forzosamente sobre sí mismo y se retrata en sus libros es uno de los infantilismos que el romanticismo nos legó...las obras de un hombre trazan a menudo la historia de sus nostalgias o de sus tentaciones, casi nunca su propia historia" (Albert Camus)

http://books.google.es/books?id=GiroehozztMC&pg=PA25&source=gbs_toc_r&cad=4#

PARA QUÉ SIRVE LA FILOSOFÍA. Paco Fernández.


domingo, 18 de octubre de 2026

PECIO 2209: MANIQUEÍSMO

Maniqueísmo 

 

Un nuevo y extraño ser
Ha nacido en la ciudad
Es el hijo de un camión
Y una acacia
Se confunde su color
Con el humo del tráfico
Se para extasiado y feliz
Con el ruido

Come tornillos y clavos
Trabaja en una fábrica
Donde produce como diez
Y cobra como uno

Es un ser humano hijo del futuro

(Asfalto) 


 

    El maniqueísmo es una doctrina filosófica y teológica que conjuga a partes iguales simpleza y estupidez. La simpleza se deriva de la adopción, por parte de sus acólitos, de una idea reductora de la complejidad de lo real: la bipolaridad ontológica. Simpleza que deviene estupidez cuando estos se sitúan en el polo positivo de la bipolaridad establecida. La dicotomía es el mecanismo escogido por el maniqueo para establecer sus imposturas y disparates: Bien / Mal, Verdad / Falsedad, Materia / Espíritu, Dios / Diablo... Para el maniqueo la realidad es una moneda: solo tiene cara y cruz. Al lanzarla, solo se puede materializar una de las dos opciones posibles.  Entre los maniqueos modernos destacan aquellos que han promovido la dicotomía Naturaleza / Tecnología. Suelen ser fácilmente identificables porque se les ve frecuentar los herbolarios, soñar con un viaje espiritual a la India, creer todo lo que dicen los textos tipificados como ancestrales, embadurnarse de ungüentos presuntamente mágicos o acudir al karma para explicar cualquier beneficio o castigo que se pueda obtener en la vida. Son quimiofóbicos e hierbofílicos. Términos como “estabilizante” o “pasteurizada” les provocan alergias de diversa índole. Algunos piensan que el Kéfir o el Humus que venden los supermercados está libre de cualquier tipo de aditivo y que las medicinas orientales son las únicas verdaderas. Su animadversión al cristianismo solo es igualable a su adhesión al budismo o al galimatías teorizado por J. Krishnamurti. Para estos maniqueos de la nutrición, está, por un lado, la naturaleza, idílica, liberadora, cómplice, madre amante y espacio sagrado de la vida bucólica. Por otro, la tecnología, bárbara, maléfica, fuente de todo mal y de toda alienación. Gaia nos cuida, nos protege, aunque de vez en cuando, harta de las tropelías del ser humano, nos castiga con virus, tsunamis o danas. Un tsunami no es un fenómeno natural, sino un castigo de mami harta ya de humos y vertederos. La tecnología nos subyuga, nos somete a los poderes políticos y económicos, nos aliena de nuestra esencia y nos convierte en prolongaciones de las máquinas. Lo natural es intrínsicamente valioso, lo tecnológico, maléfico. Yo, ni apocalíptico ni integrado, intento situarme en la equidistancia odiseica de las dos miradas, una que se vincula a la naturaleza, otra que se acomoda a la tecnología. Y no me fío de ninguna, ni de la naturaleza, ni de la tecnología, ni de mi mirada.