Melancolía
Y ya no puedo más, ya no puedo más
Siempre se repite esta misma historia
Y ya no puedo más, ya no puedo más
Estoy harto de rodar como una noria
(Camilo Sexto)
Comenzaré con un exabrupto: la lucidez es proporcional a la desesperanza que se es capaz de soportar. Y quisiera precisar que estar desesperanzado no se identifica con estar desesperado. El desesperado es aquél que confundió sus propios deseos con la realidad. Y se equivocó al adoptar dicha actitud. No tener esperanzas no significa estar desesperado, sino, más bien, no vivir presa de la ilusión existencial que conduce a una interpretación errónea de la realidad. No tener esperanzas es un síntoma de lucidez, apunta a una visión optimista de la vida, obliga a mantenerse ligado estrechamente a la realidad. La expectativa es más real que la esperanza, pues esta se anuda a una distorsión del presente ordenándolo a un futuro improbable. La expectativa, sin embargo, nace de una relación sagital con el presente y configura un modo de actuar que nos lanza hacia el futuro sobre la base de una acción que excluye la ilusión y se mantiene firme en la conciencia de la viabilidad de lo probable ante la impostura de lo imposible. Hay quien todavía espera la revolución, sentado en su sofá de IKEA y viendo un programa de televisión en su aparato adquirido en AMAZON. La imagen nos lleva a la idea de que el revolucionario melancólico ha pasado de esperar el acontecimiento a vivir del deseo de seguir esperando. Cuando se divinizan o deifican los productos fruto de la imaginación humana, se termina justificando cualquier acción bajo el lema revolucionario “el fin justifica los medios”. No hay sujeto o institución más peligroso que aquel que afirma “la razón está de mi parte” o “actúo de acuerdo con el sentido de la historia”. A partir del dogma se engendra la ortodoxia y de aquí a la legitimación del crimen sólo hay un paso o una bala. Algunos de mis amigos de izquierdas siguen mantenido un cierto lazo melancólico-ideológico con una revolución imposible que les permite afirmar su fidelidad a las antiguas raíces marxistas emancipadoras y, al mismo tiempo, participar plenamente en el globalizado juego del capitalismo. Mis amigos melancólicos no renuncian a SU revolución. Sin embargo, la niegan en cada uno de sus actos y de sus gestos, perfectamente instalados en una sociedad a la que desprecian, pero en la que ellos se encuentran perfectamente instalados. No renuncian y no aceptan que el deseo de revolución debe ser cuestionado, porque, en definitiva, ellos, más que desear la revolución, desean el deseo de revolución que han perdido. Ni siquiera han iniciado el duelo. El lugar de éste fue ocupado, primero por la nostalgia, después por la melancolía. Y ahí siguen. Es lo que tienen los lazos melancólicos: no permiten distinguir entre la falta y la ausencia.
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