No tal vez mañana
Dejaré de hablar de cosas que no he conocido, ni conoceré Dejaré de hablar más alto para hablar más claro de nosotros dos Hay mucho más de mí en ti que lo que queda dentro de mí
(Mikel Erentxun)
A propósito de lo dicho mientras dábamos buena cuenta de un guiso de costillejas de cerdo que tuvo como broche final una acuarela compartida de ideas, sentimientos y emociones.
Las palabras que utilizo son trampas para no afrontar, con la prontitud que exigen, ciertos lances que me trae la vida. Porque escribir, como pensar, es diferir (hoy se diría procrastinar). La escritura puede ser un buen refugio para pusilánimes y una buena ocasión para exhibir la falta de carácter. No digo toda escritura o todo pensar. Hablo de mi hábito de escribir y de pensar. Y no me refiero a toda mi escritura ni a todas mis rutinas cotidianas vinculadas al pensar o al conocer, sino al uso de la escritura como comodín para seguir diciendo “tal vez mañana”. Se hace pasar por virtud aquello que no es sino un mal hábito: la costumbre del timorato. Quizás sea mejor no escribir, dejar la pluma o el teclado o el boli o el lápiz a un lado, poner límites al personaje, a ese alter ego que hace de las palabras escudos para protegerse de los reveses de la vida. Hablo de la escritura-refugio, mojigata e hipócrita en su hiperbólica expresión, égida de apocados y muro de temerosos. A. Rentelo repite con insistencia que el mejor poema es el que no se escribe. ¿Acaso no es la actitud más coherente ante el poder seductor de la escritura-cobijo, de la escritura-amparo, de la escritura que teme trascender los límites del entramado arquitectónico en el que nos encontramos confortablemente instalados? Quizás sea mejor dejar eventualmente de lado esta singular tecnología depositaria de tanto culto y veneración para atender el imperativo ernestiano: ¡Peléalo!" -O como dice el poeta armado de su guitarra negra: "Yo siento que la vida se agita nerviosa si no comparezco..."
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