Soledad y/o compañía
Non, je ne suis jamais seul avec ma solitude
(Georges Moustaki)
Lo leí o lo escuché, no lo recuerdo. Es lo de menos. Leí o escuché que hay dos situaciones realmente insoportables para el ser humano: la soledad y la compañía. No es más que un susurro, la seductora voz de la soledad. No es más que un imperceptible impulso a romper los lazos que nos unen al mundo y a los otros, una fuerza invisible más potente que la necesidad biológica de saciar el hambre o la sed. Muestra su rostro y sus rasgos son definitorios: la soledad es el hambre del alma y la sed del espíritu, una ficción saturada de realidad, origen de la vida y destino de toda existencia, vampiro insaciable que nos desangra con sus caricias. La soledad: cara y cruz, revés y derecho, acción y reacción, atracción y repulsión, tan necesaria como despreciada. Estar solo y sentirse acompañado, sentirse solo y estar acompañado. Qué necesaria la compañía, sin otro no hay yo. Decía el filósofo: el infierno son los otros. Y quizás se precipitó en su sentencia al no reparar en el infierno que representa el yo. La cuestión es si se comparte el infierno o cada uno tiene el suyo particular y propio. Valga la reflexión para caracterizar la otra incógnita de la ecuación: el cielo.
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