FICCIÓN: EL YO INTERIOR O EXTERIOR
DIGO “yo” y creo que he fijado la solidez de lo que soy en una palabra, olvidando el carácter fetichista del lenguaje. La metáfora espacial del yo recoge el rédito que le proporciona su circulación en el mercado de las ideas y los desvaríos. Se habla de un yo exterior (ego), superficial, máscara de nuestro ser social alimentado por convenciones y protocolos. Y se habla de un yo interior, profundo, verdadero, solo accesible a la aletheia fruto de la introspección. Como si este “yo” (o yoes) que se me impone e impongo no fuese más que una ficción que inventa la noche y sus sombras, las que gritan y las que callan, las que esperan y las que sellan pactos o alianzas con la memoria y el olvido, la realidad y la ficción, la inmediatez del presente y la incertidumbre del futuro. Ficción que no cesa de interrogar a un interlocutor ausente. La respuesta que no llega, apurada la copa, nos marchamos o nos echan de una realidad que se evapora, de un drama irresoluble o una comedia con visos de tragedia. Eso sí, hay ocasiones en que la alegría se sirve en un vaso bajo con dos cubitos de hielo -recuerdos del DYC cuando nos bebíamos la vida, aunque la copa estuviese vacía. Ficción resuelta en el imponderable azar y en la radical contingencia: invisible presencia e implacable ausencia. Decimos yo como si fuésemos inmunes a su disolución en los ojos de la mujer que amamos, del amigo con quien confraternizamos o del desconocido que aceptó sin violencia la moneda que dejamos caer sobre su miseria. Ficción que se proyecta sobre las delebles huellas inscritas en esa extraña gramática de la existencia que se alimenta de los ecos definidos por la conjunción de las expectativas, los deseos y las renuncias. Nuestro alimento es lo cotidiano, el detalle, el momento, el instante…aquello que expresó, mejor que yo, el poeta: “Benditos sean los instantes y los milímetros, y las sombras de las cosas pequeñas”. Las manos-caricia, los dedos-rostro, el tacto de tu espalda, alma-cuerpo o carne marcada en la que se escriben historias, sin apenas percatarse de que está escribiendo la suya propia. Y en ella están tus ojos que rompen en mil pedazos mi mirada para crear nuevos universos y nuevas vidas en los que la luz se filtra a través de tu pupila para iluminar la ficción que soy y la realidad que me atrapa. Y cuando tus ojos se cierran, cesa la luz, acaece el silencio. El torpe silencio de tu ausencia, el que se muestra avergonzado por su incapacidad para invocar tu presencia.
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