El otro que soy yo (Revisited)
Y atardece
Y nada de lo que ahora siento se parece
A lo que creía sentir, a lo que quería decir
(Nacho Vegas)
Soy un diletante de la escritura, a pesar de que algún que otro amigo se empeña en otorgar a mis palabras más valor que el que realmente tienen. Hace veintidós años escribí: “Tengo cuarenta años y me siento habitado por múltiples formas de mí mismo, no todas ellas compatibles entre sí”. Nada ha cambiado, quizás las formas, no la incompatibilidad entre ellas. Nada ha cambiado, mis “formas” libran un combate permanente e interminable que incluye alguna que otra tregua impuesta más por agotamiento o extenuación que por acuerdo o consenso. Tiendo a pensar que mi vida es un poliedro de infinitos vértices de ficción, irreductibles entre sí, pero íntimamente conectados. Inicio el trayecto de la introspección y vislumbro una idea con pretensiones de certeza: si digo “yo”, está el yo que se dice y está quien dice “yo”. Parece que somos dos en uno, como ciertos productos útiles en la cocina o ciertas ofertas del Carrefour. Nos parecemos, es cierto. Hemos recorrido, sin separarnos ni un solo instante el laberinto de una existencia única e irrepetible. Y, sin embargo, él va y viene como un relámpago entre los azares que lo impulsan y las necesidades contra las que se afirma. Yo voy con él, en ocasiones dejándome llevar, otras zozobrando inquieto en el proceloso mar de sus aciertos y errores. Él ama el movimiento, los horizontes imposibles y las metas inalcanzables. Desde hace mucho tiempo me impuse la tarea de fijar metas menos imposibles y horizontes más definidos, de invitarle a descansar si se encontraba fatigado y trazar los signos que su mano no concibe porque su escritura no se plasma sino en las huellas que su paso por la vida va dejando en cada lugar que frecuenta o sueña. Él afirma que somos islas en la imaginación de los otros, que la soledad constituye nuestra esencia más íntima y que los demás no son más que extraños archipiélagos que forja nuestra imaginación. Piensa que sólo es admirable moralmente aquel que asume su radical alteridad y su incapacidad para decir-se a los demás. Él sabe que sólo la propia piel conoce aquello que le acontece. Prisionero de un solipsismo que no transige con las ficciones de la vida cotidiana vive encerrado en su círculo de certezas, el cual no precisa de ningún dios que lo libere de sí mismo. Él es pura naturaleza y yo intento frenar su ímpetu con ciertas dosis de sentido común, alguna llamada a la moral del equilibrio y de la moderación y, sin asustarlo demasiado, con detalladas descripciones de los peligros que conlleva su innato instinto de transgresión.
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