Raíces
Y lloro sin que tú sepas que el llanto mío
(Compay Segundo)
Qué afán el del corazón por echar raíces en otro corazón para rimar y versificar actos y actitudes en el doble movimiento de la sístole y la diástole. Las raíces, más que una metáfora, son realidades forjadas por la mutua colaboración de la soledad y la compañía, esos dos estados frontera de la existencia humana. Las raíces son realidades que nutren y atrapan. De ahí su naturaleza paradójica. “Echar raíces”, aunque no seamos plantas, es crear vínculos. Y por la propia esencia del vínculo, vivimos y nos atamos a un lugar, a unos seres, a unos momentos. Te miro. En mis ojos no hay ningún misterio. No son veraces. Simulan como cualquier otro par de ojos. Viven de los simulacros compartidos por todos los que decidimos cada mañana seguir viviendo. No sé dónde leí que la cuestión no es elegir entre veracidad y simulación, sino en constatar el poder de unos simulacros sobre otros. Mis ojos penden de un hilo. Se alimentan de imágenes ilusorias que perciben como reales. Me preguntan quién les roba la mirada. Nunca sé cómo responder a su pregunta. A veces, me inquieta su opacidad, su incapacidad para “ver” que, a cierta edad, hay cosas que se deben evitar y otras con las que nos debemos citar. Ayer me helaron una lágrima, me negaron el llanto, me invitaron a la nostalgia para conjurar las adversidades del presente. Hoy recupero la mirada, las cálidas lágrimas de un rostro que se empeña en mirar driblando a los ladrones de miradas.
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