Conversaciones con mi amigo Fan-Fan
Sábado en la noche
Ya cobré
Tengo mi dinero yo me lo gané
Mi madre me dice
Ven y quédate
Pero es sábado a la noche
Qué puedo hacer
La sacaré por ahí
La invitaré a salir
A recorrer la
Ciudad como yo soñé
(Moris)
Lo que sigue es una burda copia, un torpe plagio de un capítulo de un libro del que no recuerdo su nombre ni su autor. El título no ha podido escapar a la ramplonería del peciósofo, a su escasez de ideas y a su falta de originalidad. Con todo, aquí están mis conversaciones mediatizadas con Fan-Fan. Son conversaciones de hace bastantes años, pues hace ya un tiempo que dejamos de hablar, al menos como lo hacíamos antes.
Lo conozco de toda la vida. Yo lo llamo fan-fan. Convivimos en una no siempre fácil armonía. Él se empeña en seguir sin recato los mandamientos de su instintiva naturaleza, yo le impongo una cierta disciplina que en ocasiones le disgusta. Normalmente, responde con alegría y solidez a los imperativos de las grandes ocasiones, aunque acudió algo despistado a alguna que otra cita. Le fascina el cielo, las nubes, y sobre todo las altas montañas. Pero lo que en realidad ansía es la boca que no habla, conversar con su sonrisa y hacer estallar en ella una gran carcajada.
Me gusta su nombre, así decidí llamarlo un día o una noche: Fan-Fan. Fan de fantástico, casi siempre una aspiración más que una realidad. Fan de fantasioso, en ocasiones. Fan, de fantasma, las menos (o según otros, las más). Fan-Fan es algo narcisista, no soporta ser ignorado. Hay quien dice, pero solo es un rumor, que su puesta en escena es excepcional, grandiosa, de una elocuencia digna de los oradores griegos o romanos. Y hay quien opina que no hay que exagerar, que su arte arroja resultados, en el mejor de los casos, satisfactorios. Su presunta excelencia, insisten, no es más que la máscara de su grandilocuencia.
Fan-fan, nombre duplicado, repetición insondable que suena a banda de trompetas y trombones festejando el lúdico y dionisíaco rito de los cantos himeneos. Fan-fan es un devoto de la danza ditirámbica, del jolgorio de la carne a la que alimenta con néctar y ambrosía. Fiel servidor del placer de tus sentidos se yergue ante tu perfecta anatomía, ante la tremenda arquitectónica de tu cuerpo perfecto.
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