DE LAS PALABRAS Y DEL TIEMPO
Hay días que las palabras ocultan tanto como desvelan. Palabras presurosas e imprecisas: velos que difumina el sentimiento o sentimientos que tejen la maraña de malentendidos que interrumpen el flujo de la comunicación serena y honesta. Hay días que las palabras ocultan todo el espacio y distorsionan las ideas que tenemos de lo justo y de lo injusto, de cielo y el infierno, de lo amado y lo despreciado. Hay días que las palabras se transforman en armas de guerra en la que vencedores y derrotados se confunden en un magma viscoso de sentimientos encontrados. Y cuando la palabra guerrera triunfa, entonces cubre, vela y oculta. Y entonces más que felices por nuestra victoria, constatamos que vuelve el insomnio y el deseo se duerme.
Quizás fue ayer, en un programa de radio, los oyentes respondían a la pregunta: ¿Qué rescataría del pasado? Yo, que desconfío y me rearmo contra los implacables ataques de la nostalgia y la melancolía, me pregunté qué rescataría del pasado. De un modo contundente afirmo que del pasado nada quiero rescatar, porque -y exhibo mi lado pragmático- ¿para qué me serviría? ¿Qué podría sacar de los relatos de la Guerra Civil de mi abuelo, si mi abuelo ya no está para contármelos? ¿Qué me ha enseñado el amor salvo que es inmune a la lógica y al silogismo? ¿Qué aprovechar de tantos sueños disueltos por la implacable tiranía del tiempo? ¿Una presunta experiencia ganada con los años que, como mucho, me avisa de que me voy a estrellar, pero que nunca me ayuda a evitar el choque? Del pasado, pues, nada; del futuro, casi nada. Y del presente, lo que me toque. Así es la vejez, me eximo de toda responsabilidad por ello.
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