All we are is dust in the wind

All we are is dust in the wind
No hay que desperdiciar una buena ocasión de quedarse callado (Jorge Drexler: SILENCIO)

A NADIE PRETENDO COMUNICAR CERTEZA ALGUNA. NO LAS TENGO.

A lo sumo alguna conjetura, siempre desde la incertidumbre.

Hace años lo aprendí de Albert Camus. Más tarde, unas palabras de Michel Foucault volvieron a recordármelo: No hay que dejarse seducir por las disyunciones, ni aceptar acríticamente los términos del dilema: o bien se está a favor, o bien se está en contra. Uno puede estar enfrente y de pie.

"La idea de que todo escritor escribe forzosamente sobre sí mismo y se retrata en sus libros es uno de los infantilismos que el romanticismo nos legó...las obras de un hombre trazan a menudo la historia de sus nostalgias o de sus tentaciones, casi nunca su propia historia" (Albert Camus)

http://books.google.es/books?id=GiroehozztMC&pg=PA25&source=gbs_toc_r&cad=4#

PARA QUÉ SIRVE LA FILOSOFÍA. Paco Fernández.


jueves, 1 de enero de 2026

Más palabras y más pasado. Aforema 0531

 

 DE LAS PALABRAS Y DEL TIEMPO

 

I remember you well in the Chelsea HotelYou were talkin' so brave and so sweetGivin' me head on the unmade bedWhile the limousines wait in the street
 
(Leonard Cohen: Chelsea Hotel

 

Hay días que las palabras ocultan tanto como desvelan. Palabras presurosas e imprecisas: velos que difumina el sentimiento o sentimientos que tejen la maraña de malentendidos que interrumpen el flujo de la comunicación serena y honesta. Hay días que las palabras ocultan todo el espacio y distorsionan las ideas que tenemos de lo justo y de lo injusto, de cielo y el infierno, de lo amado y lo despreciado. Hay días que las palabras se transforman en armas de guerra en la que vencedores y derrotados se confunden en un magma viscoso de sentimientos encontrados. Y cuando la palabra guerrera triunfa, entonces cubre, vela y oculta. Y entonces más que felices por nuestra victoria, constatamos que vuelve el insomnio y el deseo se duerme.

Quizás fue ayer, en un programa de radio, los oyentes respondían a la pregunta: ¿Qué rescataría del pasado? Yo, que desconfío y me rearmo contra los implacables ataques de la nostalgia y la melancolía, me pregunté qué rescataría del pasado. De un modo contundente afirmo que del pasado nada quiero rescatar, porque -y exhibo mi lado pragmático- ¿para qué me serviría? ¿Qué podría sacar de los relatos de la Guerra Civil de mi abuelo, si mi abuelo ya no está para contármelos? ¿Qué me ha enseñado el amor salvo que es inmune a la lógica y al silogismo? ¿Qué aprovechar de tantos sueños disueltos por la implacable tiranía del tiempo? ¿Una presunta experiencia ganada con los años que, como mucho, me avisa de que me voy a estrellar, pero que nunca me ayuda a evitar el choque? Del pasado, pues, nada; del futuro, casi nada. Y del presente, lo que me toque. Así es la vejez, me eximo de toda responsabilidad por ello. 

 


 

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