Un NO, con mayúsculas, un NO espontáneo, visceral, sólido, sin grietas por las que se pueda filtrar el más mínimo motivos de duda. Un NO, más tarde, matizado, retocado, asentado sobre la autoafirmación y el poder sobre la propia realidad. Un NO posteriormente transfigurado por la apelación a la forma, quizás a la entonación que caracterizó a la pregunta cuyo signo final de interrogación casi coincidió en el tiempo con la emisión de la negación. En definitiva, un NO con MAYÚSCULAS.
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