domingo, 13 de septiembre de 2009
Como hacen los libros viejos
Inclinado sobre la última sensación que me ligaba a los sueños de mi adolescencia recito el último verso de un poema hecho de azares y laberintos. Las palabras se rebelan contra el lenguaje y los sueños se vierten como lluvia transparente sobre los restos de las ilusiones que como libros viejos también han sido olvidadas. Ya sé que no somos versos, ni rimas, ni el ritmo sincopado que inventa un saxofón cuando desnuda la noche de certezas. Ya sabes, te miro y te admiro, y ahora que estás dormida te robo un sueño y me lo llevo escondido en mis entrañas y lo cuido y lo alimento y lo mimo con mis manos y mis ojos y mi boca y me lo llevo dentro, lo envuelvo entero y no puedo evitar, pese a mis cuidadosos intentos de hacerlo mío, que poco tiempo después el sueño robado desaparezca y viaje errante por el mundo hasta volver, no sé cuando ni cómo, desnudo a ti, su dueña. Se hace de noche y el día me ha vuelto a robar tu presencia. Miro alrededor y escucho el silencio de las fotos y de los libros que callan porque no son más que letras e imágenes sin derecho a la palabra. Se hace de noche y el aire trae olores y sabores de ausencia. Pienso en los minutos y las horas que me quedan para ser nada y no me salen las cuentas. Se hace de noche en la espiral de mis inquietudes de las que brotan espontáneamente las islas y los islotes de tantas y tantas pequeñas cosas que ha producido esta vida. Cierro los ojos y me olvido de ser -como hacen los libros viejos con todos aquellos que, alguna vez, repararon en ellos-. Abro los ojos y recuerdo que la existencia le tiene horror al vacío.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
2 comentarios:
Abismal, melancólico, descorazonador y zozobrante aunque hermoso sin paliativos.
Bonito..., si la belleza de las palabras tuviese rostro, para mi este verso sería el de Meryl Streep en alguna de las tantas escenas melancolicas y dolorosas de los Puentes de Madison.
Gracias de verdad.
Publicar un comentario