All we are is dust in the wind

All we are is dust in the wind
No hay que desperdiciar una buena ocasión de quedarse callado (Jorge Drexler: SILENCIO)

A NADIE PRETENDO COMUNICAR CERTEZA ALGUNA. NO LAS TENGO.

A lo sumo alguna conjetura, siempre desde la incertidumbre.

Hace años lo aprendí de Albert Camus. Más tarde, unas palabras de Michel Foucault volvieron a recordármelo: No hay que dejarse seducir por las disyunciones, ni aceptar acríticamente los términos del dilema: o bien se está a favor, o bien se está en contra. Uno puede estar enfrente y de pie.

"La idea de que todo escritor escribe forzosamente sobre sí mismo y se retrata en sus libros es uno de los infantilismos que el romanticismo nos legó...las obras de un hombre trazan a menudo la historia de sus nostalgias o de sus tentaciones, casi nunca su propia historia" (Albert Camus)

http://books.google.es/books?id=GiroehozztMC&pg=PA25&source=gbs_toc_r&cad=4#

PARA QUÉ SIRVE LA FILOSOFÍA. Paco Fernández.


domingo, 4 de octubre de 2026

PECIO 0949: EL CREPÚSCULO DE LA POSVERDAD Y EL ÉXITO DEL BULO Y LA MENTIRA

 El crepúsculo de la posverdad y el éxito del bulo y la mentira

 

 Para mentiras las de la realidad
Promete todo pero nada te da

 Es mentira que no te haya mentido
(Es mentira) que no te mienta más
(Es mentira) que un bulo repetido merezca ser verdad

(Joaquín Sabina) 

 

Ya se ha invertido el planteamiento: ya no se cree en lo que se ve,  sino que se ve aquello en lo que se cree. Newtral y Maldita.es verifican datos para combatir los bulos, la desinformación y las fake news. Se declaran política e ideológicamente neutrales y críticos con el poder establecido. Corresponde al usuario de las redes juzgar si esto es así o no. Yo no creo en la neutralidad, sí en la imparcialidad. La neutralidad es pusilanimidad postural, la imparcialidad exige un esfuerzo constante para mantener los criterios independientemente del hecho que se analice (o se juzgue). La lucha contra el bulo no admite tregua alguna. Bulo, posverdad o fake news, da igual como se le llame, porque en definitiva no es más que mentira o falsedad disfrazada de verdad.

Los bulos se han convertido en la estrategia más común entre las diferentes opciones ideológicas en el panorama político contemporáneo. O, quizás, siempre ha sido así y yo no me había dado cuenta. El caso es que circulan sin orden ni concierto por las redes sociales y los medios de comunicación, sin ningún pudor y sin ningún escrúpulo por parte de los emisores institucionalizados. A esta configuración histórica y sociopolítica se le ha denominado “era de la posverdad”. Una era que no cesa en su empeño de elaborar tácticas y estrategias de manipulación de los individuos mediante la propaganda, las medias verdades, las mentiras, la distorsión de la realidad y la idea de que las emociones deben imponerse a las razones.    

El término “posverdad”, a diferencia de otros como fake news, ha caído en desuso en los últimos años. Quizás porque nos hemos dado cuenta de que ciertos neologismos son absolutamente innecesarios, sobre todo, cuando tenemos palabras como mentira o bulo. Quizás porque el término nunca fue definido con un mínimo de precisión. La posverdad era, o bien, la verdad ignorada, o bien, apuntaba a un eclipse de la misma. ¿Era la mentira difundida con nuevas herramientas como las redes sociales? ¿Consistía en una mera distorsión de los hechos o iba más allá y transformaba las ficciones ideológicas en realidades factuales? ¿Era un nuevo fenómeno o una reactualización de las viejas prácticas en el arte de manipular ideas y creencias?

 Hubo quien consideró a la postverdad como un fenómeno nuevo, singular y específico que no debía confundirse con la mentira, la propaganda o los mecanismos tradicionales de manipulación de la opinión pública (Leo McIntyre: Posverdad). Hubo quien pensó que la posverdad era una forma de manipulación que no presentaba ninguna diferencia cualitativa con respecto a los clásicos intentos de dirigir las conciencias y las prácticas de los individuos. Manuel Bermúdez Vázquez defendía en “Posverdad y noticias falsas: esquemas perversos de interferencia democrática” que más que de posverdad habría que hablar de “mecanismos posverdaderos” o “recursos posverdaderos”, es decir, “mecanismos espurios en las democracias contemporáneas” que privilegian la apelación emotiva frente al razonamiento. Hubo incluso quien pensó que las discusiones en torno a la posverdad formaban parte de una estrategia del poder para desviar la atención de la sociedad civil con respecto al verdadero problema: el papel de los medios de comunicación en la configuración de la opinión pública. Así, Pilar Carrera sostiene en “Estratagemas de la posverdad” que la posverdad es una estrategia mediática retórica para reafirmar la honestidad y la veracidad de los medios de comunicación dominantes o tradicionales, considerados como reductos de la sinceridad y la transparencia perdidas.

 Es cierto que vivimos los momentos crepusculares del término “posverdad”, pero también que estamos bajo el poder de sus efectos más nocivos. Para el posmodernismo, la única realidad es la textual, es decir, todo se puede interpretar como un texto susceptible de múltiples interpretaciones. No existe una realidad objetiva a la que remitirse ya que todo es texto o narrativa. Así, si toda interpretación es la expresión de la ideología del intérprete, entonces no cabe la posibilidad de establecer un criterio que permita evaluar qué grado de verdad contienen las diferentes interpretaciones y, en consecuencia, no existen interpretaciones más correctas que otras. La verdad no obedecería a criterios epistemológicos, sino que sería el efecto de quien tiene el poder para imponerla. Por tanto, si no hay realidad objetiva, si no hay hechos, si no hay criterios para discriminar entre interpretaciones, entonces se impone el desvarío del “todo vale”.

 No es que los expertos hayan perdido credibilidad, sino, más bien, que todo el mundo puede actuar como un experto. Cada vez proliferan más los tertulianos que acuden a los programas televisivos para opinar de cualquier tema que se les proponga. Nada le es ajeno. En cuestión de minutos, el mismo “experto” opina sobre los más diversos temas: el calentamiento global, la geopolítica contemporánea, la proliferación de las pseudociencias y las terapias alternativas a la medicina oficial, la corrupción política o el sexo de los ángeles. Y todo ello en un mismo programa televisivo de un par de horas de duración. Este intrusismo alentado y bien remunerado por los medios de comunicación es el ejemplo más notorio de la desaparición de los límites que diferenciaban entre información y opinión. Es una muestra palmaria de un hecho: la charlatanería más vergonzante ha ganado la batalla al discurso argumentado. Es el triunfo del “todo vale” y de su corolario más escandaloso: “todas las opiniones son respetables” –que hoy en día se traduce en “todas las opiniones son equiparables y equivalentes”.

 Es entonces cuando adquieren especial relevancia las noticias falsas (Fakenews). Son noticias creadas ex profeso para ser diseminadas por las redes sociales con la intención de confundir o desorientar a la opinión pública y obtener réditos económicos o políticos. No es una noticia que contiene información falsa –por un error o un descuido-, sino que es falsa desde su concepción. Las noticias falsas no significan una novedad ya que nacieron con la imprenta (1439) al mismo tiempo que las verdaderas. No se descubre nada nuevo si se constata que este ideal de objetividad coincide con el hecho de que a lo largo de la historia los medios dedicados a las noticias han sido siempre partidistas y parciales, vinculados a intereses políticos, ideológicos o económicos. 

Por tanto, ¿en qué sentido la posverdad es cualitativamente diferente de la mentira? El mentiroso sabe que falta a la verdad, sabe que hay unos hechos y que los presenta de una forma incorrecta o falaz (manipulándolos, tergiversándolos, negándolos u ocultándolos). Es decir, asume que hay una verdad. El que dice la verdad y el que miente comparten unas reglas, la diferencia es que uno las respeta y otro las incumple. En el ámbito de la posverdad no importa la verdad, al que dice algo le son indiferentes los hechos, lo único que importa es que lo que dice funcione, es decir, consiga su objetivo de convencer a los destinatarios. El que utiliza la posverdad no asume las reglas ni siquiera de una concepción minimalista de la verdad.

Hoy vivimos en la paradoja inscrita en esta sociedad en la que, por una parte, exigimos la veracidad de los contenidos informativos (la sospecha de que nos engañan, la exigencia de que nos digan la verdad) y, por otra, una desconfianza hacia la propia idea de “verdad”. Vivimos en una sociedad teñida de vocación de inocencia. Vivimos pues en la época de la des-responsabilidad, infantilizada y victimista: un tipo de individuos acríticos, irresponsables e intelectualmente perezosos que buscan refugio en las conductas y creencias mágicas o en los sustitutos irracionales como instrumentos para reducir la insatisfacción perpetua que los define. Es esta sociedad un terreno fértil para que germine el bulo y la manipulación mediática. No se falsifican los hechos porque estos han pasado a ser irrelevantes (hechos alternativos). La posverdad inventa ficciones que pasan por ser “realidades”. Los aparatos ideológicos del Estado mimaban a sus clérigos –intelectuales- a cambio de la complicidad o el silencio. Estos tenían el monopolio de la manipulación de la realidad para contentar a las masas e imponer el discurso dominante. Hoy, los intelectuales han perdido dicho monopolio, cualquiera puede colgar una noticia falsa en la red y viralizarla. La mentira y el bulo se han democratizado en una sociedad victimista, inocente e infantilizada.