Ortodoxia
Vendieron humo y calma
Lingotes de hojalata
Palacios de ceniza y cartas sin marcar
Fue un atraco perfecto
Fue un golpe maestro
Morir o matar por una idea representa el mismo despropósito. Hay quien ha sido asesinado por creer en lo que los asesinos habían proscrito o habían considerado una herejía o una desviación con respecto a la ortodoxia. La hoguera católica quemó a Giordano Bruno, la protestante a Miguel Servet. El fuego no entiende de ideologías o creencias religiosas, no distingue entre la verdad y la mentira, quema a los herejes o disidentes con la misma voracidad. El totalitarismo comunista tuvo su Gulag, el nazi sus campos de exterminio, el franquismo de la posguerra sus pelotones de fusilamiento. Hoy, algo más moderados, los integristas solo cancelan o excluyen. Dudar es un síntoma de lucidez. No obstante, matar o morir por ello es un modo burdo de precipitarse en el abismo de la sinrazón. No es cuantificable el error de sacrificar o sacrificarse por las Grandes Palabras: Libertad, Sinceridad, Honestidad, Fidelidad, Patria, Nación… Siempre he hablado de ellas como flatus vocis: necesarias, pero inconsistentes, vacías y de una ambigüedad inconmensurable. Necesarias porque en el gran teatro político (y cotidiano) en el que nos encontramos inmersos, las grandes palabras, si se las carga bien, pueden servir para horadar la fría coraza que envuelve el paquete de mentiras que nos sirven a diario los políticos y sus cómplices en el arte de presentar como bien común lo que no es sino interés privado. Desconfío de la libertad cuando sólo se tiñe de economicismo; desconfío de la honestidad cuando se utiliza como disfraz de una carencia; desconfío de la sinceridad porque, en muchas ocasiones, no es más que un modo de representar la comedia inserta en todo acto sincero; desconfío de la humanidad porque en ella no hay personas, sino frías abstracciones encubridoras del sacrificio de inocentes y justificadoras de la barbarie. Quizás la cuestión estribe en cómo introducir en ellas la cantidad necesaria y suficiente de crítica a fin de evitar su monopolización por las implacables ideologías u ortodoxias que pretenden mutilar nuestra capacidad de reflexión con la estrategia del miedo: ya no a que todo cambie, sino, a que algo lo haga.