All we are is dust in the wind

All we are is dust in the wind
No hay que desperdiciar una buena ocasión de quedarse callado (Jorge Drexler: SILENCIO)

A NADIE PRETENDO COMUNICAR CERTEZA ALGUNA. NO LAS TENGO.

A lo sumo alguna conjetura, siempre desde la incertidumbre.

Hace años lo aprendí de Albert Camus. Más tarde, unas palabras de Michel Foucault volvieron a recordármelo: No hay que dejarse seducir por las disyunciones, ni aceptar acríticamente los términos del dilema: o bien se está a favor, o bien se está en contra. Uno puede estar enfrente y de pie.

"La idea de que todo escritor escribe forzosamente sobre sí mismo y se retrata en sus libros es uno de los infantilismos que el romanticismo nos legó...las obras de un hombre trazan a menudo la historia de sus nostalgias o de sus tentaciones, casi nunca su propia historia" (Albert Camus)

http://books.google.es/books?id=GiroehozztMC&pg=PA25&source=gbs_toc_r&cad=4#

PARA QUÉ SIRVE LA FILOSOFÍA. Paco Fernández.


miércoles, 1 de julio de 2026

`PECIO 0947: SEXO

 Sexo

 

Yo soy tan solo uno de los dos polos
De esta historia, la mitad
Una de las dos variables en esta polaridad

Y en el otro extremo,
De esa línea, estás tú
Mi tormento, mi fabuloso complemento
Mi fuente de salud

(Jorge Drexler)

 

Hay quien dice que el sexo está sobrevalorado. Nunca he sabido qué significa exactamente dicha expresión, pues sobrevalorada estuvo, en su momento, la siesta; y sobrevalorado estuvo el rock progresivo y el aceite de oliva. 

Célibes, abstinentes y anacoretas lo han proclamado a los cuatro vientos: mejor sin sexo, mejor sin capitular ante los excesos que glorifican el jolgorio de la carne y la exaltación de la sensualidad. Luciano de Zarzadilla, teólogo medieval, resumía su posición afirmando que el sexo es un problema, nunca una solución. Mucho antes, los pitagóricos reglamentaron que la aversión a la carne, digerida o lamida, era un precepto innegociable. El lema paulino, consciente de las debilidades de la carne, adoptaba la célebre fórmula que aún sigue vigente: “Más vale casarse que abrasarse”. En una entrada de sus diarios, Frank Kafka dijo sin pudor que “El coito es el castigo por querer ser felices.”  Así pues, es obvio que grandes luminarias del pensamiento y el arte han despreciado el sexo, el jolgorio de la carne, la fiesta de la sensualidad.  

No es menos cierto que, a cierta edad, la imaginación propone lo que la ley de la gravedad y la fisiología desmienten. ¡Qué resistencia la de la mente frente al envejecimiento! No obstante, el deseo no envejece, sí el resto de elementos que configuran el escenario donde se desarrolla el drama del sexo. El mecanismo biológico se deteriora, pero la mente lo ignora y recurre al principio activo del fármaco diseñado para tal uso.

Y luego está el otro argumento, el que no negocia con la química ni con el medicamento. Y luego está tu piel: el fármaco óptimo contra las leyes físicas o biológicas que hablan de entropía y deterioro. Tu piel desnuda, la obra de arte que jamás concibió artista alguno. La refutación implacable de la entropía del universo. La ilusión de tocar tu piel con mi alma desnuda, de abandonarme en ella cuando se abre a mí con la voracidad de una tormenta, de fundirme con el ritmo que impone cuando no admite ninguna pregunta. Te imagino solo con tu piel de carne y verso, inmune al discurrir incesante del tiempo, piel que siento y desmiente el desmentido que anuncia la nueva mística del cuerpo perfecto. Es el mejor argumento: Tu piel. Me la llevo puesta como un regalo que me hago, no la suelto hasta que me duermo para rescatarla en mi sueño.