All we are is dust in the wind

All we are is dust in the wind
No hay que desperdiciar una buena ocasión de quedarse callado (Jorge Drexler: SILENCIO)

A NADIE PRETENDO COMUNICAR CERTEZA ALGUNA. NO LAS TENGO.

A lo sumo alguna conjetura, siempre desde la incertidumbre.

Hace años lo aprendí de Albert Camus. Más tarde, unas palabras de Michel Foucault volvieron a recordármelo: No hay que dejarse seducir por las disyunciones, ni aceptar acríticamente los términos del dilema: o bien se está a favor, o bien se está en contra. Uno puede estar enfrente y de pie.

"La idea de que todo escritor escribe forzosamente sobre sí mismo y se retrata en sus libros es uno de los infantilismos que el romanticismo nos legó...las obras de un hombre trazan a menudo la historia de sus nostalgias o de sus tentaciones, casi nunca su propia historia" (Albert Camus)

http://books.google.es/books?id=GiroehozztMC&pg=PA25&source=gbs_toc_r&cad=4#

PARA QUÉ SIRVE LA FILOSOFÍA. Paco Fernández.


miércoles, 21 de octubre de 2026

PECIO 1133: SUEÑO DE MEDIANOCHE

Sueño de Medianoche

 

 Dame una noche de asilo, en tu regazo
Esta noche, por ejemplo, dejemos al mundo fuera
Abre tus brazos, ciérralos conmigo dentro
Solo unas horas y luego cuando amanezca yo pondré una cafetera
Y habré llevado esta nube hacia otro cielo de nubes pasajeras
Si el sueño pierde pie, resbala, queda colgando de un hilo
Prefiero una noche entera en vela, a tener el alma en vilo.

(Jorge Drexler) 

 


    Mientras preparo mi hatillo de monte y arbustos con destino a Matarraña, se me ocurre pensar que todo lo que ocurrió, ocurre y ocurrirá (no hace falta ser profeta ni adivino para imaginarlo) hace que me incline a pensar (algo que erguido no consigo llevar a feliz término) que el ser humano es una posibilidad condenada al fracaso o una imposibilidad cuyo éxito está asegurado. Así, inclinado sobre la última sensación que me ligaba a los sueños de mi adolescencia recito el último verso de un poema hecho de azares y laberintos. Las palabras se rebelan contra el lenguaje y los sueños se vierten como lluvia transparente sobre los restos de las ilusiones que como libros viejos también han sido olvidadas.

    Ya sé que no somos versos, ni rimas, ni el ritmo sincopado que inventa un saxofón en noches desnudas de certezas. Ya sabes, te miro y te admiro, y ahora que estás dormida te robo un sueño y me lo llevo escondido en mis entrañas y lo cuido y lo alimento y lo mimo con mis manos y mis ojos y mi boca y me lo llevo dentro, lo envuelvo entero y no puedo evitar, pese a mis cuidadosos intentos de hacerlo mío, que poco tiempo después el sueño robado desaparezca y viaje errante por el mundo hasta volver, no sé cuándo ni cómo, desnudo a ti, su dueña. Se hace de noche y el día me ha vuelto a robar tu presencia. Miro alrededor y escucho el silencio de las fotos y de los libros que callan porque no son más que letras e imágenes sin derecho a la palabra. Se hace de noche y el aire trae olores y sabores de ausencia. Pienso en los minutos y las horas que me quedan para ser nada y no me salen las cuentas. Se hace de noche en la espiral de mis inquietudes de las que brotan espontáneamente las islas y los islotes de tantas y tantas pequeñas cosas que ha producido esta vida. Cierro los ojos y me olvido de ser -como hacen los libros viejos con todos aquellos que, alguna vez, repararon en ellos-. Abro los ojos y recuerdo que la existencia le tiene horror al vacío.

    Y todo ello porque la escritura es violencia: ruido de la palabra en el vacío de la nada. La escritura enmarca "lo que nos pasa" para que adquiera el carácter de acontecimiento: textualiza lo real, la nada, y hace que todo discurso se confunda con el lenguaje que habla de sí mismo o se habla a sí mismo. Edmond Jabès: "La escritura...no es nunca una victoria sobre la nada, sino, por el contrario, una exploración de la nada a través del vocablo." No hay palabras y cosas. Las palabras son cosas y las cosas son palabras. No hay límite ontológico entre el lenguaje y el mundo, entre las palabras que me identifican y el texto que será mi vida a través de las huellas que deja en la escritura o en la memoria. Las palabras son el resultado de los conflictos y batallas que libran las múltiples fuerzas que me habitan. Palabras que escribo, palabras que leo para intentar desenmascarar la retórica de los verbos y los sustantivos. Leo para dialogar con los muertos, sacarles de su silencio e invitarles a entrar en mi vida, en mis manos, en mis ojos, en mis entrañas. Leo porque sé que las palabras constituyen la materia de la que se nutre nuestra existencia. Leo porque amar es, también, un verbo, y feliz, un adjetivo. Leo para ser alguien en quien la palabra encuentre su lugar, su hogar, un refugio en el que cobijarse de las turbulencias que produce el ruido ensordecedor de una realidad implacable. Leo para sentir el silencio, impregnarlo de metáforas e imaginar que la vida no es una línea recta, sino un laberinto en el que cada momento presente es una ocasión para inventar un nuevo cruce de caminos. Leo para sentir el silencio como se siente el tacto de una mirada o el olor de las palabras. Leo y escucho atento los renglones de la piel, aquella que revela las más hondas certezas. Leo tu presencia. Toco el viento. Leo tu rostro, siento el vacío y retomo la tarea de dotar de sentido esta absurda existencia.

 Te observo cuando entras en el Cluny. Sueles llegar pasada la medianoche. Siempre confundida con la oscuridad, atrapada en tu raída y negra cazadora de cuero. Arrastras la mirada como una serpiente que ha fijado, en la distancia, a su presa. Ningún rincón de este café te es ajeno, los recorres buscando una razón, un motivo, una clave que te aparte de un camino que ya no recuerdas cuando comenzaste a recorrer. Jamás abandonas la barra, como si hubieses sellado con ella un pacto secreto, una alianza. Tampoco hablas, interrogas, sin palabras, a un interlocutor ausente. Esperas una respuesta que jamás llega. Apuras tu cerveza y te marchas. Te sigo con la mirada mientras tu cuerpo impregna de inquietud el aire que llena el bar. Te sigo con la mirada como si fueses el signo de una realidad que se evapora, como si mis ojos pudiesen captar la tragedia de tu existencia, el drama de tu vida o la gran comedia que todos representamos en este microcosmos etílico en el que se convierte el Cluny a partir de la medianoche. 

 


 

 

 

 

martes, 20 de octubre de 2026

PECIO 0626: INFIERNO (Revisited)

Infierno 

 

 Hey, Satan!
Paid my dues
Playin' in a rockin' band
Hey, mama! Look at me
I'm on my way to the promised land

I'm on the highway to hell

(ACDC) 

 

    El infierno son los otros, decía el filósofo existencialista Jean Paul Sartre. Un infierno en la tierra, la mirada de los otros, la mirada sádica que nos convierte en objetos. La religión defiende, reconozco con cierta ambigüedad, que existe un infierno en el más allá. La miseria se duplica, dos infiernos, uno aquí y otro allí, uno cercano, diario y cotidiano, sufrido día a día, el otro, diferido, eterno, irreversible, el invento macabro de un Dios que aspira a ser único, y en su tentativa nos obliga a pensar la paradoja cuando no la contradicción: la suprema bondad es capaz de imaginar un lugar privilegiado para que habite la maldad absoluta. El esperpento no es monopolio de la racionalidad humana, de él no se libra ni la divinidad, por muy única que sea. El doble o triple o cuádruple lenguaje de los acólitos del dolor y la renuncia me deja atónito, sumido en una perplejidad insobornable. El juego en el que compiten las palabras y las cosas, el lenguaje y los hechos, se complica cuando hablan los delegados del poder supremo. La consigna es clara: aquello que no se puede conseguir mediante la persuasión, se consigue mediante la interiorización del miedo enquistado en el cuerpo y en el alma. El GPS no recomienda ningún itinerario ni nos dice el costo total del viaje hacia el Averno. Las cartografías al uso se muestran incapaces de determinar su ubicación. Los ungidos afirman que el infierno no es un lugar sino un estado espiritual, moral y, entonces, hipostasian la maldad. Infierno, Purgatorio, Limbo, demasiado complicado este entramado de ficciones. No me corresponde afirmar o negar la existencia de Dios, no me compete. No sabemos cómo es Dios, no sabemos si existe, pero si sabemos que la voz y las palabras de ciertos manipuladores de cuerpos y de almas refutan cualquier signo de su presencia. Aquí, en este laberinto de ideas y sentimientos, no hay lugar para el infierno ni para el cielo porque no hay ni luz ni tinieblas, ni ángeles ni demonios, ni arcángeles ni hábitos purpúreos que nos obliguen a llamar pecado al goce mientras pretenden que nos apuntemos a la exaltación del dolor y a la inmolación de la racionalidad ante el altar donde moran las ficciones de la fe.

 


 

lunes, 19 de octubre de 2026

PECIO 0414: SUJETO DE...SUJETO A...

Sujeto de...sujeto a...

 

 I fought the law and the law won

(The Clash) 

 

    Yo, que no soy de banderas tricolores ni rojigualdas, que no comulgo con ideologías ni me identifico con ningún régimen político, sé que abomino de dictadores y generalísimos, de integrismos y teocracias, de fanáticos y pusilánimes, de comunismos mesiánicos y capitalismos liberales, de socialismos con la izquierda quebrada y centrismos estratégicos, de sindicatos oportunistas y oportunismos descafeinados, de anarcocapitalistas mileisianos o trumpianos, de centrifugados wokistas o abanderados abascalianos. Aunque algo conozco la historia del término, no sé qué es la democracia, pero sé que lo que actualmente se llama así es un sucedáneo preparado para el consumo público. ¿Qué queda de la resistencia a la humillación, a la explotación y a la vejación? Retomo el lema de Gary: el derecho a escupir sobre toda la gentuza que construye su vida y su economía sobre los lomos de los que se ganan el pan con el sudor de todo su cuerpo.

    Hoy, que se extiende la ola ultraderechista, chabacana e infumable, se me ocurre afirmar que pensar consiste en ir contra el espíritu del tiempo, contra las posiciones políticamente correctas, contra las líneas definidas por ideologías y filosofías que pretenden establecer los límites y los parámetros que definen lo que debe ser pensado y cómo debe ser pensado. Así, frente a los intentos neo-nostálgicos de las dictaduras de antaño, digo un NO con mayúsculas, un NO espontáneo, visceral, sólido, sin grietas por las que se pueda filtrar el más mínimo motivo de duda. Un NO, más tarde, matizado, retocado, asentado sobre la autoafirmación y el poder sobre la propia realidad. Un NO posteriormente transfigurado por la apelación a la forma, quizás a la entonación que caracterizó a la pregunta cuyo signo final de interrogación casi coincidió en el tiempo con la emisión de la negación. En definitiva, un NO con MAYÚSCULAS.

    Pertenezco a una generación experta en el arte de sentir el amargo sabor de la derrota sin haber librado batalla alguna. Llegó tarde a todas las citas con la historia. Mi generación no pretexta ninguna disculpa, se sabe inocente y reparte a diestro y siniestro un repertorio infinito de culpas. Este ha sido el legado de mi generación a las nuevas generaciones, una herencia que se ha transformado en voluntad de sumisión a la figura del líder y de veneración por el autócrata. Tiempos genuflexos de atomización del individuo cómodamente instalado en el grito gregario de una masa envuelta en una bandera o en una identidad programada. Y aquí, no se debe olvidar que la ficción de ser UNO es la proyección subjetiva de un OTRO en su afán por evitar la peligrosa riqueza que se deriva de lo múltiple. La ficción de la IDENTIDAD tiene tal fuerza que llegamos a creer que su contrario es disfunción o patología.

    Y ME recuerdo que soy ciudadano. Frente a mí, no conmigo, están aquellos que detentan el poder. Soy sujeto de derechos y de deberes y estoy sujeto a aquello que me gobierna. Más allá o más acá de posiciones estratégicas de carácter ideológico (derechas o izquierdas, conservadoras o progresistas), mi ciudadanía me libera y me secuestra. Soy ciudadano, luego soy gobernado. Los gobernantes afirman que su objetivo es el bien común, la felicidad de los gobernados. Y así se reservan el derecho de condenar al ciudadano a pagar las deudas generadas por sus decisiones y negligencias. La responsabilidad es una cualidad ajena y extraña a nuestros gobernantes. Soy ciudadano y rechazo la economía de las funciones que disponen: la indignación para el ciudadano, la acción para el gobernante. Indignación lírica que fomentan y se adecúa perfectamente a sus intereses. La indignación del ciudadano le viene bien al político mientras ésta se inscriba exclusivamente en el ámbito de lo teórico y no se proyecte en el ámbito de la praxis: “Vosotros indignaos y hablad que nosotros decidiremos”, dicen confiados. Somos ciudadanos y basta ya de indignación ritualizada en gestos y manifestaciones inocuos. La asepsia ciudadana debe dejar paso a la tarea de despojar a los políticos del monopolio de la acción. Sobre todo, cuando ésta se encuentra desprovista de una evaluación de sus consecuencias. Ahora bien, ¿Cómo coño se hace eso?