Detalles
Oh, be something you love and understand Baby, be a simple kind of man
(Lynyrd Skynyrd)
Sentado en el banco de un parque, un nébulo reflexionaba sobre las huellas imborrables inscritas en esa extraña gramática que se alimenta de la sustancia que forja la memoria. Entusiasmado por la anomalía erótica encarnada y materializada en un ser concreto con DNI y ropa de calle, pensaba que su amor se forjaba tras la égida de una sintaxis en la cual los signos trazados pretendían inventar lo impensable, una sintaxis en la que cada línea, palabra o fragmento se rebelaba contra la trivial estupidez de las convenciones. Sus afectos eran bálsamos frente a las inquietudes que saturaban sus entrañas. Sin duda, el viejo Borges tenía razón: no hay día, no hay lugar, en el que la belleza no haga acto de presencia. Mas para ello, hay que amar los detalles, esos gestos ínfimos, inadvertidos y casi secretos, aquellos que Pessoa cantaba: “Benditos sean los instantes, y los milímetros, y las sombras de las cosas pequeñas”. Las manos que acarician, el gesto que acompaña al movimiento de unos dedos sobre el rostro amado, sobre la espalda roturada de besos y pliegues. Los detalles, aquellas cosas mínimas que nos hacen rebelarnos contra el dolor porque, además de ser carne marcada, somos también almas en las que se inscriben historias mientras escriben la suya propia.
La escena de un nébulo ensimismado es una excepción, si tenemos en cuenta los hábitos y protocolos que animan a estos extraños seres. Un cenobio testigo de tal extravagancia, aprovechó la ocasión para alterar el estado inusual del nébulo con un discurso digno de la Gran Académica Cenóbica de Afectos y Carnalidades (GACAC):
“El amor no es más que un repertorio de mitos convencionalmente trenzados destinado a conjurar el miedo y el temor que tenemos a la soledad. El amor no es más que un trastorno afectivo-sexual que impone a la conciencia la ilusión que suscita la mágica irrealidad de la ficción. Amor es voracidad del amante y sumisión del amado, omnipresencia en la vida de la persona amada y omnisciencia con respecto a sus actos y pensamientos”.
Los poselas observaban sin juicio ni prejuicio. Piensan que lo que haya de ser, será. El nébulo reanudó su paseo sine ira et studio, repasó las palabras del cenobio y pensó: La escritura es el artificio más sutil que tenemos para engañarnos a nosotros mismos.