No hay que desperdiciar una buena ocasión de quedarse callado (Jorge Drexler: SILENCIO)
A NADIE PRETENDO COMUNICAR CERTEZA ALGUNA. NO LAS TENGO.
A lo sumo alguna conjetura, siempre desde la incertidumbre.
Hace años lo aprendí de Albert Camus. Más tarde, unas palabras de Michel Foucault volvieron a recordármelo: No hay que dejarse seducir por las disyunciones, ni aceptar acríticamente los términos del dilema: o bien se está a favor, o bien se está en contra. Uno puede estar enfrente y de pie.
"La idea de que todo escritor escribe forzosamente sobre sí mismo y se retrata en sus libros es uno de los infantilismos que el romanticismo nos legó...las obras de un hombre trazan a menudo la historia de sus nostalgias o de sus tentaciones, casi nunca su propia historia" (Albert Camus)
Quiero que me digas, amor Que no todo fue naufragar Por haber creído que "amar" Era el verbo más bello, dímelo Me va la vida en ello
(Luis Eduardo Aute)
No hay pecio que valga una vida o un beso o un abrazo o, aunque
sea en voz baja, un te quiero. La escritura es “cosa” del personaje, la vida,
de la persona. Escribir es poner entre paréntesis la vida, reducir lo complejo
a lo inteligible, pasar la mopa sobre la superficie del alma para crear una
narración que no sea excesivamente absurda. Sin embargo, leer es un proceso de
inmersión en la realidad, un modo de ensanchar los límites de la interioridad, un
modo de entender que lo complejo no es reductible a un proceso causal. Los pecios no están motivados por el placer de escribir. Constituyen un
trabajo sobre uno mismo. Pero no nos engañemos, el trabajo lo hace el personaje
sobre la persona. Y la persona debe estar siempre alerta frente a los excesos
del personaje. Escribir es un acto egoísta e, incluso, ególatra. La lectura es
altruista. La escritura nace de la desconfianza con respecto a uno mismo, la
lectura es un acto de fe, la confianza en que hay más palabras que mi palabra,
que hay más absurdos que mi absurdo. Insisto: no hay pecio que valga una vida.
I have become comfortably
numb Just a little pinprick
I do
believe it's working, good That'll keep you going through the show
(Pink
Floyd)
“Cuando
despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”, escribió Monterroso. El idealismo
adormece, genera en la mente una cierta apatía que la incapacita para
enfrentarse a la realidad. Si nos ceñimos a la contemporaneidad, el siglo XX
puso los cimientos: el aberrante “la imaginación al poder”, el disparatado
materialismo histórico que inventa un fin para la historia, la criminal defensa
del mito de la raza aria o el capitalismo neoliberal que identifica consumo y
felicidad; el XXI, la estructura social y mental diseñada con tres elementos
básicos: el placer de la evasión, la levedad de la irresponsabilidad y el refugio
en el victimismo. Del mismo modo que Albert Camus detectaba una “sensibilidad
absurda” a mediados del siglo XX, el diagnóstico de Chul Han muestra que la conjunción
de evasión, irresponsabilidad y victimismo configura una sociedad depresiva. La depresión es la enfermedad del siglo XXI.
“Cuando
despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. Se durmió pertrechado de ideales,
pero, cuando despertó, la realidad seguía estando allí. Y vaya por delante que
no se trata de adaptarse a la realidad, ni de resignarse a sus imperativos,
sino de, al menos, intentar domarla. Y el único método que conozco integra tres
factores: valentía, decisión y conocimiento. El ruido es a la música como la
ignorancia a la realidad. Eliminar el ruido o convertirlo en sonido es como
disminuir nuestro grado de ignorancia y orientar nuestra conducta con la
inteligencia. La realidad es tozuda, el ideal flexible. La realidad exige, el
ideal seduce. ¿Por qué los ideales, las utopías…? ¿Acaso la realidad no nos
pide ya mucho más de lo que podemos dar? ¿Dije “domar la realidad”? Estoy con
Maestro: no tanto aceptarla o adaptarse a ella, sino, más bien, “hacerse
compatible” con ella. Vivimos tiempos (quizás siempre fue así) de excluir-nos (de)
la realidad mediante la evasión hacia otros mundos fruto de la imaginación, las
creencias, las supercherías o la irracionalidad. El problema es que cuando
despertamos, el dinosaurio sigue ahí.
Gracias a la vida que me ha dado tanto Me ha dado la risa y me ha dado el llanto Así yo distingo dicha de quebranto Los dos materiales que forman mi canto Y el canto de ustedes que es mi propio canto Gracias a la vida que me ha dado tanto
(Mercedes Sosa)
Cronopio
y desesperación son términos antitéticos. En los anales de la historia no
consta la existencia de cronopios desesperados. Eso sí, son seres que
desesperan sin desesperarse a los espíritus aborregados y necios. De hecho, mantienen
una tradición que siempre me ha llamado la atención. El treinta y uno de
febrero suelen reunirse en la plaza del ayuntamiento para celebrar la Ceremonia
del Silencio. En la ceremonia intervienen cronopios que durante el año han sufrido
algún revés importante de carácter sentimental, profesional o familiar. Un
cronopio libre de afecciones oficia el acto, exento de cualquier signo de pompa
o boato. Se sitúa en una plataforma desde la que divisa el círculo que
describen los cronopios afectados, en cuyo centro se yergue majestuosa una gran
hoguera. El ritual comienza cuando el oficiante canta hasta diez veces
seguidas, con un ritmo sincopado que recuerda la pieza TAKE FIVE de Dave Brubeck,
el primer verso de la canción GRACIAS A LA VIDA. A continuación, el ambiente se
impregna de un silencio que dura exactamente treinta y dos segundos. Tras el
silencio que establece el protocolo, el oficiante tararea el solo de guitarra protagonizado
por Don
Felder y Joe Walsh en HOTEL CALIFORNIA. Entonces, los cronopios comienzan a
conversar con el fuego de la hoguera como si de un ser humano se tratase. No se
entiende nada de lo que dicen, pues lo que prima no es el significado de las
palabras sino la fuerza de sus significantes. Armado de un saxofón, el cronopio-guía
de la ceremonia toca con solvencia las primeras notas de la célebre canción WHEN
THE SAINTS GO MARCHIN IN que hizo famosa el “enormísimo cronopio” Louis
Armstrong. Los versos apocalípticos de la pieza adquieren una dimensión
catártica, pues al ritmo impuesto por el saxo responden desnudándose y brindando
su ropa al fuego, que la devora en unos instantes. Los cronopios no sienten la vergüenza
que, a veces, conlleva la desnudez, pues antes, en el batiburrillo de voces
habían desnudado sus almas. El silencio es abruptamente roto por una masa de
cronopios armados de trompetas, trombones y tambores que acuden a celebrar que
el fuego ha quemado todas las indisposiciones de los cronopios afectados. Les
llevan ropa y bailan todos juntos alrededor de la hoguera cantando a coro
“Gracias a la vida, que me ha dado tanto…”
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