Dolor
I feel the pain baby
Deep down in my soul
Deep down in my soul
I feel the hurt honey
Deep down in my bones
(Lucky Lloyd)
Del dolor se aprende. Del placer, también. Se aprende en la tristeza y no menos en la alegría. Se aprende del fracaso, no sé si también del éxito. Somos prisioneros de nuestras propias presunciones, suposiciones o creencias. Y nos resignamos ante nuestra vocación de egocentrismo y egolatría tanto como ante nuestra disposición al altruismo y a la generosidad. Sabemos que nos hacemos daño y que dañamos a otros. Es inevitable. El problema surge cuando convertimos el dolor en sufrimiento. El dolor es parte de la vida, el sufrimiento es nuestra singular -en ocasiones, perversa- contribución a ella. El dolor es una señal, un daño físico o emocional. El sufrimiento es una respuesta psíquica o cognitiva que puede derivar en ansiedad, miedo o temor. Evitar la prolongación del sufrimiento es un modo de desactivar nuestras pulsiones autodestructivas. Si nos hemos empeñado en acabar con los dioses, no debemos abrir la puerta a nigromantes, magos o hechiceros. No debemos buscarnos allí donde nunca hemos estado. No debemos poner nuestro sufrimiento en manos de los mesías de la felicidad. No hay estremecimientos idénticos en los que converjan las voluntades. Parecería que uno es mejor por haber sufrido. Pero el sufrimiento no nos hace mejores (ni peores). No obstante, una mística del sufrimiento invade las ciudades, los barrios, las casas. El sufrimiento se hereda y crea privilegios. No importa el tiempo: si mi pueblo -nación o comunidad-, sufrió, entonces yo soy partícipe de ese sufrimiento, víctima inocente que, ante los herederos de los perpetradores -colonizadores, invasores…-, reclama sus derechos.