No hay que desperdiciar una buena ocasión de quedarse callado (Jorge Drexler: SILENCIO)
A NADIE PRETENDO COMUNICAR CERTEZA ALGUNA. NO LAS TENGO.
A lo sumo alguna conjetura, siempre desde la incertidumbre.
Hace años lo aprendí de Albert Camus. Más tarde, unas palabras de Michel Foucault volvieron a recordármelo: No hay que dejarse seducir por las disyunciones, ni aceptar acríticamente los términos del dilema: o bien se está a favor, o bien se está en contra. Uno puede estar enfrente y de pie.
"La idea de que todo escritor escribe forzosamente sobre sí mismo y se retrata en sus libros es uno de los infantilismos que el romanticismo nos legó...las obras de un hombre trazan a menudo la historia de sus nostalgias o de sus tentaciones, casi nunca su propia historia" (Albert Camus)
Domani puoi dimenticare, domani, sì Ma adesso, adesso dimmi di sì
(Lucio Battisti)
La literatura es
la tecnología biomédica capaz de revitalizar las palabras muertas que yacen en
los diccionarios. Les otorga una nueva vida frente al Tiempo y a la Historia.
“Nadie”
fue la respuesta de Ulises al grito interrogador del Cíclope. El viajero Odiseo
tuvo que ser Nadie para poder seguir siendo él mismo, para escapar mediante su
treta de la furia del Cíclope. Ulises le ganó la partida al Cíclope y al
tiempo. A su llegada a Ítaca, arrodillado sobre la arena de la playa, la mirada
de Ulises no se dirige hacia la casa donde Penélope teje pacientemente el
tiempo que la separa de su amado Odioseo, sino que sus ojos apuntan hacia el
horizonte que ha dejado atrás, al mar que lo convirtió en un aliado del tiempo
navegando todos esos mares y todas esas tierras de nadie. Ítaca es el final del
viaje, Ulises lo sabe, y allí, de rodillas, escenifica su rendición. También el
héroe homérico sucumbió a la implacable tiranía del tiempo. El tiempo es un
solitario que excluye la complicidad, que quiere ser solo duración y transcurrir,
que no se deja seducir por los plañideros lamentos de las almas temerosas
cuando les invade la conciencia de la finitud, la certeza de que un día habrá
un final. El tiempo es inhumano y por ello nos atañe, nos reclama, nos seduce
con sus falsas promesas. El tiempo consolida la única certeza: toda queja está condenada a
perderse en el vacío del silencio y en el frío de la nada. Conscientes de
nuestra caducidad, le hacemos el juego al tiempo, le bailamos el agua, para
burlar sus categóricosimperativos
mientras inventamos instantes preñados de vida, amor y canciones.
Conflictos y malentendidos sentimentales o de otra índole
La cobardía es asunto De los hombres, no de los amantes Los amores cobardes no llegan a amores Ni a historias, se quedan allí Ni el recuerdo los puede salvar Ni el mejor orador conjugar
(Silvio Rodríguez)
Un nuevo conflicto o tiempo denso de dolor, de rabia que aprieta con fuerza
las mandíbulas, de grietas en el cuerpo que gritan hacia dentro. Conflictos o
momentos de paréntesis, vacíos, y más grietas por las que se escapa la alegría.
Un nuevo conflicto, ristras de palabras que chocan unas con otras para generar
más y más bullicio. Sube el volumen de las voces hasta convertir el sonido en
ruido, aumenta la intensidad de los gestos para transformar la conversación en
una batalla por la razón (o la sinrazón). Y todo ello a pesar de que sabemos
que muy pocos conflictos tienen su origen en la realidad o en los hechos. El
detonante suele ser que distorsionamos la realidad y la malinterpretamos. A
veces, por pereza, otras por desidia, por no citar nuestra devoción por el orgullo
o la soberbia. La mayoría de los conflictos se diluirían si fuésemos lo
suficientemente escépticos para examinarlos con un mínimo de honestidad, con un
mínimo de libertad. Liberarnos, aunque sea solo por un momento, de nuestros
prejuicios y hábitos hermenéuticos, puede ser el principio, como decía Bogart
en la famosa película que todos conocemos, de una gran amistad (o de lo que
sea...). Los conflictos tienen una dimensión cuántica que excluye términos como
destino, inexorable, indefectible o determinismo. En un conflicto no podemos
describir el estado existencial de un ser humano. Si identificamos su
“verdadero ser”, se nos escapan sus apariencias. Si fijamos sus
manifestaciones, nos enredamos en los malentendidos con respecto a su esencia.
En definitiva, los seres humanos somos tan azarosos como las partículas
elementales. Y, en ocasiones, tan negativos como algunas de ellas. Por ejemplo,
los electrones. Ellos describen órbitas alrededor del núcleo de protones y
neutrones; nosotros trazamos elipses en torno a un tema o cuestión que no
podemos sacar de nuestra cabeza. Los electrones difícilmente abandonan su
órbita, nosotros casi nunca salimos de nuestros singulares laberintos
emocionales.
No obstante, lo peor no son los conflictos, sino su ausencia: éxtasis de
la inanidad, éxito de la futilidad…hastío, abulia. Una pregunta, una respuesta
directa, un nudo en el estómago o un gato que araña en el pecho, silencio
alternándose con comentarios “a trompicones”, cuando no balbuceos, dificultad
de expresar lo que no se acaba de organizar lógicamente en la mente, palabras
que se colapsan antes de ser pronunciadas, pensamientos que huyen cuando se
creía tenerlos atrapados, temor, quizás, a no decir la palabra precisa, en
definitiva, cautivos de la amenaza del lenguaje...nos perdemos...en el
malentendido que surge entre aquéllos que tienen la certeza de haber llegado a
entenderse pero comprenden que no deben ceder a los arrebatos de la inocencia, que
la lucidez es una buena herramienta para la supervivencia.
Y en verdad te digo, sin ningún tipo de ironía o sarcasmo, que sí, que
tienes razón cuando afirmas que me refugio en la hipótesis más pragmática. Y
aunque no sé si tienes o no razón, sé que la tienes, porque no puede ser,
aunque lo sea, casi siempre o en la mayoría de las ocasiones, que te eche de
menos y los cigarrillos no sean humo apasionado y el whisky no se sirva en un
vaso bajo. Y que persista en el malentendido prolongando el conflicto, tomando
la causa por el efecto y a la inversa, poniendo después lo que debería venir
primero. Y yerro al pensar que en el principio fue la nostalgia y a
continuación vino el verbo. Que para eso estás tú, para restaurar de nuevo el
orden natural de la secuencia de eventos que mi alma tergiversa, para expresar
de un modo siempre acertado y nunca inoportuno que primero fue el verbo y
después la nostalgia. Porque en caso contrario, todo sería más difícil y me
ahogaría en el magma incandescente que emana de los verbos y de la sintaxis que
desatan lo que une la gramática.
Así que más allá o más acá de la socarronería del último párrafo, me
pregunto: ¿Cómo salir indemnes de este laberinto que transitamos cuando nos
empeñamos en seguir instalados en el malentendido de pretender ser nosotros
mismos mientras jugamos a ser otros? Siempre nos acecha el minotauro, un
trasunto de nosotros mismos que refleja nuestras miserias y grandezas. Y en
este devenir incesante, ocurre que cuando intentamos trazar, con mano firme, la
línea que une la vida con lo instituido y normalizado, entonces las manos se
rebelan y los dedos se caen justo allí donde nace un verso o se principia una
rima.
No encuentro nada más valioso que darte Nada más elegante Que este instante De silencio
Bésame ahora Antes que diga algo completamente inadecuado No hay que desperdiciar una buena ocasión De quedarse callado
(Jorge Drexler)
Tras el desayuno y sentado aquí
con el primer café de la mañana, soy testigo del encuentro entre Amistad y Silencio.
No sé la razón de por qué han elegido este lugar y este momento. Caprichos de
las abstracciones y las hipóstasis, dado que ninguna deuda las ata a lo
concreto.
Intento escribir contra el
silencio que me impone la página en blanco. Todo texto se escribe sobre este fondo
de silencio. Silencio necesario ante el ruido de las palabras que se agitan en
mi mente. Resulta paradójico el intento de hacer callar a las palabras para
romper el silencio. Escribo instalado en esta paradoja sobre la que emerge cada
pecio.
Hay amistad (y hay amor) cuando
el silencio no resulta embarazoso o incómodo. Me apropio (in)debidamente de las
palabras del poeta, del artista, del literato -no menos paradójicas, si se me
permite decirlo, que la paradoja del pecio-:“El silencio es la conversación
de las personas que se quieren. Lo que cuenta no es lo que se dice, sino lo que
no es necesario decir” (Albert Camus).
Apelo a la lógica de Holmes
cuando habla con Watson y le dice: “Posee usted el don inapreciable
de saber guardar silencio…Eso le convierte en un compañero de valor
incalculable”.
Traigo a colación el final de El
cuarteto de Alejandría: “¿Cómo interpretar el silencio
que nos rodea?”
O el silencio ingrávido en el que
se instala el acto de la escritura o de la lectura. Silencios impregnados de
sonidos casi imperceptibles, sonidos amigos: “El ruido del libro: la página
que uno vuelve/ El silencio del libro: la página que uno lee” (Edmond Jabès).
Hay amistad (y hay amor) cuando la
palabra o el grito que rompen el silencio no pasan desapercibidos. Miro el célebre
cuadro de Munch y te digo: grita o susurra, pero no olvides que cuando gritas o
susurras clavas tus palabras en mis entrañas, no olvides que cuando gritas o
susurras mi alma fija su atención en tu mirada. Grita, susurra, calla, para que
repare en tus palabras, en tus gestos, en tus descuidos, en tus actos sinceros
y en tus comedias. Grita, susurra, calla, para que mi abrazo rodee toda tu
soledad sonora con mi silenciosa soledad. Y anudemos nuestras soledades para
rehacer el nudo que tantas cosas ata, que tantas historias une y enlaza.
Hay amor, hay amistad cuando el
silencio no resulta incómodo, cuando el grito no pasa desapercibido, cuando el
susurro no se evapora hacia el olvido.
Y sal de ahí A defender el pan y la alegría Y sal de ahí Para que sepan que Esta boca es mía, esta boca es mía
(Joaquín Sabina)
No se trata de reactualizar la nostalgia ni de idealizar el pasado. Se trata
de dialogar con el pasado para ver, si es posible, aclarar nuestro presente. Y
si el pasado no sirve para ello, dejarlo tranquilo, neutralizar su poder,
asumirlo como parte de una biografía inconclusa, nunca como una amenaza.
Deshacerse sin pudor del contrafáctico: si hubieses…Nunca debo olvidar que el
verbo vivir se conjuga en presente. El pasado se usa como excusa para no
anudarse a la vida y seguir anclado a unas imágenes difusas de objetos o
personas que ya no existen. Vivir el presente, dibujar un poema, lanzarse al
abismo donde emerge una rima que no se rinde al absurdo, pergeñar el reverso de
un verso, la trastienda de una estrofa, el desván donde se cobijan las
metáforas. Elijo la vida, la sensualidad, la inteligencia…, las visto de
poesía, las maquillo con un soneto, las enredo en tu pelo al ritmo de una rima
demasiado ambiciosa para seguir atrapada al final de un verso. Elijo que mis
labios se confundan con tus labios, elijo tocar tu boca, aunque tú no seas la Maga
y yo no sea Horacio. No elijo no haber tocado tu boca ni soñar con tocarla, no
elijo pensar en alguien que hayas soñado que toca tu boca, elijo ser yo quien
toca tu boca.
When you're down and troubled And you need a helping hand And nothing, nothing is going right Close your eyes and think of me And soon I will be there To brighten up even your darkest night
(Carole King)
A diferencia de eros, Philia exige la reciprocidad en el
trato. Eros puede ser unidireccional: existe el amante que no es correspondido
por el amado. Philia exige el reconocimiento mutuo de que se está ahí, en un
escenario de buena voluntad y reconocimiento mutuos. Hay quien dice que no
debemos confundir eros y Philia porque esta podría ser enunciada con la fórmula
simplificada: amor sin deseo. Nunca he amado a los colectivos ni a las
abstracciones. Mi capacidad amatoria es muy limitada. Se reduce a ciertas
personas que emiten una luz que agradezco y comparto. Ni la patria, ni la
música, ni los pueblos, ni la humanidad…suscitan en mí el más mínimo afecto. Ni
abstracciones ni colectivos. Solo personas con nombre y apellidos (y algún que otro animal). Las
abstracciones y los colectivos no son amistosos. No admiten la reciprocidad en
el trato. Solo las personas, algunas personas, pueden lograr la feliz
conjunción entre Philia y Eros. ¿Una perogrullada? Puede ser.
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