No hay que desperdiciar una buena ocasión de quedarse callado (Jorge Drexler: SILENCIO)
A NADIE PRETENDO COMUNICAR CERTEZA ALGUNA. NO LAS TENGO.
A lo sumo alguna conjetura, siempre desde la incertidumbre.
Hace años lo aprendí de Albert Camus. Más tarde, unas palabras de Michel Foucault volvieron a recordármelo: No hay que dejarse seducir por las disyunciones, ni aceptar acríticamente los términos del dilema: o bien se está a favor, o bien se está en contra. Uno puede estar enfrente y de pie.
"La idea de que todo escritor escribe forzosamente sobre sí mismo y se retrata en sus libros es uno de los infantilismos que el romanticismo nos legó...las obras de un hombre trazan a menudo la historia de sus nostalgias o de sus tentaciones, casi nunca su propia historia" (Albert Camus)
You're as cold as ice
Cold as ice, I know (you're as cold as ice)
(Foreigner)
En la calle hace un calor insoportable mientras yo me hielo por
dentro. O quizás sea el amanecer que no trae nada nuevo o la impermeabilidad del alma a los efectos del cambio climático y de sus peculiares reventones. Podría ser un mecanismo de defensa de mi sistema inmune para no quemarme en el intento de seguir atendiendo a los mecanismos fisiológicos que rigen la lógica del deseo. De los otros, de los mentales, ni hablo. Y de los sentimentales, quizás en otro momento.
Y
tropezando, se fue cantando desafinao
El coro que aquí les traje y da el mensaje de mi canción
La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, ay, Dios
La vida te
da sorpresas, sorpresas te da la vida
Ay, Dios (Pedro Navaja, matón de esquina)
Quien a hierro mata, a hierro termina
La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida
(Ruben Blades)
Lo
inesperado es la refutación de la solidez inquebrantable que presuntamente nos
aportan nuestras teorías científicas, nuestras ideas filosóficas o las certezas
del sentido común. Lo inesperado es el cisne negro que pone en tela de juicio
nuestra confianza en los referentes ontológicos y epistemológicos de la cosmovisión en la que nos encontramos ubicados. Lo imprevisible es a lo posible como lo imprevisto a lo
probable. Lo imprevisto es una falla en nuestra facultad prospectiva, una falta
de acierto en el diseño del plan. Lo imprevisto “se da”, pues se encontraba en
el plexo de posibilidades que no supimos establecer; lo imprevisible “surge” al
margen de las innumerables cadenas causales que saturan el campo representativo
de la planificación o del diseño. Un “acontecimiento” (en sentido peciosófico) es
un episodio (individual o colectivo) traumático o perturbador que aparentemente parece surgir sin causas
discernibles. No es algo imprevisible, sino, imprevisto. Ahora bien, la
singularidad del acontecimiento estriba en que además de cambiar algo de un
modo transcendental, cambia también los parámetros que utilizamos para establecer
la diferencia entre lo imprevisible y lo imprevisto. De ahí que lo inesperado
se identifique con lo imprevisto, pero no con lo imprevisible o lo que se
concebía como imposible. Hoy lo inesperado ha sido mi piel. Mi piel plegada,
arrugada, decolorada, manchada de tiempo, de placer y dolor, marcada por otra
piel, por sus huellas, por sus límites, por sus caprichos, por sus deseos o por
sus imperativos. Hasta hoy fue imprevisible, hoy he constatado que solo fue un imprevisto.
He mirado mi piel roturada por el malentendido que se produce cuando colisionan
las fuerzas contrarias que me impulsan hacia el futuro, me arrastran hacia el
pasado o me anclan a un presente mudo: la respuesta se perdió en el trayecto de
un tiempo a otro. O quizás no
formulé correctamente la pregunta, porque aunque estaban las marcas, tu piel no
estaba.
Es que no hay droga más dura que el roce de tu piel
(Revolver)
Hoy seré breve. Una punzada de nostalgia -contra
la que me rebelo- de un beso inolvidable, de un abrazo perfecto, de una mirada
sin billete de vuelta, de una explosión de ternura. Acumulo el óxido de un
tiempo en el que la piel rumia sin digerir un pasado que ha muerto. Tengo presente la sentencia del sabio de Éfeso: Todo cambia y nada permanece. Y digo yo: de todo lo que perece en el cambio, quizás algo se conserva o permanece, la lealtad con la que amo, con la que he amado, a lo que amo, a lo que he amado.
"La idea de que todo escritor escribe
forzosamente sobre sí mismo y se pinta en sus libros es una de las puerilidades
que el romanticismo nos ha legado. No es imposible,
muy al contrario, que un artista se interese ante todo por los demás, o por su
época, o por mitos familiares. Aun cuando se ponga a sí mismo en escena, puede
considerarse excepcional que hable de lo que él realmente es. Las obras de un
hombre trazan con frecuencia la historia de sus nostalgias o de sus
tentaciones, casi nunca su propia historia, sobre todo cuando pretenden ser
autobiográficas. Ningún hombre se ha atrevido nunca a pintarse tal como
es."
(Albert Camus)
Mis palabras: aproximaciones, imágenes difusas de
un rostro que siempre aparece difuminado. Casi una vida en tan poco tiempo.
Todo por hacer, nada está resuelto. Ninguna certeza en esta red anudada por
tantas dudas, imposturas, desvaríos, escasas certezas y algún que otro acierto.
En ocasiones, siento que me vive esta vida que vivo en perpetuo movimiento: del
centro a la periferia, de la presencia a la ausencia, de la claridad al
misterio. Me miro al espejo y pienso: ¿Quién es este tipo? El collage se va
transformando en relato y la memoria va dejando huecos por donde se cuela el
olvido. Estoy lleno de nombres y ritmos, de historias cuyo protagonista fue una
herida o un beso. ¡Ah! La lucidez. ¡Qué extraña presencia en el escenario donde
se representa el espectáculo del Orden y del Sentido! Es un relámpago que
cuestiona nuestra percepción cotidiana de las cosas. Es un virus que contamina
un sistema de pensamiento acomodado. La lucidez agrieta y desarticula la
realidad. El resultado es lo real: el sinsentido, el caos, la indiferencia del
tiempo y la constatación de que no somos más que un accidente en el devenir
errático de la materia. ¿Qué somos? Quizás Cioran
dio en el clavo: “Ilusiones de nuestro propio pensamiento.” Por ello, es un
estado instantáneo, efímero y fugaz. Si durase sólo un poco más, el alma se
agrietaría de tal modo que reanudar nuestro idilio con la vida sería algo
imposible. Me permito, superado el trauma, esta larga cita de F. Nietzsche para
no hacerme demasiadas ilusiones y recordarme que la lucidez siempre amenaza con
hacerse presente:
"En algún apartado rincón del universo
centelleante, desparramado en innumerables sistemas solares, hubo una vez un
astro en el que animales inteligentes inventaron el conocimiento. Fue el minuto
más altanero y falaz de la “Historia Universal”: pero, a fin de cuentas, sólo
un minuto”.
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