Tu piel, mi amor
Y es que no hay droga más duraQue el amor sin medidaY es que no hay droga más duraQue el roce de tu pielY es que no hay nada mejor que tener tu saborCorriendo por mis venasY es que no hay nada mejorQue el roce de tu piel
(Revólver)
Piel desnuda, tu piel. Alimento mi piel con el roce de la tuya. Nada le falta. No me nutro de fantasías. La piel que cobija mi deseo es real. Tan real que no deja lugar para entelequias o quimeras. Ella es a la vez sueño y realidad. La imagino cuando está ausente, la sueño cuando la tengo presente. Tu piel es un laberinto en el que anhelo perderme. Un leve roce y desaparece la angustia y la prisa. Tu piel es la trama en la que se desvela el sentido de mi vida, una de las pocas certezas que me permiten instalarme en una punto firme desde el que saludar al absurdo y pasar de largo. La ausencia de tu piel abre una grieta en mi alma. Una caricia vuelve a cerrar la herida.
El nombre del sentimiento que anima esta senso-flexión, de la pasión que me cita con tu piel más allá de los límites que impone el cuerpo, no es otro que amor. Y todo amor es trágico. Porque la asunción de lo trágico hilvana el hilo que une dos seres diferentes creando un equilibrio entre dos polos irreductibles cuya tensión excluye la negación de uno de ellos. Tú y yo, dos mundos, uno frente a otro, en un espacio que se nutre de afirmaciones y negaciones, de rechazos y consentimientos, de luz y oscuridad.
Mi amor es una llamada de atención al silencio que me habita, a mis dudas y mis inquietudes. Tu amor es la prueba de que ese silencio solo puede ser contenido mediante la palabra que se alza contra la desidia. Palabra cómplice que surge espontánea cuando mi piel es cómplice de tu piel.
En tu cuerpo no hay desgarros. Su insolente belleza es una objeción contra las leyes fundamentales de la entropía. El paso del tiempo lo recubre de una pátina de descaro capaz de destruir cualquier muro que se alce ante él. Desnudo es perfecto. Vestido es hermoso. La ropa que lo cubre no es sino una prolongación de su armónica sutileza.
Hoy, ahora, me abismo en su desnudez. Lo contemplo atento (nunca seremos lo suficientemente perspicaces para reparar en la importancia de la atención) mientras despliegas ante mí ese modo tan descuidado de seducirme. Extiendes tus brazos, tus piernas, tus muslos, tu cuello, tu pelo, y en mis entrañas se forja la idea de que nunca la sensualidad había sido, a la vez, tan patente y tan distraída. En mis manos nace un nuevo mundo cuya esencia es la piel que habitamos. Se borran las fronteras y sé que no hay otra piel que pueda, en un mismo instante, arrancarme de las miserias de las que se nutre mi egoísmo y proyectarme hacia la plenitud imposible, y quizás absurda, de ser uno contigo.
Sé que mis imposturas provocan heridas y abren grietas en tu alma. Sé que, en ocasiones, traiciono mis certezas (que no las tengo, si no que ellas me tienen a mí) y la hiel que exudo introduce la duda y la perplejidad en el corazón mismo de mis certidumbres. Pero la imagen de tu piel en mi retina, la huella de tu sensualidad en mi alma, reinstaura la sólida estructura sobre la que he/mos edificado un sentimiento único y singular, que es, paradójicamente, sólido y frágil, eterno y temporal, sólido y quebradizo. En definitiva, humano.
Sé que el tiempo denso no es una flatus vocis. Disfruto del privilegio de vivirlo en el interior de una experiencia amorosa que, a pesar de sus temblores, ya me define y me ubica en una vida en la que tu presencia no es un accidente, sino la clave para transitar este laberinto de alegrías y tristezas en las que se resuelve nuestra común existencia.
Ayer es el pasado: sirve para activar la memoria y aprender a no repetir aquello que socava el sentimiento que nos une. Ayer fue y queda. Ayer nutre el hoy pero no puede suplantarlo. Aquello que ocurrió, placentero o doloroso, es sólo un eco que no tiene suficiente fuerza sonora para encarnarse en el hoy y mucho menos en el mañana.
Hoy es ahora y es mañana. No es un sueño ni la anticipación de un ideal transcendente a los límites que fijan el espacio y el tiempo. El tiempo pone trampas en el espacio en el que se proyectan nuestros deseos y nuestras esperanzas, nuestros miedos y nuestros desasosiegos. Si aprendemos a identificarlas, a desactivar su potencial destructor, el tiempo denso será tan real como el efecto mágico que tu piel sigue provocando hoy en mi piel. Sé que la tarea no es fácil, pero sigo pensando que envejecer contigo merece la pena y que mi vida vale algo porque, entre otras cosas, en ella se encuentra la voluntad de hacerte feliz.