Menopausia afectiva
Primavera, ven y cúrame el invierno (Fito y fitipaldis)
Escéptico irredento, dogmático sin pretensión, relativista contenido, nominalista ocasional y peciósofo sin sophia, intento, sin éxito, practicar la epokhé, la suspensión provisional del juicio mediante la estrategia de mitigar mis pretensiones excesivas de conocimiento y control de la realidad y asumir una cierta levedad gnoseológica armada de un cierto sentido del humor (que me falta) y una sonrisa (que no termina de despertar). Digo sin éxito porque sigo siendo ese idiota que en ocasiones cocina su afectividad a fuego lento, pero que en otras la congela a hielo lento. Finjo ser de hierro cuando me enfrento a las fraguas del tiempo, las que con paciencia y lentitud van licuando el hierro hasta derretirlo. Y toda mi filosofía no es más que un trasunto de una especie de tragedia que no resuelve la tensión entre el hielo y el fuego. La vida me ha inoculado algún tipo de menopausia afectiva que me lleva a bascular entre el frío de la soledad y la calidez de un buen fuego. Así no hay quien duerma tranquilo, no hay quien duerma, salvo cuando consigo llegar a las nubes de tu pelo. Allí reina la temperatura ideal porque el filósofo me confirma que "...acercarse demasiado al fuego de la locura es tan peligroso como sumergirse en el agua helada de la cordura" (B. Castany Prado: Una filosofía de la risa).