No hay que desperdiciar una buena ocasión de quedarse callado (Jorge Drexler: SILENCIO)
A NADIE PRETENDO COMUNICAR CERTEZA ALGUNA. NO LAS TENGO.
A lo sumo alguna conjetura, siempre desde la incertidumbre.
Hace años lo aprendí de Albert Camus. Más tarde, unas palabras de Michel Foucault volvieron a recordármelo: No hay que dejarse seducir por las disyunciones, ni aceptar acríticamente los términos del dilema: o bien se está a favor, o bien se está en contra. Uno puede estar enfrente y de pie.
"La idea de que todo escritor escribe forzosamente sobre sí mismo y se retrata en sus libros es uno de los infantilismos que el romanticismo nos legó...las obras de un hombre trazan a menudo la historia de sus nostalgias o de sus tentaciones, casi nunca su propia historia" (Albert Camus)
La risa es algo más que una
deformación del rostro fruto de la dilatación con intervalos de contracción de
ciertos músculos. Uno ríe y alguien se ríe del que ríe o con el que ríe. La
risa es una tecnología humana contra la vocación de sufrimiento. Si no
existiese la risa, el rostro se petrificaría. A diferencia del llanto, es
diversa, singular, propia, particular…De los diferentes tipos de risa, hay uno
inadmisible: la risa sarcástica, perfidum ridens, la que causa el
sufrimiento y la humillación de los otros.
El fanático abomina de la risa e
intenta proscribirla. La risa es sospechosa porque es la alegría que brota ante
la alteración del orden de las cosas.Hay, pues, una semejanza estructural entre el desorden sociopolítico y
la alteración de los rasgos faciales. La risa surge ante la evidencia de que
todo orden lleva implícita la posibilidad de su desmoronamiento. La novela de
Umberto Eco trata sobre la risa y el fanatismo que intenta proscribirla, pues
la risa es una amenaza para la fe basada en el miedo. La risa desenmascara el
dogmatismo fanático y nos libera de la red causal del poder totalitario (y democrático).
La risa es síntoma de alegría. Es
incombustible y omnipresente. El que se pueda llorar de alegría no es una
objeción a su omnipresencia y persistencia.
"No seas absurdo", me regañó, "esa
explicación nadie te la pidió
Así que guárdatela, me pone enferma tanta sinceridad"
Yo le quería decir la verdad, por amarga que fuera
Contarle que el universo era más ancho que sus caderas
Le dibujaba un mundo real, no uno color de rosa
Pero ella prefería escuchar mentiras piadosas
(Joaquín Sabina)
Lo contrario de la verdad es la
falsedad. Lo contrario de la sinceridad es la mentira. Se puede ser sincero
emitiendo una proposición falsa. El terraplanista convencido no miente, enuncia
una falsedad, su afirmación no es conforme a la realidad (adaequatio rei et
intellectus), muestra la imposibilidad de conjuntar dos ideas: la tierra y su estructura.
Ahora bien, entre lo verdadero y lo falso existe un espectro de posibilidades
que constituyen lo indecidible: afirmo que “nevará en Murcia el veinticinco de
diciembre de 2027”. La verdad relativa es más real que la Verdad: el teorema de
Pitágoras enuncia una verdad en el seno de las geometrías euclidianas, pero una
falsedad en las geometrías elípticas o hiperbólicas.
La verdad y la falsedad
pertenecen al ámbito de lo intersubjetivo, la sinceridad y la mentira al de lo
subjetivo. ¡Dime la verdad! es una expresión anómala que debería traducirse por
¡sé sincero! Anómala hasta el punto de que en ciertos contextos se exige una imposibilidad:
“la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad”. Porque la verdad no se
reduce a aquello que un individuo sabe sobre tal o cual asunto. El sujeto
recorta, elimina, añade, interpreta, diluye o aliña aquello que considera
verdadero (que no se identifica con la verdad, sino, en el mejor de los casos,
con parte de ella). La verdad es una idea, la falsedad, su reverso. La verdad
es una idea que no se puede decir. Sí se puede decir una verdad o unas
verdades. El artículo indeterminado nos sitúa en la realidad, el determinado
nos eleva hasta la idealidad o nos hunde en la irrealidad. Hay quien considera
que no decir toda la verdad es una forma de mentir. De nuevo, erramos, porque
quien no dice toda la verdad que podría decir (que nunca sería toda la verdad) no
miente, simplemente no es sincero hasta el final. Limita el contenido y obvia
lo irrelevante o aquello que por ser dicho podría alterar la correlación de
fuerzas intelectuales o sentimentales que se ponen en juego en una
conversación, discusión o confesión.
I feel the pain baby
Deep down in my soul
Deep down in my soul
I feel the hurt honey
Deep down in my bones
(Lucky Lloyd)
Del dolor se aprende. Del placer,
también. Se aprende en la tristeza y no menos en la alegría. Se aprende del
fracaso, no sé si también del éxito. Somos prisioneros de nuestras propias
presunciones, suposiciones o creencias. Y nos resignamos ante nuestra vocación
de egocentrismo y egolatría tanto como ante nuestra disposición al altruismo y a
la generosidad. Sabemos que nos hacemos daño y que dañamos a otros. Es
inevitable. El problema surge cuando convertimos el dolor en sufrimiento. El
dolor es parte de la vida, el sufrimiento es nuestra singular -en ocasiones,
perversa- contribución a ella. El dolor es una señal, un daño físico o
emocional. El sufrimiento es una respuesta psíquica o cognitiva que puede
derivar en ansiedad, miedo o temor. Evitar la prolongación del sufrimiento es
un modo de desactivar nuestras pulsiones autodestructivas. Si nos hemos
empeñado en acabar con los dioses, no debemos abrir la puerta a nigromantes,
magos o hechiceros. No debemos buscarnos allí donde nunca hemos estado. No
debemos poner nuestro sufrimiento en manos de los mesías de la felicidad. No
hay estremecimientos idénticos en los que converjan las voluntades. Parecería
que uno es mejor por haber sufrido. Pero el sufrimiento no nos hace mejores (ni
peores). No obstante, una mística del sufrimiento invade las ciudades, los
barrios, las casas. El sufrimiento se hereda y crea privilegios. No importa el
tiempo: si mi pueblo -nación o comunidad-, sufrió, entonces yo soy partícipe de
ese sufrimiento, víctima inocente que, ante los herederos de los perpetradores
-colonizadores, invasores…-, reclama sus derechos.
No te desnudes todavía, espera un poco más
No tengas prisa, el tiempo es algo que quedó detrás
No quiero aún que me descubras toda la verdad
Que la verdad no es lo evidente, sino su mitad
(Luis Eduardo Aute)
Ser transparente, desnudar el
alma, ofrecerte una instantánea de mis sentimientos, emociones, deseos…en la
que nada se vele u oculte, en la que todo mi interior se exteriorice y
desparezcan las dudas y las incertidumbres. ¿Acaso es posible tal proceso de
desvelamiento? Y si fuese posible,
¿soportarían mis semejantes, mis seres queridos, mis allegados, el momento en
el que la oscuridad que me habita sale a la luz y es percibida? Expuestas mis carencias,
mis miserias, mis faltas, mis rencores, mis resentimientos, mis vergüenzas, mis
egoísmos … el juicio sería unánime y la sentencia implacable. ¿Expuestas? ¿Soy
yo, juez y parte del proceso, el más indicado para ello? ¿No es el
confesionario un dispositivo creado para tal cosa? No pretendo una apología de
la opacidad. Pongo la cuestión sobre la mesa: ¿es deseable tal ideal de transparencia?
¿No estaría reduciendo las
complejidades, tensiones, paradojas y contradicciones de mi alma a unos enunciados
o bits de información susceptibles de ser a su vez reducidos por las estructuras
perceptivas e intelectivas de mis interlocutores? Al evidenciarme o exponerme
de tal modo (insisto: en el caso de que fuese posible), ¿no estaría reduciendo
mi complejidad existencial a un conjunto de enunciados operativos y
consumibles? El ideal de transparencia atenta contra nuestra impronta
hermenéutica, contra la imaginación, contra la literatura, contra la conversación:
allí donde todo está expuesto de un modo claro y exhaustivo, la pregunta sobra
pues ya están dadas todas las respuestas (en el caso de que sea posible tal
desnudez del alma). Me temo que hay un estigma pornográfico en todo ideal de
transparencia. Allí donde todo se muestra no hay lugar para la imaginación, la
interlocución o la literatura. Seamos razonables. No a la opacidad, sí a un
cierto toque de misterio, sí a la seducción, sí a la persuasión…
Yo soy tan solo uno de los dos polos
De esta historia, la mitad
Una de las dos variables en esta polaridad
Y en el otro extremo,
De esa línea, estás tú
Mi tormento, mi fabuloso complemento
Mi fuente de salud
(Jorge Drexler)
No sexo, sino sexualidad, la adición de la fantasía a la
naturaleza del instinto reproductivo. Es más, entra en juego la imaginación que
hace de lo natural un arte. Y en este proceso de creación la sexualidad no se
reduce a la genitalidad, sino que la integra sin identificarse con ella.
Hay quien dice que el sexo está
sobrevalorado. Nunca he sabido qué significa exactamente dicha expresión, pues
sobrevalorada estuvo, en su momento, la siesta; y sobrevalorado estuvo el rock
progresivo y el aceite de oliva.
Célibes, abstinentes y anacoretas
lo han proclamado a los cuatro vientos: mejor sin sexo, mejor sin capitular
ante los excesos que glorifican el jolgorio de la carne y la exaltación de la
sensualidad. Luciano de Zarzadilla, teólogo medieval, resumía su posición
afirmando que el sexo es un problema, nunca una solución. Mucho antes, los
pitagóricos reglamentaron que la aversión a la carne, digerida o lamida, era un
precepto innegociable. El lema paulino, consciente de las debilidades de la
carne, adoptaba la célebre fórmula que aún sigue vigente: “Más vale casarse que
abrasarse”. En una entrada de sus diarios, Frank Kafka dijo sin pudor que “El
coito es el castigo por querer ser felices.”Así pues, es obvio que grandes luminarias del pensamiento y el arte han
despreciado el sexo, el jolgorio de la carne, la fiesta de la sensualidad.
No es menos cierto que, a cierta
edad, la imaginación propone lo que la ley de la gravedad y la fisiología
desmienten. ¡Qué resistencia la de la mente frente al envejecimiento! No
obstante, el deseo no envejece, sí el resto de elementos que configuran el
escenario donde se desarrolla el drama del sexo. El mecanismo biológico se
deteriora, pero la mente lo ignora y recurre al principio activo del fármaco
diseñado para tal uso.
Y luego está el otro argumento,
el que no negocia con la química ni con el medicamento. Y luego está tu piel: el
fármaco óptimo contra las leyes físicas o biológicas que hablan de entropía y
deterioro. Tu piel desnuda, la obra de arte que jamás concibió artista alguno.
La refutación implacable de la entropía del universo. La ilusión de tocar tu
piel con mi alma desnuda, de abandonarme en ella cuando se abre a mí con la
voracidad de una tormenta, de fundirme con el ritmo que impone cuando no admite
ninguna pregunta. Te imagino solo con tu piel de carne y verso, inmune al
discurrir incesante del tiempo, piel que siento y desmiente el desmentido que
anuncia la nueva mística del cuerpo perfecto. Es el mejor argumento: Tu piel.
Me la llevo puesta como un regalo que me hago, no la suelto hasta que me duermo
para rescatarla en mi sueño.
En definitiva, a pesar de que parece que hablo del sexo, en realidad estoy hablando de la sexualidad.
Escribir es arriesgarse
A no encontrar las palabras
Abras las puertas que abras
Es fácil equivocarse
Escribir es contrariarse
Ponerse en duda a uno mismo
Es frecuentar el abismo
Y aceptarse vulnerable
(Pedro Pastor y los locos descalzos)
Verba volant, scripta manent. Hablar o escribir es exponerse a ser…comentado. El habla es
evanescente, la escritura fija y ata a la dicho. Lo sabemos, lo hemos sufrido.
Platón ya avisó de la indefensión de lo escrito y de los peligros que supone
para la memoria. Decir implica asumir las consecuencias de lo dicho, los
intentos de manipulación, la amenaza de la tergiversación y la sensación de
comprender por qué uno no es entendido. Los pecios son fragmentos de algo cuya
extensión sobrepasa lo dicho. Son picaduras que inoculan en el alma incertidumbre
e inquietud. Si tranquilizan al lector (y escritor), entonces no son pecios. El
carácter sintético del pecio es una estrategia que pluraliza la interpretación
y nutre la voluntad hermenéutica. Abrevia para incitar al lector, resume para
incordiarlo. Un pecio es un vientre embarazado que exige que el lector
participe en el parto. Su provisionalidad no es azarosa, a diferencia de su
contingencia. Su plasmación en la escritura es una de las múltiples formas que
podía haber adoptado. Ni siquiera la más oportuna o correcta. Un pecio es opera
aperta. Su finalidad es suscitar un contrapecio (con o sin trapecio, pues
cada lector tiene su impronta). Si un pecio no es dinamitado, entonces es otra
cosa. Necesita al lector, pues el que lo escribe (no soy un escritor) sabe de
su carácter impreciso e incompleto. Un pecio es la materialización del
escepticismo metodológico, la constatación de la provisionalidad de toda verdad y de la
profanación irreverente de las palabras. Un pecio es un ente móvil que nunca
llega al final del trayecto. Un pecio es un antídoto que actúa contra el veneno que convierte el dolor en sufrimiento.
Y todo ello, sin dejar de constatar en la
escritura del pecio que “Si alguna falta en esta se hallare, os de mi parecer
que fue culpa de su galgo autor, antes que falta del sujeto”.
Tell the truth. Tell me who's been fooling you? Tell the truth. Who's been fooling who?
(Derek & The Dominos)
En el pequeño círculo de lectores
de Luigi Cesare se admite que las notas datan de la época en que los cigarrillos
no tenían filtro y los viajes se realizaban sin GPS. Su relevancia no estriba
en su coherencia o sistematicidad, sino en su singular redacción. Aunque, quizás, piensa un sector minoritario,
no sean más que juegos de palabras sin otra finalidad que forzar los
significados para poner a prueba los significantes. Entre los seguidores de
Cesare, circula la idea de que el anhelo del peciósofo era mostrar la fractura
ontológica sobre la que se erige nuestra idea de que el lenguaje representa la
realidad. Como jamás podremos descifrar las intenciones de nuestro autor,
pasamos a exponer unos extractos de las notas mencionadas para que cada lector
las interprete del modo que considere oportuno.
En un contexto saturado de
paradojas y aporías, de falacias y exabruptos filosóficos, la confusión y la opacidad
son rasgos evidentes del pensamiento. Lo cual no debe ser un obstáculo
epistemológico que invite a la abulia gnoseológica. Es de dominio público que “las
verdades son frágiles y las mentiras útiles”, reza en el frontispicio de la
entrada de una escuela filosófica perdida en el tiempo y nunca mencionada en
los manuales al uso de las diferentes historias del pensamiento que saturan las
bibliotecas de este laberíntico mundo. Otras escuelas sugieren que la
afirmación “las verdades son útiles y frágiles son las mentiras”, goza de una
verosimilitud más consensuada. El sector crítico cesariano vinculado al
pragmatismo propone que el maestro quiso decir que “las fragilidades son
mentirosas y las utilidades verdaderas.” Posición contestada por el grupo contemplatio
vitae que defiende la implacable veracidad de que “las utilidades son
mentirosas y las fragilidades verdaderas”. Sobre la inversión teorética realizada por los
críticos de los utilitaristas se trabajó durante años, hasta que los hermeneutas
del logos concluyeron que las palabras del viejo fumador sólo podían tener una
formulación coherente y exenta de contradicciones en la fórmula: “Las mentiras
son verdades que en su fragilidad encuentran su más efectiva utilidad”.Mientras tanto, en los márgenes de la
academia cesariana se comenta que “hay verdades útiles que no son sino frágiles
mentiras, que hay verdades frágiles que con el tiempo se convierten en mentiras
útiles, que la fragilidad es un concepto superado y que, en definitiva, la historia
transforma la utilidad en verdad y la mentira en algo útil”.
Confieso que, ante tal galimatías
de palabras y desvaríos, solo me apetece contemplarte, leerte un poema, poner
una canción y abrazarte muy fuerte. Y así, mientras nos abrazábamos, logramos
aplastar las verdades frágiles y las mentiras útiles con la certeza de que la piel no miente, y si lo hace, peor para verdad, peor para la mentira. ¿O mejor? No lo sé. Solo digo que si eres fuego, me permitas entrar en tu luz para mirar de frente tu oscuridad.
En el váter es donde leo / Aunque mire a la pared / En el váter se está bien
(Porretas)
A la espera del
correspondiente contrapecio y su poder regenerador de pecios apresurados,
evidencio con más voluntad que arte o ingenio que es el váter un espacio
doméstico donde vivo singulares odiseas. No es un viaje físico la singladura
que implica esta necesidad fisiológica que atañe a toda especie animal con un
sistema digestivo más o menos desarrollado. Es un viaje metafísico, pues no hay
locomoción en la actividad que ejecuto, la más de las veces, de un modo
riguroso, preciso y satisfactorio. En el váter, de repente, la ideas que se
resisten a ser modeladas, adquieren vida, contornos definidos, surgen en mi
mente pertrechadas de la correcta sintaxis y según las implacables leyes de la
gramática, se yerguen estructuradas según la doble dimensión que configura la
articulación del significado y el significante, de la forma y el contenido. Se
presentan como un relámpago. Debo aprehenderlas con rapidez, pues se esfuman
con la misma velocidad que aparecen. Todo ello no es óbice para que el proceso
fisiológico continúe según los cánones establecidos. Hay un cierto isomorfismo
estructural entre la defecación y la producción de ideas. Ambos procesos
comienzan con la nutrición: nos alimentamos con comida o con las ideas que
otros formularon, a través de la ingesta de ciertas sustancias admisibles por
nuestro cuerpo o mediante la lectura y la experiencia. Leer con atención es
como masticar con diligencia y paciencia. Digerimos el alimento como
incorporamos las ideas ajenas a nuestro particular background intelectual. En
el proceso digestivo, de ideas o alimentos, estos son atacados por diferentes
tipos de sustancias (ácidos, enzimas o sales) o por diferentes tipos de
dispositivos incorporados en nuestras estructuras mentales (claves
hermenéuticas, prejuicios, filias y fobias). Una vez que los nutrientes
materiales o eidéticos pasan a nuestros órganos fisiológicos o mentales, las
sustancias de desecho deben ser evacuadas. Por eso, digo, que en el váter vivo
mis más singulares odiseas, una de las cuales es producir ideas.
Hi you, it's time that we began To laugh and cry and cry and laugh about it all again
(Leonard Cohen)
No, no quiero darte. Quiero que
nos demos. No quiero besarte. Quiero que nos besemos. Quiero tu sonrisa porque con
ella se intensifican los sonidos que me encuentro en el camino. Somos carne,
aceptemos nuestras cicatrices. Ellas son el mapa de nuestros sentimientos.
Alguien me enseñó que cada Titanic tiene su Iceberg. Yo aprendí que cada
laberinto, su minotauro; cada Jekyll, su Hyde; y cada Don Quijote, su Sancho
Panza. Cada grandeza, su miseria; cada momento de claridad, su propia
oscuridad. Ahora voy tras la destreza del piloto, la maestría del espadachín,
la templanza del pensador y el coraje de la cordura. Es el momento de sortear
el iceberg, de encarar al minotauro, de atemperar la intensidad de las
pulsiones y de poner molinos donde imaginé gigantes. Pues no basta con localizar
el iceberg, confraternizar con el minotauro, aceptar los excesos o desmitificar
la gigantomaquia. Hay que poner toda la atención y todo el empeño en trazar la estrategia
que, aunque solo sea de un modo provisional, los desactive. Es lo que se me
ocurre para oxigenar el aire envenenado por la cópula de prejuicios y malentendidos
que a veces respiro:
“…la respuesta a la angustia es
la comunicación, la comunidad, el amor, la participación, la poesía, el juego,
todos los valores que constituyen la textura misma de la vida.” (Edgar Morin).
Solvej Balle: El volumen del tiempo III
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*Idioma original:* danés
*Título original:* *Om Udregning af Rumfang, III*
*Traducción:* Victoria Alonso en castellano y Maria Rosich en catalán,
ambos en ...
1977: La música disco funk de Mandré
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En este artículo lo dedicamos a *Michael Andre Lewis *también conocido
com...
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