All we are is dust in the wind

All we are is dust in the wind
No hay que desperdiciar una buena ocasión de quedarse callado (Jorge Drexler: SILENCIO)

A NADIE PRETENDO COMUNICAR CERTEZA ALGUNA. NO LAS TENGO.

A lo sumo alguna conjetura, siempre desde la incertidumbre.

Hace años lo aprendí de Albert Camus. Más tarde, unas palabras de Michel Foucault volvieron a recordármelo: No hay que dejarse seducir por las disyunciones, ni aceptar acríticamente los términos del dilema: o bien se está a favor, o bien se está en contra. Uno puede estar enfrente y de pie.

"La idea de que todo escritor escribe forzosamente sobre sí mismo y se retrata en sus libros es uno de los infantilismos que el romanticismo nos legó...las obras de un hombre trazan a menudo la historia de sus nostalgias o de sus tentaciones, casi nunca su propia historia" (Albert Camus)

http://books.google.es/books?id=GiroehozztMC&pg=PA25&source=gbs_toc_r&cad=4#

PARA QUÉ SIRVE LA FILOSOFÍA. Paco Fernández.


lunes, 4 de mayo de 2026

Rotura de fibras en el isquiotibial (5)

 

 Rotura de fibras en el isquiotibial (5): unas nuevas pinceladas en la acuarela

Es una imagen incombustible (inmarcesible, diría Borges) que pulula por mis lugares comunes en los que se escuchan las palabras de Fernando (Federico Luppi) en aquella entrañable película dirigida por Adolfo Aristarain:

“Las pocas mujeres que conocí en mi vida, las admiré, las observé e intenté descifrarlas…, nunca dejaron de ser un misterio, nunca dejaron de sorprenderme. Creo que lo único importante es disfrutar de su presencia. No me di cuenta enseguida, pero… un tiempito después aprendí a escucharlas, a valorar los silencios, las miradas, esos momentos en los que parece que no pasa nada y pasa un mundo. Aprendí a respetar su intuición, su inteligencia… y aprendí a amarlas”.

Es una imagen que se multiplica por los lugares habituales que me habitan y que habito.

La descubro en los espejos -objetos aberrantes que se nutren de la ignominia de las almas envenenadas (Pessoa)- que me devuelven su rostro cuando soy yo el que se mira;

en la canción de aquel crooner (Tom Waits) que hablaba de un piano ebrio de alcohol y soledad: The piano has been drinking (not me);  

en la portada de un libro de Cortázar en la que no aparece la Maga, sino el juego retórico de la vida que inventa múltiples sentidos en los devaneos pseudointelectuales de los clientes del Cluny;

en algunos versos de Ángel González que la mecen con sus rimas inacabadas:

“Que la pereza deje inacabado / lo destinado a ser perecedero;/que no intervenga el tiempo, / que no tenga materia en que ensañarse;

en la frase que pronuncia el protagonista de la novela negra que estoy leyendo:

“Llevaba el pasado atado como una lata a la cola de un gato, y hasta el menor de los esfuerzos que pudiera hacer por avanzar producía un ensordecedor estrépito a su espalda, un estruendo vergonzoso”;

en las voces amigas que me cobijan cuando la mía se hiela por el efecto de algún infortunio, en la mirada de unos ojos que no son los suyos, en el humo de un cigarrillo elevándose ingrávido hasta confundirse con su ausencia, en la ceniza que se disuelve antes de tocar el suelo, en una carretera mil veces transitada pero que ahora me desconcierta, en el eco que se instala en mi mente al escuchar una voz parecida a la suya, en las teclas del ordenador que se reorganizan para formar su nombre, en la alucinación transparente que invento cuando deambulo sonámbulo por el laberinto de mi existencia, en el sonido casi imperceptible que nace del acto de pasar la página de un libro o el silencio imposible en el que se resuelven todas la dudas: la página que uno lee (Jabès);

en el punto en el que se cruzan las cuatro perspectivas del Cuarteto de Alejandría: Clea, Justine, Balthazar y Mountolive: “Somo hijos de un paisaje”;

en la mirada agradecida de un perro cuando lo acaricio sin las prisas y la urgencia de la vida cotidiana, en las historias de cronopios y famas –de nuevo y siempre Cortázar-, en el silencio de la página que se resiste a mis intentos por desentrañar sus enigmas, en el momento en que mi torpeza me rompió los isquiotibiales al intentar evitar que cayese mi moto, en la arena de la playa que NO he pisado esta mañana, en el mismo viento que nos lleva -que nos llevará a tararear

Je n'ai pas peur de la route, faudrait voir, faut qu'on y goûte, des méandres au creux des reins, et tout ira bien là, le vent nous portera”;

en un avión que desaparece y del que solo me queda la melodía que inventó Toquinho cuando pintó su acuarela: 

“Entre as nuvens vem surgindo um lindo avião rosa e grená, tudo em volta colorindo com suas luzes a piscar”. 

 


 

 

domingo, 3 de mayo de 2026

Rotura de fibras en el isquiotibial (4)

 

 Rotura de fibras en el isquiotibial (4): Catarsis

No discuto el orden de las palabras, ni el orden de las cosas. Discuto la racionalidad a toda costa, la voluntad de análisis, la tiranía de la palabra, la pasión argumentativa...cuando pretende hacer transparente el alma: por naturaleza opaca, laberíntica e inmune a los protocolos establecidos por las leyes, axiomas o teoremas científicos o sociológicos. 

Yo quiero mirarte, pero sólo veo objetos inanimados, cosas inertes, inmóviles, sin vida, pero que, sin duda, me sobrevivirán. Objetos exánimes y por ello casi eternos, mucho más duraderos que la carne en la que habito. 

Yo quiero hablarte y hablo a los objetos inertes, pero los objetos o son mudos o dicen demasiado. Estáticos, los objetos, se dejan mirar, sin protestas ni quejas, los protege su indiferencia ante mis inquietudes, su apatía concentrada en la madera, o en el metal, o en el plástico en que se resuelve su existencia. 

Yo quiero tocarte y mis brazos se pierden tras un velo de ausencia. Me refugio en los objetos: un trozo de papel sobre el que vomito mi soledad o un libro que me vomita la soledad que un día perteneció a otro. 

Y no quiero pensar en mirarte, ni en hablarte, ni en tocarte, porque la melancolía acecha disfrazada de nostalgia. Celebro y desespero de los objetos, tan quietos ellos, tan quietos. 

Y es que en el fondo (y en la superficie) lo real es tan caótico como sublime el intento racional de someterlo a un cierto orden, es decir, de convertirlo en realidad. De ahí mi sorpresa cuando, en ciertas ocasiones, constato que, al llegar a casa, la llave encaja en la cerradura, la sala se ilumina cuando pulso el interruptor o el agua sale al girar el grifo monomando. Entonces, pienso que he domesticado el caos, que el orden se impone. No obstante, mis entrañas se rebelan contra cualquier presunción de proporción, equilibrio o regularidad. Y cuando digo “mis entrañas” estoy diciendo mis sentimientos, mis emociones, mis pasiones, mis deseos y todo el entramado psíquico del que me ha dotado la implacable y despiadada condición humana (Human Nature by Miles Davis)

 


 


sábado, 2 de mayo de 2026

Rotura de fibras en el isquiotibial (3)

 

Rotura de fibras en el isquiotibial (3)

La rotura de fibras de mi isquiotibial de la pierna izquierda ha evolucionado positivamente hasta el punto de permitirme, con precaución, andar unos pasos, los mismos que van del sofá al aseo. En el trayecto -largo, pero no tortuoso camino-, me vino a la cabeza una cita del escritor Milan Stein (que si no recuerdo mal se encuentra en su libro HISTORIA E INCERTIDUMBRE). 

(IDA) 

Transcribo la cita tal y como la recuerdo: "Hay historias que son sueños y sueños concebidos para convertirse en historias. Hay relatos que gravitan sobre la realidad intentando liberarse de su levedad y hay realidades que soportan su pesadez mientras miran ociosas hacia ese lugar imposible donde la vida se encuentra exenta de dolor. Entre el ayer y el mañana, hay un hueco que jamás se satura, pues en él caben todas las palabras, todas las historias y todos los sueños que quepa imaginar. Es el correlato antropológico del Aleph de Borges, es el hoy, el instante fugaz que somos, el presente inmediato cargado de pasado, el momento efímero en el que lanzamos un gran interrogante al futuro. Un interrogante que puede ser un deseo, una mirada, un gesto, o simplemente la posibilidad de rebelarnos contra lo que somos.”

(VUELTA) 

Imagino dicho interrogante como un conjunto finito de puertas cuya apertura o cierre es algo indefinido, pues sus bisagras permiten un movimiento de 360 grados. Son puertas abiertas que ventilan una habitación o una relación, son puertas-huida y puertas-temor, son puertas-inicio y puertas-final, y por supuesto, son puertas a las que no hay que llamar si uno no va bien pertrechado de fortaleza, orgullo y dignidad. Son puertas que dan a otras puertas en una serie infinita que reclama el deseo, como las de una habitación, y otras que lo mutilan: puertas-confesionario o puertas-tentación. Hay puertas que invitan y otras que rechazan la invitación, hay puertas de madera, de hierro, puertas blindadas contra los arrebatos del corazón. Hay puertas que no impiden la travesía del amor, otras, sin embargo, le dan en las narices a Eros y a la madre que lo parió. Hay puertas-mentira que prometen lo que no son y otras puertas-engaño que simulan la felicidad sin escrúpulos ni pudor. Hay puertas que se abren en una esquina de la vida y te esperan sólo a ti, pero, amigo, por ellas no caben dos. Hay, sin embargo, puertas a medida atravesadas por dos, no importa quien las abra, si la honestidad preside el camino y el compromiso no aplasta la individualidad. Hay tantas puertas que ya me aburre esta estúpida taxonomía, así que lanzo al aire una petición: que las puertas que nos quedan por abrir sean, al menos, puertas-lanzadera hacia ese futuro incierto al que el poeta llamó “esa vieja roca muda” que tan mal se lleva con la providencia, la fortuna, el destino o la salvación.