Interioridad/exterioridad
(dermis y epidermis)
de la palabra poética
El sol nos olvidó ayer sobre la arena
Nos envolvió el rumor suave del mar
Tu cuerpo me dio calor
Tenía frío
Y allí, en la arena
Entre los dos nació este poema
Este pobre poema de amor
Para ti
(Joan Manuel Serrat)
No hay profundidad en la palabra poética. En ella todo es superficie, epidermis en contacto con el mundo. No hay interior en la palabra poética. En ella todo es exterior. No hay en la palabra poética más de lo que ella dice. No hay un sentido primero, un primer significado que quepa desvelar. La palabra poética no es un jeroglífico ni un enigma. Todo lo que dice lo expresa en su inmediato significante. Lo demás, el estremecimiento que recorre nuestro cuerpo ante la evidencia de un verso, el repliegue del alma sobre sí misma ante la inmediatez del poema, la nostalgia que proyecta una rima o la melancolía que transmite una metáfora, eso es y no es parte del poema. Muestra sobre todo la secreta y mágica complicidad que establecemos con la palabra poética. No hay profundidad en la palabra poética. Ella es toda epidermis, superficie heterogénea donde el sentimiento juega con el lenguaje para dislocarlo, para conjugar la expresión y el sentido con la experiencia estética y moral que el poeta tiene de sí mismo. Un sí mismo que nada es sin la presencia del otro en su radical alteridad. El poeta, al hablar de sí mismo, habla también de ti, de mí, de nosotros, de vosotros, de ellos.
Interior de un verso que todo es exterior, como la piel. Dos versos que se cruzan en la intersección de dos rimas solitarias. Digo "yo", digo "tú", algo en el poema dice "nosotros". Somos líneas de fuerzas que se citan, se olvidan y se recuerdan, se afirman y se niegan, se atraen y se repelen. Tú, yo, nosotros: son más de dos. Tú, yo, nosotros y ellos, no son cuatro, son más de seis. Interior de una vida en la que todo es exterior, como la piel. Yo soy otro, yo soy dos o más. Quizás, tú también; y ya somos cuatro. En este baile de dobles y triples, Jekyll y Hyde sonríen mientras contemplan esta esquizofrenia orgiástica para la cual no se ha inventado guion o letra que la escenifique o la cante. Sólo un piano ebrio de soledad sabe que la vida no es un relato. La continuidad la pone la memoria. Yo lo aprendí en la música de Jarret, de Evans, de Powell, de Ellington, de Monk: si se renuncia a la tragedia buscando una solución salvífica, sólo queda la comedia.