Iceberg
Hi you, it's time that we began
To laugh and cry and cry and laugh about it all again
(Leonard Cohen)
No, no quiero darte. Quiero que nos demos. No quiero besarte. Quiero que nos besemos. Quiero tu sonrisa porque con ella se intensifican los sonidos que me encuentro en el camino. Somos carne, aceptemos nuestras cicatrices. Ellas son el mapa de nuestros sentimientos. Alguien me enseñó que cada Titanic tiene su Iceberg. Yo aprendí que cada laberinto, su minotauro; cada Jekyll, su Hyde; y cada Don Quijote, su Sancho Panza. Cada grandeza, su miseria; cada momento de claridad, su propia oscuridad. Ahora voy tras la destreza del piloto, la maestría del espadachín, la templanza del pensador y el coraje de la cordura. Es el momento de sortear el iceberg, de encarar al minotauro, de atemperar la intensidad de las pulsiones y de poner molinos donde imaginé gigantes. Pues no basta con localizar el iceberg, confraternizar con el minotauro, aceptar los excesos o desmitificar la gigantomaquia. Hay que poner toda la atención y todo el empeño en trazar la estrategia que, aunque solo sea de un modo provisional, los desactive. Es lo que se me ocurre para oxigenar el aire envenenado por la cópula de prejuicios y malentendidos que a veces respiro:
“…la respuesta a la angustia es la comunicación, la comunidad, el amor, la participación, la poesía, el juego, todos los valores que constituyen la textura misma de la vida.” (Edgar Morin).

