No hay que desperdiciar una buena ocasión de quedarse callado (Jorge Drexler: SILENCIO)
A NADIE PRETENDO COMUNICAR CERTEZA ALGUNA. NO LAS TENGO.
A lo sumo alguna conjetura, siempre desde la incertidumbre.
Hace años lo aprendí de Albert Camus. Más tarde, unas palabras de Michel Foucault volvieron a recordármelo: No hay que dejarse seducir por las disyunciones, ni aceptar acríticamente los términos del dilema: o bien se está a favor, o bien se está en contra. Uno puede estar enfrente y de pie.
"La idea de que todo escritor escribe forzosamente sobre sí mismo y se retrata en sus libros es uno de los infantilismos que el romanticismo nos legó...las obras de un hombre trazan a menudo la historia de sus nostalgias o de sus tentaciones, casi nunca su propia historia" (Albert Camus)
El blues no se trata solo del
dolor, sino de superarlo.
(B. B. King)
La piel del blues brota de
un juego de cuatro compases, piel negra sobre una melodía que arrastra un grito
a lo largo del mástil de una guitarra, o piel blanca nutriéndose de las notas
que han viajado desde New Orleans hasta Europa. Voz negra colgada de una
trompeta o un trombón que han pactado con el diablo en un cruce de caminos, o
voz blanca recreando el movimiento de los viejos bluesmen de Congo Square. El
blues no tiene color, como la piel, aunque a veces es azul como la alegría y la
tristeza. Piel negra que no es negra, piel blanca que no es blanca; y, sin
embargo, ¿por qué le ponemos un nombre a la piel que no tiene color? Piel
blanca o piel negra, qué más da, ni negritud ni blanquitud, la música no tiene color.
El blues se conjuga a partir de la luz que irradia un miriágono polícromo de rimas
y ritmos en los que la textura de la música se cita con el tono de las palabras
y la sensibilidad estética del intérprete.
The Blues White Album recoge la particular
visión de una serie de bluesmen de los temas clásicos del White Album de The Beatles. De
entre los músicos que han participado en este proyecto podríamos
destacar a Kenny Neal, Lucky Peterson, Joe Louis Walker o Jimmy Thackery, entre
otros.
Voy a parar en el camino
Y en lo que dura un cigarrito
Voy a pensar en estos años
Todo lo que ha pasado
(Platero y tú)
Me levanto cada día con la idea de dejar de fumar. Pero las
ideas no cambian el mundo y mucho menos mi vicio persistente (aunque no es
menos cierto que sin ideas no puede realizarse ningún tipo de cambio). Me
gustaría que llegase ese momento en el que echase de menos el
tiempo-cigarrillo, el que agota los últimos segundos de un encuentro, el que
paradójicamente anuncia ya una ausencia. El tiempo-cigarrillo, dividido en
tiempos-calada y en tiempos inspiración-espiración, es también tiempo-ceniza,
porción grisácea de una solidez aparente, siempre cayendo tras los equilibrios
que previamente ha mantenido para evitar desprenderse del cilindro de alquitrán
y nicotina del que procede: metamorfosis de la materia generando la ilusión que
dota de continuidad a nuestros actos, a nuestras vivencias, a nuestros sueños.
El tiempo-cigarrillo conjuga la caída de la ceniza y el ascenso del humo, sutil
diagrama en el que se citan cada día la memoria y el olvido. No obstante, me
levanto cada día con la idea de dejar de fumar y que llegue ese momento en que
el cigarrillo sea solo un recuerdo.
Soy un diletante
de la escritura, a pesar de que algún que otro amigo se empeña en otorgar a mis
palabras más valor que el que realmente tienen. Hace veintidós años escribí:
“Tengo cuarenta años y me siento habitado por múltiples formas de mí mismo, no
todas ellas compatibles entre sí”. Nada ha cambiado, quizás las formas, no la
incompatibilidad entre ellas. Nada ha cambiado, mis “formas” libran un combate
permanente e interminable que incluye alguna que otra tregua impuesta más por
agotamiento o extenuación que por acuerdo o consenso. Tiendo a pensar que mi
vida es un poliedro de infinitos vértices de ficción, irreductibles entre sí,
pero íntimamente conectados. Inicio el trayecto de la introspección y vislumbro
una idea con pretensiones de certeza: si digo “yo”, está el yo que se dice y
está quien dice “yo”. Parece que somos dos en uno, como ciertos productos
útiles en la cocina o ciertas ofertas del Carrefour.Nos parecemos, es cierto. Hemos recorrido,
sin separarnos ni un solo instante el laberinto de una existencia única e
irrepetible. Y, sin embargo, él va y viene como un relámpago entre los azares
que lo impulsan y las necesidades contra las que se afirma. Yo voy con él, en
ocasiones dejándome llevar, otras zozobrando inquieto en el proceloso mar de sus
aciertos y errores. Él ama el movimiento, los horizontes imposibles y las metas
inalcanzables. Desde hace mucho tiempo me impuse la tarea de fijar metas menos
imposibles y horizontes más definidos, de invitarle a descansar si se
encontraba fatigado y trazar los signos que su mano no concibe porque su
escritura no se plasma sino en las huellas que su paso por la vida va dejando
en cada lugar que frecuenta o sueña. Él afirma que somos islas en la
imaginación de los otros, que la soledad constituye nuestra esencia más íntima
y que los demás no son más que extraños archipiélagos que forja nuestra
imaginación. Piensa que sólo es admirable moralmente aquel que asume su radical
alteridad y su incapacidad para decir-se a los demás. Él sabe que sólo la
propia piel conoce aquello que le acontece. Prisionero de un solipsismo que no
transige con las ficciones de la vida cotidiana vive encerrado en su círculo de
certezas, el cual no precisa de ningún dios que lo libere de sí mismo. Él es
pura naturaleza y yo intento frenar su ímpetu con ciertas dosis de sentido
común, alguna llamada a la moral del equilibrio y de la moderación y, sin
asustarlo demasiado, con detalladas descripciones de los peligros que conlleva
su innato instinto de transgresión.
Porque el blues es dinamita, nena, que explota en mis venas
(Bluesfalos)
Quizás sea el principio de una
serie de pecios motivados por un feliz acontecimiento: un libro (RUTA 61, UN
VIAJE SONORO SIGUIENDO EL MISISIPI) que me regaló mi amigo, el etimólogo y contrapecista
Antonio Lorente. He aquí el primero, espero que no sea el último.
Imagino tu casa que no conozco y
la mía que siempre está más allá de donde alcanza tu mirada, la revolución
soñada que ya ni siquiera es deseable, los de siempre con sus canalladas que
miran con desprecio a los de siempre con sus desdichas, la sensación de no
tener respuestas y la certeza de que las preguntas están mal formuladas, el
ocaso de la simpleza y el crepúsculo de la ramplonería de los que reducen la
policromía de este pluriverso a un aburrido en blanco y negro, el valor de no
utilizar las armas, la ingenuidad de seguir creyendo en las palabras. Porque
hay días y hay noches en las que la tristeza se adueña de las calles, en las
que el ritmo del blues se arrastra por sus aceras y va dejando un reguero de
lágrimas sin ojos y de sollozos de quiméricas desesperanzas en las que el tedio
impregna las plazas y un cierto hastío tiñe de languidez las piedras y las
almas. Hay noches en las que uno se
puede encontrar con el rostro desnudo de la indiferencia, con la aséptica
mirada de una mujer que cree haber llegado al cielo, con el rumor insoportable
de una calle sin gente y sin ruido. Entonces, los cronopios, que saben hasta
nuestros más secretos pensamientos, bailan la danza del BLUES en el interior
de nuestros cuerpos, los nutren de nuevos sueños y otorgan un nuevo sentido a
nuestros besos.
Y si te vas, me voy por los tejados Como un gato sin dueño Perdido en el pañuelo de amargura Que empaña sin mancharla tu hermosura Y cuando vuelves hay fiesta en la cocina Y baile sin orquesta Y ramos de rosas, con espinas Pero dos no es igual que uno más uno
(Joaquín Sabina)
Qué decir de la
extravagancia de ciertas expresiones de uso cotidiano. Por ejemplo, “te quiero”.
No se ciñe al paradigma comunicativo de transmisión de ideas, ni se limita a
informar de un determinado sentimiento. Su significado es ambiguo: ni siquiera
quien quiere sabe exactamente cómo quiere. ¿Quiere? ¿Qué quiere? Quien quiere,
quiere como quiere o puede o sabe o cree querer. No obstante, creemos entender
qué nos quiere decir quien nos dice “te quiero” y creemos saber qué queremos
decir cuando decimos “te quiero”. Digo que suponemos un significado general que
comparten tanto el emisor como el receptor, digo que si no fuese así no
llegaríamos a emocionarnos cuando somos aquellos a quien va dirigida tal
expresión. Intentemos un acercamiento matemático y digamos que la expresión “te
quiero” es inteligible porque supone la intersección entre dos formas de interpretarla:
la del emisor y la del receptor. Dicho conjunto intersección se definiría como
el conjunto de ideas o creencias que emisor y receptor tienen con respecto a la
citada expresión. El planteamiento exige la introducción de un tercer elemento:
el hermeneuta, un observador externo que examina el contenido del conjunto
resultante de la intersección y sabe qué entiende y cómo quiere cuando quiere
el emisor y cómo quiere el receptor cuando quiere. Y debe, además, en virtud de
su honestidad intelectual, no permitir que su singular modo de entender la
expresión perturbe el proceso cognitivo en el que asume un papel activo.
Constatamos que nuestra estrategia ha duplicado el problema al convertir el
segmento cuyos extremos eran un emisor y un receptor en un triángulo en el que
uno de sus vértices es el propio hermeneuta. ¡Qué extraños nudos forman las
palabras y la expresión de los sentimientos! ¡Qué vanos intentos de encontrar
un sentido a este laberinto sin salida en el que olvidamos cuando entramos y en
el que no disponemos de mapa alguno para orientarnos!
Imagino un lugar en el mar donde
se encuentran instalados toda suerte de pecios venidos de todos los lugares del
mundo, de todas las personas que han ido dejando jirones de su espíritu sin
saber adónde los llevaba el tiempo. Imagino un lugar llamado Criptoamnesia por
el que pululan personajes de todo tipo. Unos fingen leer el periódico (en Criptoamnesia
siguen existiendo los diarios en papel) para olvidarse de sí mismos. Otros,
para olvidarse del mundo. El periódico, entre tanto, va y bien, de la barra a
cualquier mesa, del suelo a una silla que ha quedado vacía, alguien lo ha pisado,
un tipo lo recoge, lo sacude, lo hojea intentado evitar las machas de café y la
ceniza adherida a sus páginas. El periódico es un especialista del tacto, lo
tocan, lo doblan, unas veces con suavidad, como cuando se acaricia el rostro de
una mujer, otras, lo hacen con violencia, como si fuese el responsable de las
malas noticias que contiene. El periódico es dócil, se deja manipular sin
exigencias ni condiciones. Miro los titulares sin prestar demasiada atención.
Una pareja llama mi atención. Se besan apasionadamente sin importarle la mirada
del resto de la clientela. El beso sella una alianza, se expande en el aire,
nada puede detenerlo salvo la tristeza del tipo solitario que busca en su
memoria la pregunta informulable. Detecta en el aire un signo de ausencia, una
falta, un vacío que debería estar ocupado. No es el placer ni la dicha, es el
rayo que no cesa, la persistencia de una inefable inquietud, aquella que nos
hizo ser expulsados del paraíso y que jamás nos permitirá volver a él. Que el
paraíso nunca haya existido no es una objeción a esta última afirmación. Me
tomo la licencia de finalizar este pecio apresurado con una cita de Borges: “Un
hombre se propone la tarea de dibujar el mundo. A lo largo de los años puebla
un espacio con imágenes de provincias, de reinos, de montañas, de bahías, de
naves, de islas, de peces, de habitaciones, de instrumentos, de astros, de
caballo y de personas. Poco antes de morir, descubre que ese paciente laberinto
de líneas traza la imagen de su cara”.
Las cosas del interior o del exterior, vaya a
usted a saber qué…
Eh! amigo como estás esta mañana Recuerdas algo de lo que te Ocurrió ayer Ya se que no te importa.....
En tus labios brilla una sonrisa Que penetra en lo más hondo De mi ser Ya sé que no te importa Tú tienes que seguir Tú debes conseguir Que nada te ate aquí
(Triana)
Había pensado titular este pecio “La
experiencia interior”. Pero, entonces, me acordé de un viejo libro de filosofía
de G. Bataille así intitulado. Y también me acordé de que no me sumo a la lista
de individuos que se han empeñado en hacer una "experiencia" de cualquier acontecimiento de su
vida: “Fue toda una experiencia”, dicen algunos de mis
conocidos para disfrazar lo cotidiano de trascendental.
A veces me río frente al espejo cuando
contemplo el espectáculo protagonizado por mis Jekyll y Hyde particulares. Me
río de mi mismo, de la comicidad que encierran sus encuentros o desencuentros. Otras
veces, me pongo más serio, sobre todo, cuando en el fragor de la batalla
perenne que libran desde que me conozco, se empeñan en convertir la
representación cómica en una tragedia (o un drama, que es peor). Es una lucha
constante entre lo que los psicoanalistas han llamado el conflicto entre el “ello”
y el “superyo”, aunque admite otras denominaciones: razón-emoción, ser-deber,
placer-realidad…Estas cruentas batallas necesitan una tregua que suelen adoptar
cuando deciden rendirse al poder seductor del arte, la literatura o la música. Es
el problema de la condición humana: su estructura trinitaria y la extraña y
singular red de relaciones que se establecen entre sus elementos. El momento
más delicado se muestra cuando uno se convierte en enemigo de sí mismo, o más
bien de ciertas formas de pensar o hacer que desearía desterrar para siempre de
su vida. Alterno entonces momentos en los que celebro la victoria con otros en
los que me resulta casi imposible sucumbir a la tentación de asumir la derrota.
Es entonces cuando afortunadamente interviene la risa. Y así, entre carcajadas
pongo un poco de humor (necesario) en la tragicomedia que protagonizan mi
trinidad. Me convenzo de que es ineludible aceptar que la lucha será constante,
que cada día debo iniciar la batalla, que es posible un armisticio provisional
pero nunca definitivo. Es cuando comprendo la importancia de que existas,
presente o ausente, eres mi arma más útil. Saberte cerca o lejos es el anuncio
de que hay fundadas razones para pensar, si no en una victoria -pues no hay
nada ni nadie a quien derrotar-, sí en una eventual tregua que aplaque los
ánimos de los contendientes. Y todo ello sin olvidar que somos los sueños que anidan
en nuestra imaginación y las olas de realidad que rompen implacables contra las
rocas de nuestra identidad. El resultado no puede ser otro que la imposibilidad
de evitar el naufragio y la probabilidad de salvar a la tripulación. En definitiva,
el barco es lo de menos. Mientras tanto seguimos tentando a la suerte o al azar
o a lo imprevisto o a lo incierto en esta sucesión de puertos en los que dejamos
y recogemos “tiempo” para nutrir nuestra vida. Sé que la vida no es un trozo de
tierra bañado por el mar, así que lo invento para embriagarme de sal: prefiero
la piel salada a la piel dulce (cosa que no tiene nada que ver con la prediabetes).
Hyde: ¿Podría ser que tuviesen razón los
otros, es decir, los idiotas, los locos, los duros de mollera...todos aquéllos
a los que consideramos personas no razonables? ¿No podría ser que en definitiva
lo único que hacen los cuerdos es inventar explicaciones razonables para
justificar sus locuras, sus desórdenes, sus imposturas…? ¿O no es acaso una
locura para los cuerdos ser excesivamente razonables? ¿No acecha la amenaza de
la locura a aquéllos que han llegado a adquirir una forma extrema de lucidez?
Jekyll: si no estamos dispuestos a ser
excesivamente razonables, porque eso sería un modo de volvernos locos, y no
pretendemos vivir sumidos en la locura, sino más bien sostenernos sobre una
prudente racionalidad que ejerza un cierto control sobre nuestros desvaríos,
entonces...entre la locura y la cordura debe existir un espacio… (complete usted
la frase).
Give me back my broken night My mirrored room, my secret life
(Leonard Cohen)
Aquí no hay grito que no sea
escuchado ni lamento que no sea atendido. Como se merecen ser escuchados
ciertos gritos y atendidos ciertos lamentos. Aquí no hay lugar para el
desprecio, a lo sumo se ejerce cierto desdén con quien se lo merece. Aquí el
valor no se identifica con la utilidad mercantil del valor de cambio. Aquí nada
hay para llevar, nada para traer. Aquí nos basta con gozar de la camaradería y
la lealtad. Aquí ejercemos el examen de conciencia, pero sin el dolor de los
pecados ni el propósito de enmienda. No obstante, vivo confortablemente
instalado en el colchón que he adquirido con mi sueldo de clase media. Mis expectativas
ya no tienen nombre, pues acumulo demasiado pasado como para poder imaginar el
futuro. He adquirido, casi sin darme cuenta, la facultad de soñar de modo
deficitario. Antaño imaginé una Tierra de Nadie, ahora vivo perfectamente
acomodado en la Tierra de Todos. Ayer me emocionaba leyendo las diferentes Ítacas
de Cavafis, hoy me encojo ante los riesgos de los viajes sin motivo o propósito.
Antes recorría poéticamente las rayuelianas calles del París de Cortázar, hoy necesito
sentir que los trayectos están rigurosamente organizados. Ahora, me pierdo, con
Justine, en la Alejandría de Durrell, mientras echo hacia atrás el sillón
orejero que me protege de los imprevistos derivados del azar indomable que rige
la vida. Burgués de clase media, con pensión fija, juego a ser poeta o
peciósofo. Me empeño en ser yo mismo mientras vivo en la ficción las vidas de
otros.
Sábado en la noche
Ya cobré
Tengo mi dinero yo me lo gané
Mi madre me dice
Ven y quédate
Pero es sábado a la noche
Qué puedo hacer
La sacaré por ahí
La invitaré a salir
A recorrer la
Ciudad como yo soñé
(Moris)
Lo que sigue es una
burda copia, un torpe plagio de un capítulo de un libro del que no recuerdo su
nombre ni su autor. El título no ha podido escapar a la ramplonería del peciósofo,
a su escasez de ideas y a su falta de originalidad. Con todo, aquí están mis
conversaciones mediatizadas con Fan-Fan. Son conversaciones de hace bastantes
años, pues hace ya un tiempo que dejamos de hablar, al menos como lo hacíamos
antes.
Lo conozco de toda la
vida. Yo lo llamo fan-fan. Convivimos en una no siempre fácil armonía. Él se
empeña en seguir sin recato los mandamientos de su instintiva naturaleza, yo le
impongo una cierta disciplina que en ocasiones le disgusta. Normalmente,
responde con alegría y solidez a los imperativos de las grandes ocasiones,
aunque acudió algo despistado a alguna que otra cita. Le fascina el cielo, las
nubes, y sobre todo las altas montañas. Pero lo que en realidad ansía es la
boca que no habla, conversar con su sonrisa y hacer estallar en ella una gran
carcajada.
Me gusta su nombre, así
decidí llamarlo un día o una noche: Fan-Fan. Fan de fantástico, casi siempre
una aspiración más que una realidad. Fan de fantasioso, en ocasiones. Fan, de
fantasma, las menos (o según otros, las más). Fan-Fan es algo narcisista, no
soporta ser ignorado. Hay quien dice, pero solo es un rumor, que su puesta en
escena es excepcional, grandiosa, de una elocuencia digna de los oradores
griegos o romanos. Y hay quien opina que no hay que exagerar, que su arte
arroja resultados, en el mejor de los casos, satisfactorios. Su presunta
excelencia, insisten, no es más que la máscara de su grandilocuencia.
Fan-fan, nombre
duplicado, repetición insondable que suena a banda de trompetas y trombones
festejando el lúdico y dionisíaco rito de los cantos himeneos. Fan-fan es un
devoto de la danza ditirámbica, del jolgorio de la carne a la que alimenta con
néctar y ambrosía. Fiel servidor del placer de tus sentidos se yergue ante tu
perfecta anatomía, ante la tremenda arquitectónica de tu cuerpo perfecto.
Domani puoi dimenticare, domani, sì Ma adesso, adesso dimmi di sì
(Lucio Battisti)
La literatura es
la tecnología biomédica capaz de revitalizar las palabras muertas que yacen en
los diccionarios. Les otorga una nueva vida frente al Tiempo y a la Historia.
“Nadie”
fue la respuesta de Ulises al grito interrogador del Cíclope. El viajero Odiseo
tuvo que ser Nadie para poder seguir siendo él mismo, para escapar mediante su
treta de la furia del Cíclope. Ulises le ganó la partida al Cíclope y al
tiempo. A su llegada a Ítaca, arrodillado sobre la arena de la playa, la mirada
de Ulises no se dirige hacia la casa donde Penélope teje pacientemente el
tiempo que la separa de su amado Odioseo, sino que sus ojos apuntan hacia el
horizonte que ha dejado atrás, al mar que lo convirtió en un aliado del tiempo
navegando todos esos mares y todas esas tierras de nadie. Ítaca es el final del
viaje, Ulises lo sabe, y allí, de rodillas, escenifica su rendición. También el
héroe homérico sucumbió a la implacable tiranía del tiempo. El tiempo es un
solitario que excluye la complicidad, que quiere ser solo duración y transcurrir,
que no se deja seducir por los plañideros lamentos de las almas temerosas
cuando les invade la conciencia de la finitud, la certeza de que un día habrá
un final. El tiempo es inhumano y por ello nos atañe, nos reclama, nos seduce
con sus falsas promesas. El tiempo consolida la única certeza: toda queja está condenada a
perderse en el vacío del silencio y en el frío de la nada. Conscientes de
nuestra caducidad, le hacemos el juego al tiempo, le bailamos el agua, para
burlar sus categóricosimperativos
mientras inventamos instantes preñados de vida, amor y canciones.
Conflictos y malentendidos sentimentales o de otra índole
La cobardía es asunto De los hombres, no de los amantes Los amores cobardes no llegan a amores Ni a historias, se quedan allí Ni el recuerdo los puede salvar Ni el mejor orador conjugar
(Silvio Rodríguez)
Un nuevo conflicto o tiempo denso de dolor, de rabia que aprieta con fuerza
las mandíbulas, de grietas en el cuerpo que gritan hacia dentro. Conflictos o
momentos de paréntesis, vacíos, y más grietas por las que se escapa la alegría.
Un nuevo conflicto, ristras de palabras que chocan unas con otras para generar
más y más bullicio. Sube el volumen de las voces hasta convertir el sonido en
ruido, aumenta la intensidad de los gestos para transformar la conversación en
una batalla por la razón (o la sinrazón). Y todo ello a pesar de que sabemos
que muy pocos conflictos tienen su origen en la realidad o en los hechos. El
detonante suele ser que distorsionamos la realidad y la malinterpretamos. A
veces, por pereza, otras por desidia, por no citar nuestra devoción por el orgullo
o la soberbia. La mayoría de los conflictos se diluirían si fuésemos lo
suficientemente escépticos para examinarlos con un mínimo de honestidad, con un
mínimo de libertad. Liberarnos, aunque sea solo por un momento, de nuestros
prejuicios y hábitos hermenéuticos, puede ser el principio, como decía Bogart
en la famosa película que todos conocemos, de una gran amistad (o de lo que
sea...). Los conflictos tienen una dimensión cuántica que excluye términos como
destino, inexorable, indefectible o determinismo. En un conflicto no podemos
describir el estado existencial de un ser humano. Si identificamos su
“verdadero ser”, se nos escapan sus apariencias. Si fijamos sus
manifestaciones, nos enredamos en los malentendidos con respecto a su esencia.
En definitiva, los seres humanos somos tan azarosos como las partículas
elementales. Y, en ocasiones, tan negativos como algunas de ellas. Por ejemplo,
los electrones. Ellos describen órbitas alrededor del núcleo de protones y
neutrones; nosotros trazamos elipses en torno a un tema o cuestión que no
podemos sacar de nuestra cabeza. Los electrones difícilmente abandonan su
órbita, nosotros casi nunca salimos de nuestros singulares laberintos
emocionales.
No obstante, lo peor no son los conflictos, sino su ausencia: éxtasis de
la inanidad, éxito de la futilidad…hastío, abulia. Una pregunta, una respuesta
directa, un nudo en el estómago o un gato que araña en el pecho, silencio
alternándose con comentarios “a trompicones”, cuando no balbuceos, dificultad
de expresar lo que no se acaba de organizar lógicamente en la mente, palabras
que se colapsan antes de ser pronunciadas, pensamientos que huyen cuando se
creía tenerlos atrapados, temor, quizás, a no decir la palabra precisa, en
definitiva, cautivos de la amenaza del lenguaje...nos perdemos...en el
malentendido que surge entre aquéllos que tienen la certeza de haber llegado a
entenderse pero comprenden que no deben ceder a los arrebatos de la inocencia, que
la lucidez es una buena herramienta para la supervivencia.
Y en verdad te digo, sin ningún tipo de ironía o sarcasmo, que sí, que
tienes razón cuando afirmas que me refugio en la hipótesis más pragmática. Y
aunque no sé si tienes o no razón, sé que la tienes, porque no puede ser,
aunque lo sea, casi siempre o en la mayoría de las ocasiones, que te eche de
menos y los cigarrillos no sean humo apasionado y el whisky no se sirva en un
vaso bajo. Y que persista en el malentendido prolongando el conflicto, tomando
la causa por el efecto y a la inversa, poniendo después lo que debería venir
primero. Y yerro al pensar que en el principio fue la nostalgia y a
continuación vino el verbo. Que para eso estás tú, para restaurar de nuevo el
orden natural de la secuencia de eventos que mi alma tergiversa, para expresar
de un modo siempre acertado y nunca inoportuno que primero fue el verbo y
después la nostalgia. Porque en caso contrario, todo sería más difícil y me
ahogaría en el magma incandescente que emana de los verbos y de la sintaxis que
desatan lo que une la gramática.
Así que más allá o más acá de la socarronería del último párrafo, me
pregunto: ¿Cómo salir indemnes de este laberinto que transitamos cuando nos
empeñamos en seguir instalados en el malentendido de pretender ser nosotros
mismos mientras jugamos a ser otros? Siempre nos acecha el minotauro, un
trasunto de nosotros mismos que refleja nuestras miserias y grandezas. Y en
este devenir incesante, ocurre que cuando intentamos trazar, con mano firme, la
línea que une la vida con lo instituido y normalizado, entonces las manos se
rebelan y los dedos se caen justo allí donde nace un verso o se principia una
rima.
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