No hay que desperdiciar una buena ocasión de quedarse callado (Jorge Drexler: SILENCIO)
A NADIE PRETENDO COMUNICAR CERTEZA ALGUNA. NO LAS TENGO.
A lo sumo alguna conjetura, siempre desde la incertidumbre.
Hace años lo aprendí de Albert Camus. Más tarde, unas palabras de Michel Foucault volvieron a recordármelo: No hay que dejarse seducir por las disyunciones, ni aceptar acríticamente los términos del dilema: o bien se está a favor, o bien se está en contra. Uno puede estar enfrente y de pie.
"La idea de que todo escritor escribe forzosamente sobre sí mismo y se retrata en sus libros es uno de los infantilismos que el romanticismo nos legó...las obras de un hombre trazan a menudo la historia de sus nostalgias o de sus tentaciones, casi nunca su propia historia" (Albert Camus)
When you're down and troubled And you need a helping hand And nothing, nothing is going right Close your eyes and think of me And soon I will be there To brighten up even your darkest night
(Carole King)
A diferencia de eros, Philia exige la reciprocidad en el
trato. Eros puede ser unidireccional: existe el amante que no es correspondido
por el amado. Philia exige el reconocimiento mutuo de que se está ahí, en un
escenario de buena voluntad y reconocimiento mutuos. Hay quien dice que no
debemos confundir eros y Philia porque esta podría ser enunciada con la fórmula
simplificada: amor sin deseo. Nunca he amado a los colectivos ni a las
abstracciones. Mi capacidad amatoria es muy limitada. Se reduce a ciertas
personas que emiten una luz que agradezco y comparto. Ni la patria, ni la
música, ni los pueblos, ni la humanidad…suscitan en mí el más mínimo afecto. Ni
abstracciones ni colectivos. Solo personas con nombre y apellidos (y algún que otro animal). Las
abstracciones y los colectivos no son amistosos. No admiten la reciprocidad en
el trato. Solo las personas, algunas personas, pueden lograr la feliz
conjunción entre Philia y Eros. ¿Una perogrullada? Puede ser.
Cuéntale a tu corazón Que existe siempre una razón Escondida en cada gesto Del derecho y del revés Uno solo es lo que es Y anda siempre con lo puesto Nunca es triste la verdad Lo que no tiene es remedio
(Joan Manuel Serrat)
Existen configuraciones
trinitarias que emparentan lo divino y lo humano. Cada ser humano es uno y
trino. Aunque se den en UNO, una cosa es la persona y otra el personaje. Y además
está la imagen que provocamos en los otros. Y van tres. Persona y personaje
interactúan, remiten el uno al otro, se complementan, se enfrentan, se odian,
se aman, se manipulan, pero no se confunden. No es insólito que se confunda la
imagen con la persona o con el personaje. Hay un cierto control de la persona
sobre el personaje y un cierto influjo del personaje sobre la persona.
Personaje y persona forman un compuesto (sínolon), una unidad que, al igual que
la materia (hylé) y la forma (morphé) aristotélicas, son separables
epistemológicamente pero no ontológicamente. Por mucha atención que pongamos en
configurar la imagen que los otros tienen de nosotros, hay aspectos o elementos
que escapan a nuestro control. Es un juego de presencias y ausencias. El
personaje escapa al control de la persona, la persona presenta aspectos
desconocidos para el personaje, y ambos, persona y personaje, se muestran, a
veces, perplejos ante la imagen que vomitan los otros. Todos ellos son reales y
se ubican en el mismo nivel ontológico. Ninguno es más auténtico o verdadero
que el otro. Es una cuestión de perspectiva. La máscara del personaje no es
menos sincera (o mendaz) que el presunto rostro auténtico de la persona. El
personaje es tan complejo como la persona y la imagen se nutre de la percepción
del otro, que la genera con un grado de complejidad no menor que sus
referencias. Hay tantas imágenes como personas que nos miran y esa mirada
influye tanto en el personaje como en la persona. No hay rostro verdadero,
esencia que descubrir o yo interior que desvelar. En el contexto de la
dialéctica apariencia/realidad, que conjuga ideas, miedos, contradicción,
deseos…persona, personaje e imagen se retroalimentan.
DIGO “yo” y creo que he fijado la
solidez de lo que soy en una palabra, olvidando el carácter fetichista del
lenguaje. La metáfora espacial del yo recoge el rédito que le proporciona su circulación en el mercado de las ideas y los desvaríos. Se habla de un yo exterior (ego), superficial, máscara de nuestro ser social alimentado por convenciones y protocolos. Y se habla de un yo interior, profundo, verdadero, solo accesible a la aletheia fruto de la introspección. Como si este “yo” (o yoes) que se me impone e impongo no fuese más que una ficción
que inventa la noche y sus sombras, las que gritan y las que callan, las que
esperan y las que sellan pactos o alianzas con la memoria y el olvido, la
realidad y la ficción, la inmediatez del presente y la incertidumbre del
futuro. Ficción que no cesa de interrogar a un interlocutor ausente. La
respuesta que no llega, apurada la copa, nos marchamos o nos echan de una realidad
que se evapora, de un drama irresoluble o una comedia con visos de tragedia.
Eso sí, hay ocasiones en que la alegría se sirve en un vaso bajo con dos
cubitos de hielo -recuerdos del DYC cuando nos bebíamos la vida, aunque la copa
estuviese vacía. Ficción resuelta en el imponderable azar y en la radical contingencia:
invisible presencia e implacable ausencia. Decimos yo como si fuésemos inmunes a
su disolución en los ojos de la mujer que amamos, del amigo con quien
confraternizamos o del desconocido que aceptó sin violencia la moneda que dejamos
caer sobre su miseria. Ficción que se proyecta sobre las delebles huellas
inscritas en esa extraña gramática de la existencia que se alimenta de los ecos
definidos por la conjunción de las expectativas, los deseos y las renuncias. Nuestro
alimento es lo cotidiano, el detalle, el momento, el instante…aquello que
expresó, mejor que yo, el poeta: “Benditos sean los instantes y los milímetros,
y las sombras de las cosas pequeñas”. Las manos-caricia, los dedos-rostro, el
tacto de tu espalda, alma-cuerpo o carne marcada en la que se escriben historias,
sin apenas percatarse de que está escribiendo la suya propia. Y en ella están
tus ojos que rompen en mil pedazos mi mirada para crear nuevos universos y
nuevas vidas en los que la luz se filtra a través de tu pupila para iluminar la
ficción que soy y la realidad que me atrapa. Y cuando tus ojos se cierran, cesa
la luz, acaece el silencio. El torpe silencio de tu ausencia, el que se muestra
avergonzado por su incapacidad para invocar tu presencia.
Lo leí o lo escuché, no
lo recuerdo. Es lo de menos. Leí o escuché que hay dos situaciones realmente
insoportables para el ser humano: la soledad y la compañía. No es más que un
susurro, la seductora voz de la soledad. No es más que un imperceptible impulso
a romper los lazos que nos unen al mundo y a los otros, una fuerza invisible
más potente que la necesidad biológica de saciar el hambre o la sed. Muestra su
rostro y sus rasgos son definitorios: la soledad es el hambre del alma y la sed
del espíritu, una ficción saturada de realidad, origen de la vida y destino de
toda existencia, vampiro insaciable que nos desangra con sus caricias. La
soledad: cara y cruz, revés y derecho, acción y reacción, atracción y
repulsión, tan necesaria como despreciada. Estar solo y sentirse acompañado,
sentirse solo y estar acompañado. Qué necesaria la compañía, sin otro no hay yo.
Decía el filósofo: el infierno son los otros. Y quizás se precipitó en su
sentencia al no reparar en el infierno que representa el yo. La cuestión es si
se comparte el infierno o cada uno tiene el suyo particular y propio. Valga la
reflexión para caracterizar la otra incógnita de la ecuación: el cielo.
When the night has come And the land is dark And the Moon is the only light we'll see No, I won't be afraid
(Stand by Me)
Conocer es interpretar. Leer es interpretar. Y esto
significa: crear o más bien recrear la historia que nos narran. Y esto
significa recrear el verso que no hiere o nos salva o nos deja indiferentes
ante la implacable violencia que ejerce la palabra. Entrar en un libro,
recorrer sus páginas es dejarse seducir por las palabras. Es golpear la puerta
de la caverna que esconde, celosa, el ritmo de un verso o la musicalidad de una
rima. Es violar el espacio íntimo del poema, violentar su sintaxis para
acomodarla a nuestro modo de vida. Entrar en las palabras es reconstruir el
significado en el infinito juego de posibilidades que muestra el orden
contingente de los significantes. Hay quien dice que la poesía le causa
tristeza y le provoca felicidad. Que la musicalidad de un poema puede hacerle
feliz. Dice, también, que hay existencias tristes, que no existe el amor y que
la tristeza proviene de la desaparición de la poesía. Que la ausencia de la palabra
poética es melancolía. Digo yo que el amor se ejerce de muchas maneras, que la
tristeza es el principio de la alegría, que la poesía jamás se extinguirá de la
tierra, a menos que nos convirtamos en dioses o bestias. Mientras sigamos
siendo humanos, tan humanos, siempre podremos transformar la melancolía en
nostalgia, la nostalgia en recuerdo. Y a partir de ahí, el recuerdo en dicha compartida,
y la dicha en la alegría de estar vivo.
Así que gracias por estar Por tu amistad y tu compañía
(Jarabe de Palo)
Hay quien contrapone Philia y Eros.
Así lo hace Louis Marie Morfaux cuando define “amistad” en
su Diccionario de ciencias humanas: “Inclinación selectiva entre dos
personas desprovista de carácter sexual”. Según esta definición, el término “folla-amigos”
sería un oxímoron inaceptable. O se folla o se amiga, pero no las dos cosas a
la vez.
También George Sand en Historia de mi vida: “El amor
siempre será egoísmo a medias, porque lleva consigo satisfacciones infinitas.
La amistad es más desinteresada, comparte todos los dolores y no todos los placeres.
Tiene menos raíces en la realidad, en los intereses, en las embriagueces de la
vida”. El binomio amor-fidelidad en la relación erótica se transforma en
amistad-lealtad en la relación de amistad.
Y no menos Julián Marías: “La amistad…es una relación esencialmente
elegante, porque el amigo respeta al amigo. Los amantes no se comportan así;
los amantes no respetan recíprocamente su intimidad…la invaden…” (Libertad y
organización). El amor como instrumento de colonización del otro. Las
opacidades asumidas en la relación de amistad no tienen cabida en la exigencia
de transparencia de las relaciones eróticas.
Hay quien concilia Philia y Eros (To be continued).
Me felicito por estar con
hombres y mujeres aquí bajo este cielo, sobre esta tierra tropical y
fértil, ondulante y cubierta de hierba. Me felicito por ser y por
haber nacido, por mis pulmones que me llevan y me traen el aire,
porque cuando respiro siento que el mundo todo entra en mí y sale con
algo mío, por estos poemas que escribo y lanzo al viento
(G. B.)
No sé si existe una literatura
eminentemente femenina o masculina. No lo sé. No sé si se podrían estipular los
criterios que permitiesen distinguir entre escritura masculina y femenina,
atendiendo, por ejemplo, a los temas que se eligen o al modo de desarrollarlos.
¿Hay estilos literarios masculinos y femeninos? No sé qué debería tener un
poema sin firma para ser adjudicado a un hombre o a una mujer. Creo que la
poesía habla y no habla del Yo: entelequia indefinible e inefable, escurridiza y
permeable. Y la práctica de la escritura no se somete a la humana voluntad de
clasificar y etiquetar, no se determina por el sexo o el género del que
escribe. No diferencia entre apéndices y oquedades. Cada poema, cada poeta es
un universo inefable de potencialidad creadora, único, singular e irrepetible.
En ello reside la grandeza de la poesía. A diferencia de los teoremas o axiomas
de las ciencias, que pudieron ser enunciados del mismo modo y al mismo tiempo por diferentes
personas, el poema sólo acata el principio leibniziano de la identidad de los
indiscernibles. No sé si hay literatura femenina, no sé si hay literatura
masculina, sé que hay literatura y poesía hecha por mujeres o por hombres. Poco
más sé sobre el asunto.
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