No hay que desperdiciar una buena ocasión de quedarse callado (Jorge Drexler: SILENCIO)
A NADIE PRETENDO COMUNICAR CERTEZA ALGUNA. NO LAS TENGO.
A lo sumo alguna conjetura, siempre desde la incertidumbre.
Hace años lo aprendí de Albert Camus. Más tarde, unas palabras de Michel Foucault volvieron a recordármelo: No hay que dejarse seducir por las disyunciones, ni aceptar acríticamente los términos del dilema: o bien se está a favor, o bien se está en contra. Uno puede estar enfrente y de pie.
"La idea de que todo escritor escribe forzosamente sobre sí mismo y se retrata en sus libros es uno de los infantilismos que el romanticismo nos legó...las obras de un hombre trazan a menudo la historia de sus nostalgias o de sus tentaciones, casi nunca su propia historia" (Albert Camus)
El amor romántico es una más de las diferentes formas de obsesión: una idea, un cuerpo, un rostro o una imagen que se instala en la mente para perturbarla e intensificar el poder idealizador de personas, situaciones o cosas. Y no hay amor sin el movimiento de aquéllos que participan en estas anomalías de la psique. Así, en ocasiones, tengo la sensación de que tú giras en un sentido, por ejemplo, el de las agujas del reloj y yo lo hago en el contrario; tú piensas el mediodía y yo el atardecer. Como giramos según el eje que define nuestro cuerpo o nuestro modo particular de entender el mundo y la vida, ocurre que nos encontramos frente a frente sólo unas décimas de segundo en las que nos miramos, nos soñamos, nos anhelamos y terminamos confiándonos al poder redentor de la memoria. La velocidad del giro impide que podamos vernos el tiempo suficiente como para poder comenzar a entendernos. Con la imagen aún en la retina continuamos girando, amando, obsesionados por volver a encontrarnos.
Words
Don't come easy to me
How can I find a way
To make you see
I love you?
(F. R. David)
¿Y si la luz exige la oscuridad? Me niego a soportar la amenaza
que se cierne sobre quien vive al amparo de las viejas palabras, me niego a
dejarme seducir por el atractivo de las nuevas. Allí donde hay palabras, una
realidad se oculta, allí donde hay realidad, no se necesitan las palabras. Y,
sin embargo, qué devoción por ciertas palabras, qué veneración por aquella
frase que sembró la duda, qué amor por el verso que nos bebimos cuando la
realidad explotó sin previo aviso. Qué cara de estúpido se me queda cuando leo
y releo la que creo la frase perfecta. Qué relación más extraña con las
palabras: anheladas cuando faltan, buscadas al recordar la letra de una
canción, traídas y llevadas de aquí para allá para revivirlas y compartirlas en
el momento en que pensamos que ya no nos hacen falta. Nos hacemos máscaras con
las palabras, las aliñamos con nuestros gestos, las lanzamos cerca o lejos contra
el rostro que amamos o contra el que nos resulta indiferente, hasta que se
golpean unas contra otras, como si fuesen balas. Cambian las palabras al ritmo
de la música que impone el tiempo, cambian las palabras-mirada, las
palabras-alegría, las palabras-lágrima, las palabras-despedida. No cambia la
sensación de ser humo en tu boca, aunque ya no nos entreguemos al placer de saborear
aquellos carajillos de ron Negrita. No cambian los flujos y reflujos de las
mareas de inquietudes que llevamos dentro. No cambia la sensación de que el último
cigarrillo del día sabe mejor si lo fumo contigo.
Suenan los primeros acordes, el
color se difumina, el público calla, un haz polícromo de sentimientos
encontrados, de culpas sin objeto, de amor pleno y deseo que no sucumbe a la
tentación de sumergirse en los recuerdos, se dan cita en el espacio sonoro del
blues. No se invoca a los dioses, el blues no es una tragedia al modo griego,
es un drama que reparte responsabilidades entre los hombres armados de razones
y despropósitos. Aquí no hay ni diablos ni cruces de caminos ni pactos en los
que el alma se pone a la venta sin atender a la doctrina del valor de uso y el valor
de cambio. Si de Dios se dice algo, es para constatar su
ausencia. El demonio, en todo caso, era el hombre blanco, el algodonal y el
grito desgarrado del esclavo. El blues se ancla a la tierra para trazar un movimiento
zigzagueante que dibuja los meandros de la existencia. B.B. King y el blues en
las entrañas y el blues en el aire que recorre el mástil de la guitarra, en cada
percusión de los dedos sobre un piano que se agita, en cada gota de saliva que recorre
el interior de una trompeta dirigida hacia el cielo. Hay luz y hay oscuridad,
hay sonidos puestos en fila para componer una melodía negra que desactiva
cualquier idea sobre la supremacía de la piel que tantas cosas niega. Es el
blues resuelto en palabras y versos, en el acorde imperfecto que dota de vida
lo que parecía muerto. Porque el blues es real, aunque “realidad” no sea más
que una palabra. Escucho esta pieza de blues, me encojo cuanto puedo para
ocupar casi ningún lugar, cierro los ojos para no ver más que la oscuridad, en
mis oídos resuena el rumor incesante del silencio del mundo. Y me quedo muy
quieto. Solo la voz del viejo bluesman a solas conmigo.
Lies, dripping off your mouth like dirt Lies, lies in every step you walk Lies, whispered sweetly in my ear
(Rolling Stones)
Ayer triunfaba el timo de la estampita, hoy lo
hace el de la banderita. De timadores va la cosa. Los de ayer lo hacían por
dinero, los de hoy, también. Los de ayer pertenecían al gremio de la
delincuencia, los de hoy al de la política. Sea el gancho una estampita o una
banderita, el objetivo es el mismo: el engaño. Si tuviese que elegir entre unos
y otros, condenaría sin dudar a los de la banderita. Los de la estampita no se
escudaban tras nobles ideales, mientras que los de la banderita utilizan una ideología
perversa (¿Acaso hay alguna que no lo sea?) para obtener pingues beneficios
manipulando las emociones de sus incautos acólitos. ¿Cómo funciona la estafa? Se
observa una semejanza estructural entre ambos timos:
A)Estampita. El timador protagonista simula ser un
discapacitado y ofrece billetes reales mientras hace creer que no sabe que lo
son. Otro timador convence al futuro estafado de que aproveche la situación. La
victima de la estampita pagará con dinero real y obtendrá a cambio estampitas
sin ningún valor.
B)Banderita. El timador de la bandera simula ser un
iluminado y describe una situación política o económica que frisa el
apocalipsis. El elenco de periodistas a sueldo del abanderado timador convencen
a la población de que este evitará el fatal desenlace y establecerá el paraíso
perdido resuelto en una gran nación. El ingenuo ciudadano se entregará a la
causa y obtendrá a cambio la satisfacción de su pulsión gregaria.
C)Gana el timador-estampita y gana el
timador-banderita. Pierde la víctima de la estafa y el emocionadísimo elector.
El timo de la banderita es el arma populista de
la secta de los abascalianos. Su praxis se asemeja a las de curanderos,
nigromantes y tarotistas. Todos ellos han encontrado el secreto, la poción
mágica que soluciona todos los problemas: físicos, sociales, culturales,
políticos, sentimentales…En el caso de los abascalianos, la piedra filosofal es
de tela, la Bandera. ¿La cuestión migratoria? Saque la bandera. ¿La cuestión
laboral? Saque la bandera. ¿Disfunción eréctil? Saque la bandera. ¿Danas e
incendios? Saque la bandera. ¿Menopausia precoz? Saque la bandera. Antes la
solución era abrir la muralla; ahora, sacar la bandera. Solución sencilla para
problemas complejos. Es lo que hacen los nuevos gurús de la salud física y
espiritual. Es lo que hacen los nuevos gurús de la política. Y gran parte del
personal se lo cree. Así nos va.
NB
Un pecio futuro versará sobre el timo del
wokismo. La manipulación ideológica con el objetivo de provocar la confusión
entre los sueños y la realidad no es menos peligrosa que el abascalismo
banderitario.
I close my eyes, only for a moment, and the moment's gone All my dreams pass before my eyes, a curiosity Dust in the wind All they are is dust in the wind
(Kansas)
No sé dónde lo leí, no obstante, retuve
el mensaje: Lo que no es tradición, es plagio. No conozco ningún libro que trate
la cuestión referente a los ilustres plagiadores que nos ha legado la historia.
Sí, ilustres, porque el plagio es un arte (que yo no poseo y por ello soy muy estricto
a la hora de consignar mis referencias literarias, musicales, filosóficas…). He
de advertir al lector que soy de los que piensan que en el mundo siempre resuena
un confuso vacío, una nota discordante en el centro de cada momento de
felicidad o de plenitud. No soy un acobardado y temeroso pesimista. Tampoco un ingenuo
optimista. Los que me conocen saben que me mantengo a una prudente distancia de
los apocalípticos y de los integrados. Aunque, en ocasiones, me desequilibro y mi
jeta o bien se ensombrece de tinieblas o bien se ilumina de luz ante el espejo. Yo también
viví ajeno al tiempo, pensaba que era eterno. Era un tiempo fácil y
hermoso. Ahora, el decorado se va derrumbando por fuera y por dentro. No
obstante, la vida me parece un desafío que ni me amedrenta ni me intimida. Su
ilógico devenir me fascina. Soy consciente, como he dicho en otro lugar, que la
experiencia -no la del empirismo gnoseológico isleño, sino la del vivir que a
todos nos afecta- solo sirve para saber que nos vamos a estrellar, mas no para
evitar el choque. Salvo excepciones tropezamos una y mil veces en la misma
piedra. Y me pregunto, ¿a nadie se le ocurrió apartarla del camino? Y es que los
argumentos causales, por mucho que se sometan a las leyes de la lógica, no
necesariamente lo hacen a las de la vida. Por eso mis pecios son también el
recurso que utilizo para ataviar mi corazón de luz y niebla. Yo añadiría: Lo
que no es tradición, es plagio o falsificación. No negaré el poder creativo del
falsificador, aunque etimólogos hay en la historia que así lo han hecho. Y si
dudan de mi afirmación, lean las creaciones falsarias que Felipe Benítez Reyes
atribuye a Rogelio Vega: Keats, Eliot, Dickinson, Alvaro de Campos… Ah, qué
pereza, diría mi hijo Alejandro, echar la vista atrás para analizar un vida
ruinosa, malgastada, inútil, fértil o cultivada. El pasado es el humo que
produce la memoria, una imagen retrospectiva que dibuja el presente a su imagen
y semejanza. Tenemos la imagen y el espejo, nos falta el original, tenemos la
copia, el plagio, la falsificación, ¿dónde el original para saber quién dice la
verdad y quién engaña? El pasado es un útero diseñado por un demiurgo
sarcástico para que la historia o la biografía, carentes de respuestas, no
cesen de parir preguntas. Creo que lo plagié hace un tiempo y no dudo de su
veracidad: Nada hay menos fiable que una autobiografía, nada menos fiel que una
biografía y nada menos engañoso que una retrospectiva. ¿El pasado? Polvo en el
viento.
And they stood upon the lawn and listened to the silence
It's the wind in the willows and the piper at the gates of
dawn
(Van Morrison)
Es
una de las conjunciones existenciales que los Hados ignoran, las Moiras
desconocen y las Parcas desatienden. Es una aproximación de caracteres o
personalidades que tienen en común una cierta tolerancia a la ironía, al
sarcasmo o, como dice uno de ellos, a la burla y el escarnio. En sus almas se
encuentra inscrito un mismo bolero, aquel que dice algo así como “si tú me
dices ven, lo dejo casi todo”. Es una intersección de tres historias sin
concesiones al agotamiento, la evasión o la decepción. Frente a un arroz con
pulpo, la conversación sigue las pautas de una pieza de jazz. Ahora es el saxo
el que busca un hogar para los sueños que aún perduran, los otros ya se
quemaron. Después, una nota del trompetista se suspende en el aire e inicia un
acercamiento a otra, afilada como una daga, que ha brotado de un trombón
olvidado en algún rincón del Tremé. Tres notas en caída libre sobre los
comensales, una invitación a seguir con el ambicioso proyecto de vivir de un
modo implacable, sin concesiones a la nostalgia o a la autocompasión. Las notas
penetran hasta lo más profundo de las entrañas, se introducen en el flujo
sanguíneo y retoman el ritmo improvisado de la pieza de jazz en cada sístole y
diástole del extraño músculo que las anima. Un latido rítmico impulsado por un
piano que no cede en su empeño de imponer un cierto orden entre tanto desvarío,
entre tanta alegre improvisación. Es la nota trágica de todo encuentro y de
toda relación. La tensión constante entre orden y caos, entre lo real y lo
ideal, entre pedir o no otra botella de vino. El piano cede en su empeño, sus
notas no han podido evitar la presencia de un nuevo “Protos” sobre una mesa en
la que no se dirime ninguna cuestión, no se arbitra ninguna solución y no se
negocia ninguna tregua. Art Tatum jamás se rindió, ahora participa en el evento
y reinventa la idea de que el caos no es sino otra de las formas que adopta el
orden. El trío jazzístico acaba de convertirse en un cuarteto: el etimólogo
que, como el rayo, no cesa; el peciósofo que, como Sísifo, no descansa; y el perspicaz
que, como el flautista de Van Morrison, siempre toca en las puertas del alba.
¿El cuarto? El instrumento de cuerda que marca el ritmo de la pieza que pone
música a la amistad.
And they stood upon the lawn and listened to the silence
It's the wind in the willows and the piper at the gates of
dawn
(Van Morrison)
Es
una de las conjunciones existenciales que los Hados ignoran, las Moiras
desconocen y las Parcas desatienden. Es una aproximación de caracteres o
personalidades que tienen en común una cierta tolerancia a la ironía, al
sarcasmo o, como dice uno de ellos, a la burla y el escarnio. En sus almas se
encuentra inscrito un mismo bolero, aquel que dice algo así como “si tú me
dices ven, lo dejo casi todo”. Es una intersección de tres historias sin
concesiones al agotamiento, la evasión o la decepción. Frente a un arroz con
pulpo, la conversación sigue las pautas de una pieza de jazz. Ahora es el saxo
el que busca un hogar para los sueños que aún perduran, los otros ya se
quemaron. Después, una nota del trompetista se suspende en el aire e inicia un
acercamiento a otra, afilada como una daga, que ha brotado de un trombón
olvidado en algún rincón del Tremé. Tres notas en caída libre sobre los
comensales, una invitación a seguir con el ambicioso proyecto de vivir de un
modo implacable, sin concesiones a la nostalgia o a la autocompasión. Las notas
penetran hasta lo más profundo de las entrañas, se introducen en el flujo
sanguíneo y retoman el ritmo improvisado de la pieza de jazz en cada sístole y
diástole del extraño músculo que las anima. Un latido rítmico impulsado por un
piano que no cede en su empeño de imponer un cierto orden entre tanto desvarío,
entre tanta alegre improvisación. Es la nota trágica de todo encuentro y de
toda relación. La tensión constante entre orden y caos, entre lo real y lo
ideal, entre pedir o no otra botella de vino. El piano cede en su empeño, sus
notas no han podido evitar la presencia de un nuevo “Protos” sobre una mesa en
la que no se dirime ninguna cuestión, no se arbitra ninguna solución y no se
negocia ninguna tregua. Art Tatum jamás se rindió, ahora participa en el evento
y reinventa la idea de que el caos no es sino otra de las formas que adopta el
orden. El trío jazzístico acaba de convertirse en un cuarteto: el etimólogo
que, como el rayo, no cesa; el peciósofo que, como Sísifo, no descansa; y el perspicaz
que, como el flautista de Van Morrison, siempre toca en las puertas del alba.
¿El cuarto? El instrumento de cuerda que marca el ritmo de la pieza que pone
música a la amistad.
Thought you were clever when you lit the fuse Tore down the house of commons in your brand new shoes Composed a revolutionary symphony Then went to bed with a charming young thing
(The Jam)
Neonazis de salón con aire acondicionado y revolucionarios de sofá de tres plazas con Chaise-Longue incluida se dan cita en el río revuelto de ciertas plazas de la España contemporánea. Sonó el chupi-nazi y los salvadores de la patria acudieron
raudos a fin de liberar a la ciudad de las hordas musulmanas. El gran líder Vito
Quiles, personajillo de España y pandereta, informó en las redes sobre su disposición a ejecutar con precisión y
rigor nacional la sagrada misión que la patria le había encomendado. Diversos colectivos de impronta nazi y
fascista se personaron en la ciudad armados de la “furia española” para preservar
la raza y la grandeza de España: banderas al viento y gritos de “España, una,
grande y libre”. La ignorancia y la falta de autoestima personal es la mezcla
que posibilita la emergencia de este fascismo o nazismo de salón y cafetera, de
calva reluciente y camiseta ajustada. El pectoral es el indicio más sobresaliente
del amor a España. Los nazis ya no se avergüenzan de sí mismos, los partidos
políticos de corte liberal han abonado el terreno para que muestren sus
criminales intenciones sin ningún pudor. Cobardes y apocados, solo se muestran como
aguerridos guerreros en el seno del resto de la manada. Cuando se trata de
hacer frente a la situación, huyen dejando atrás lo que haya que dejar: la
patria, la bandera o la poca vergüenza. Vito
y el NN producen pingues beneficios de los que se aprovechan el PP y el PSOE.
Vox lanza la piedra y esconde la mano. Juegan a la oca con los ciudadanos, pero
sin la casilla de la cárcel ni la del pozo. La impunidad es su seña de
identidad. Lo saben y se aprovechan. La ciudadanía muestra su indolencia ante el
irenismo de la izquierda impregnado de superioridad moral y las pseudo-soluciones
patrióticas de la derecha aliñadas de gestos que recuerdan otras épocas, más bárbaras
y perversas. Insisto: hay que poner límites, regular la inmigración es conditio
sine qua non para la convivencia, eso sí, sin estigmas ni marcas discriminatorias.
Demonizar al otro es una vieja estrategia que sigue teniendo innumerables adeptos.
Lo saben Dios y el Demonio. Lo sabemos, también, nosotros.
Pa' una ciudad del norte Yo me fui a trabajar Mi vida la dejé Entre Ceuta y Gibraltar
(Manu Chao)
Hay personas más o menos hospitalarias. No sé si hay pueblos,
comunidades o países más o menos hospitalarios. Siempre sospecho de los juicios
que se refieren a “colectivos”, normalmente reflejan prejuicios positivos o
negativos. No amo ni odio a ningún colectivo, los sentimientos solo los dirijo
hacia las personas. Aunque he de admitir mi recelo ante ciertos grupos:
abogados, periodistas deportivos, “patineteros” o políticos, por citar solo
algunos. Abrigo ciertas dudas sobre el multiculturalismo y su voluntad
hospitalaria con respecto a ciertos colectivos, sobre la posibilidad de
convivencia de individuos con culturas antagónicas. Y no es menos cierto que
vierto las mismas dudas sobre la posibilidad de convivencia de individuos que
pertenecen al mismo grupo, cultura, etnia o nacionalidad (sea esta histórica o
no). Me importa un bledo la procedencia de mis vecinos, mis amigos, mis
adversarios o el resto de individuos que forman parte de mi entorno, dintorno o
contorno (Véase Gustavo Bueno). Mis criterios para diferenciar entre individuos
no entienden de, como se decía hace unos años, sexo, raza o religión (o país de
procedencia). Una de mis pocas certezas es que sufren las personas -no los
pueblos, no las abstracciones, no las banderas, no los símbolos. Como todo lo
humano, la hospitalidad tiene sus límites. El multiculturalismo referencia una
gran abstracción, léase convivencia de culturas o alianza de civilizaciones.
Occidente impenitente no falta, sobre el papel, a las citas con la historia.
Vamos de abstracción en abstracción: Occidente es una de ellas. Occidente es
responsable de la dinámica geopolítica contemporánea (Oriente también reclama
su parte de responsabilidad). Los colonialismos de siglos pasados pasan factura
al orden geopolítico contemporáneo. Los que dirigen y diseñan el orden mundial,
políticos y oligarcas, dirigen su mirada oblicua a los que sufren bajo sus
imperativos. Siempre los mismos, con otros rostros, pero los mismos.
I ain't gonna lose my chance, no, I don't wanna lose it
(Janis Joplin)
No hay modo de deshacerse de este puto desasosiego, el
mismo que activa el cerebro, invoca a las musas y fracasa en el intento de
crear un nuevo pecio. Me apunto a la secta de los que anhelan la sosa paz del
espíritu, respirar e inspirar para que las heridas que provoca la existencia se
cierren a golpes de placebo. Vuelvo a mis tribulaciones, comezones de entrañas
desnudas, las preparo con esmero: dos cubitos de hielo, un chorrito de
impaciencia y una rodajita de nuevas ilusiones sin fundamento. Entre ideas
peregrinas y palabras sin orden ni concierto, siempre tu cuerpo de misiles
certeros, de enredos dialécticos, la mejor medicina para mi puto desasosiego.
Busco una alianza con Cronos y teorizo, deduzco, infiero, derivo hasta poner
límites a este hábito de vivir en el que cotiza tanto el alma como el cuerpo.
Ahora, he aquí el grito y su eco, el simulacro y su espejo, la renuncia al
furor posesivo de un triste lamento. No me sale el pecio, a pesar de estar en
una habitación sin ventanas, sin cielos ni infiernos, espacio sin centro en el
que todo es borde, vértice, arista, asíntota que viaja en la misma dirección
que algunos de mis recuerdos. He seguido el protocolo sin olvidar ninguna de
las normas que estructuran el procedimiento, engancho al vuelo un verso
liberado de un poema que fue imagen sin texto. No espero comprensión ni
silencio cómplice, pues como dice el poeta: La vida, por
un momento, recompone/ su plácido y pequeño laberinto (Felipe Benítez Reyes).
1976: Eberhard Schoener en Bali
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Contenido de esta entrada:
Introducción
Historia
El álbum Bali-Agúng
Introducción
Este artículo lo dedicamos a *Eberhard Schoener *y el álbum *Bali-...
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