Encontré a Orlando eufórico, exultante y satisfecho de sí mismo. Había encontrado a la pareja ideal, su alma gemela, su alter ego, su sentido, su placer y su dicha. Me contó que había vencido a la soledad, que era la relación perfecta. Orlando me confesó que pasaba las tardes frente al espejo con ella, su imagen, disfrutando de su compañía.
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