All we are is dust in the wind

All we are is dust in the wind
No hay que desperdiciar una buena ocasión de quedarse callado (Jorge Drexler: SILENCIO)

A NADIE PRETENDO COMUNICAR CERTEZA ALGUNA. NO LAS TENGO.

A lo sumo alguna conjetura, siempre desde la incertidumbre.

Hace años lo aprendí de Albert Camus. Más tarde, unas palabras de Michel Foucault volvieron a recordármelo: No hay que dejarse seducir por las disyunciones, ni aceptar acríticamente los términos del dilema: o bien se está a favor, o bien se está en contra. Uno puede estar enfrente y de pie.

"La idea de que todo escritor escribe forzosamente sobre sí mismo y se retrata en sus libros es uno de los infantilismos que el romanticismo nos legó...las obras de un hombre trazan a menudo la historia de sus nostalgias o de sus tentaciones, casi nunca su propia historia" (Albert Camus)

http://books.google.es/books?id=GiroehozztMC&pg=PA25&source=gbs_toc_r&cad=4#

PARA QUÉ SIRVE LA FILOSOFÍA. Paco Fernández.


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sábado, 21 de noviembre de 2020

Muros, silencios, palabras y vacío

    Pantagruélico destructor de armonía, el hábito perverso se nutre de prejuicios y prescribe leyes inmutables a la conciencia para que basculemos entre la negatividad fatal que forja los muros que nos separan y el optimismo pueril para el que dichos muros no son más una ilusión que nada puede contra el sentimiento. Hay muros y hay silencios y hay palabras y hay vacío. Cuatro parámetros para definir una existencia. En la cuerda floja tendida sobre el abismo, un vértigo innombrable inunda la noche. Las soledades ya no se tocan, a lo sumo, se imaginan. Un rumor de desatinos puebla de imágenes la mente y el eco de una felicidad que se inventó un día se va apagando hasta no ser más que un muro de palabras y un silencioso vacío.

    Vaciar es la clave. Soltar el lastre con el que se ha forjado el prejuicio, el hábito de la repetición de palabras y conductas que se retroalimenta del círculo vicioso de un ego que monopoliza LA PERSPECTIVA. 

 


 

 

sábado, 26 de mayo de 2018

Tiempo y Gilipollez. Revisited 0854


Debo ser muy gilipollas por entusiasmarme con todas aquellas cosas que realmente me entusiasman, y además prolongar el entusiasmo, alargarlo, tirar de él para que no se agote, para que se mantenga vivo en las horas muertas de cada día, en esas horas quemadas con sabor a ceniza.

Debo ser muy gilipollas por entusiasmarme con aquellos gestos que realmente me entusiasman, y además pretender saturar mi cuerpo y mi alma con ese entusiasmo, recrearlo incesantemente y proyectarlo en palabras que caen sobre el papel o sobre la pantalla para ordenarlas siguiendo los preceptos que mi sintaxis les impone. Una sintaxis, todo hay que decirlo, impregnada de una semántica tan lógica como afectiva, tan real como ficticia, tan  falsa como auténtica, porque mis palabras son y no son máscaras, son y no son disfraces, son latidos de mi corazón transformados en signos, en huellas condenadas a la extinción, en absurdos para los cuales no hay hermenéutica posible. Mis palabras son y no son ejercicios de retórica, ni de erística, ni siquiera el libre juego espontáneo de un lenguaje autorreferencial que sólo pretende vivir alegremente una especie de narcisismo inocente. Mis palabras siempre son excesos prescindibles, la expresión de ese algo que me habita y me excede como una flecha que no puedo dejar de lanzar porque ya no soporta la tensión del arco que la atrapa.

Debo ser muy gilipollas, o más bien, un gilipollas entusiasmado: sé que hay una duda metafísica, una duda, como se dice ahora, estructural, que actúa como riguroso vigilante de mis “caídas” en la banalidad del comentario inoportuno o en la inconsistencia del acto que no puede aclarar sus razones.  
Hay esperanza en cualquiera de las formas que adopta el entusiasmo: una meretriz que cobra un alto precio por sus servicios. Hay ingenuidad, comprensible durante la adolescencia y la juventud pero censurable cuando el espejo devuelve la imagen de un rostro roturado por el paso del tiempo. Hay absurdo, intolerable pero insuperable desde que nos abandonaron los dioses.

¿Quién se entusiasma en mí? ¿Cuál de las formas que me habitan incurre en ese error de cálculo? El tiempo es un viejo blues cuya principal ocupación es oxidar las palabras y los sueños que forjaron nuestras ilusiones. Es laborioso, insistente, pertinaz e insobornable. Es taimado, pues, en ocasiones, nos hace creer que es nuestro aliado, e incluso nuestro cómplice. Creemos que podemos definirlo, medirlo y someterlo. Pero cuando muestra su verdadero rostro, ya es demasiado tarde para enmendar el error. En el momento en que, entusiasmados, comenzamos a celebrar nuestra victoria sobre el tiempo, nos damos cuenta de que nos ha consumido, de que nos ha roído el cuerpo y el alma. De que ha mostrado el absurdo de las grandes palabras que forjaron nuestros sueños: Esperanza, Amor, Lealtad, Verdad…Y nos damos cuenta de que hemos sido complices de nuestra propia destrucción. 


domingo, 11 de febrero de 2018


Aforema 618
 
Me miro al espejo tras escuchar, primero, el grito de Jarabe de Palo, y, después, el grito que se desprendía de aquellas palabras que te escribí hace ya algún tiempo: Grita. Grita o habla en voz baja o simula un susurro o clava una palabra en mis entrañas, o tus uñas pintadas de negro, o rompe mi silencio o mi descuido con una mirada, o grita para que yo vuelva a estar pendiente de tus palabras o de tus gestos o de tus silencios o de tus “tragarte hacia dentro”, o grita para que pueda yo rodear tu soledad con un abrazo de amor o de simpatía o de empatía, o de quererte tanto aunque sólo sea tan sólo eso, o grita para romper el nudo que asfixia la garganta o aprieta el estómago o el nudo que no se desanuda que se relaja o se afloja, pero no se desata. Y si no es posible romper ese nudo que tantas cosas ata, que tantas historias une y enlaza, grita para que pueda yo estar en ese nudo desnudo de impaciencia, para ocuparme de ti, tan sólo eso. La imagen que me devuelve es espejo es la de un fraude que no hace honor a sus palabras, la de un impostor que ha hecho de su vida un esperpento, la de un tramposo que si tuviese un mínimo de decencia dejaría de escribir o de vivir. Hay cierta vileza en aquellos que traicionan las palabras con sus actos. No hay perdón, porque nadie les obligó a escribir lo que estaba condenado a ser traicionado.
 
 

lunes, 14 de septiembre de 2015

El abismo


Una mujer laberinto, una mujer humo, una mujer sonámbula, una mujer que me ancla al mundo, a la inmanencia de una vida sin rostros divinos, a mis lágrimas vertidas sobre su sexo tras enfrentar nuestras sonrisas. Lo sé, el coito no anula la distancia, solamente la disimula, la encubre. Lucidez pre-orgásmica que avisa del espacio que hay entre ser y ser a pesar de la conjunción perfecta que procura la anatomía. Luego está la soledad, casi un destino. Y aquí el coito es una máscara. Es una ficción: la ilusión de una presencia que se promete constante. La presencia es efímera, tanto como su aliado el orgasmo. Amar es vivir en el malentendido, mantenerse en la impostura generada por la creencia de que un gesto o un sentimiento pueden disminuir la distancia, salvar el abismo que nos separa. Al otro lado, un rostro difuso se niega ser descifrado. Lo amamos a pesar o por su enigmática imprevisibilidad.
 
Young Woman Lying on the Floor Lámina fotográfica

domingo, 15 de febrero de 2015

Escribir o traicionarse no es, de nuevo, la cuestión.

Aforema 1112

Escribir es hablar de uno mismo, ciertamente, pero, también, traicionarse uno a sí mismo. No hay contradicción alguna cuando se realiza esta actividad tan poco natural. Decir, traicionarse, no es otra cosa que pretender trasladar al lector la convicción de que escribir es desnudarse ante los demás. Normalmente, salvo raras excepciones, escribimos vestidos, bien sea con ropa de calle, en pijama o, si el calor aprieta, con una camiseta y con, al menos, los calzoncillos puestos (o las bragas). No lo voy a negar por ser demasiado evidente: uno habla de sí mismo cuando escribe. Pero, también, no habla de sí mismo cuando escribe. Más que nuestras creencias, filias o fobias, nuestras afirmaciones o negaciones, la escritura muestra, directa o indirectamente, nuestras inquietudes. La afirmación o la negación siempre es provisional. La inquietud siempre permanece.


sábado, 14 de febrero de 2015

Aforema 1229 Grandes Palabras

Quienes me conocen saben de mi desconfianza hacia las grandes palabras: Libertad, Sinceridad, Honestidad, etc. Siempre he hablado de ellas como flatus vocis: necesarias, pero inconsistentes. No soy un realista (ni político ni moral). Mi vida es una refutación del pragmatismo. Necesarias porque en en el gran teatro político (y cotidiano) en el que nos encontramos inmersos, las grandes palabras, si se las carga bien, pueden servir para horadar la fría coraza que envuelve el paquete de mentiras que nos sirven a diario los políticos y sus cómplices en el arte de presentar como bien común lo que no es sino interés privado. Desconfío de la libertad cuando sólo se tiñe de economicismo y sólo se aplica al mercado; desconfío de la honestidad porque se utiliza como disfraz de lo "propio"; desconfío de la sinceridad porque, en muchas ocasiones, no es más que un modo de presentar la comedia; desconfío, incluso, de estas palabras porque, precisamente, son "mías"; desconfío de la humanidad porque en ella no hay hombres, sino sólo una idea que sacrifica inocentes y justifica las masacres. Las grandes palabras están vacías (ídolos huecos, aprendí de Nietzsche). Quizás la cuestión estribe en cómo introducir en ellas la cantidad necesaria y suficiente de crítica que evite su monopolización por las implacables ideologías u ortodoxias que pretenden mutilar nuestra capacidad de reflexión con la estrategia del miedo: ya no a que todo cambie, sino, a que algo lo haga.


jueves, 12 de febrero de 2015

Durrell in my mind



Aforema 2310        Durrell - Revisited

Pronto será de noche o de día, no lo sé y tampoco me importa; escribo en el interior de una habitación sin ventanas, un lugar sin cielo ni infierno, un espacio sin centro en el que todo es borde, frontera asintótica cuya curva es sólo el reflejo de una vida frente a un espejo. He decidido mantenerme durante unos días, o unas horas, no lo sé, aislado del tiempo y de los diferentes modos de medir la vida que hemos inventado los hombres. Estaré aquí hasta el alba, o quizás hasta el anochecer, alimentándome de todo aquello que da sentido a mi vida o de lo que se resiste a asumir con resignación la falta de sentido de la misma. Sé que no quiero seguir forzando a nadie, sino esforzarme yo en no exigir más de lo que los demás puedan o quieran darme; que no quiero prometer el cielo contenido en un verso y quedarme en una rima improvisada que lamenta la pérdida de la palabra en la que se sostenía cuando el poema era sólo una imagen sin texto. Sólo quiero ajustar mi conducta a la lógica que emana de las evidencias que la vida me presenta; que no quiero seguir viviendo en términos de proyectos, esperanzas o expectativas. No espero que los demás entiendan mis palabras ni que sean cómplices de mis silencios. La pregunta de Durrell la llevo adosada al cuerpo: ¿Acaso no depende todo de nuestra manera de interpretar el silencio que nos rodea?