Rotura de fibras en el isquiotibial (5): unas nuevas pinceladas en la acuarela
Es una imagen incombustible (inmarcesible, diría Borges) que pulula por mis lugares comunes en los que se escuchan las palabras de Fernando (Federico Luppi) en aquella entrañable película dirigida por Adolfo Aristarain:
“Las pocas mujeres que conocí en mi vida, las admiré, las observé e intenté descifrarlas…, nunca dejaron de ser un misterio, nunca dejaron de sorprenderme. Creo que lo único importante es disfrutar de su presencia. No me di cuenta enseguida, pero… un tiempito después aprendí a escucharlas, a valorar los silencios, las miradas, esos momentos en los que parece que no pasa nada y pasa un mundo. Aprendí a respetar su intuición, su inteligencia… y aprendí a amarlas”.
Es una imagen que se multiplica por los lugares habituales que me habitan y que habito.
La descubro en los espejos -objetos aberrantes que se nutren de la ignominia de las almas envenenadas (Pessoa)- que me devuelven su rostro cuando soy yo el que se mira;
en la canción de aquel crooner (Tom Waits) que hablaba de un piano ebrio de alcohol y soledad: The piano has been drinking (not me);
en la portada de un libro de Cortázar en la que no aparece la Maga, sino el juego retórico de la vida que inventa múltiples sentidos en los devaneos pseudointelectuales de los clientes del Cluny;
en algunos versos de Ángel González que la mecen con sus rimas inacabadas:
“Que la pereza deje inacabado / lo destinado a ser perecedero;/que no intervenga el tiempo, / que no tenga materia en que ensañarse;
en la frase que pronuncia el protagonista de la novela negra que estoy leyendo:
“Llevaba el pasado atado como una lata a la cola de un gato, y hasta el menor de los esfuerzos que pudiera hacer por avanzar producía un ensordecedor estrépito a su espalda, un estruendo vergonzoso”;
en las voces amigas que me cobijan cuando la mía se hiela por el efecto de algún infortunio, en la mirada de unos ojos que no son los suyos, en el humo de un cigarrillo elevándose ingrávido hasta confundirse con su ausencia, en la ceniza que se disuelve antes de tocar el suelo, en una carretera mil veces transitada pero que ahora me desconcierta, en el eco que se instala en mi mente al escuchar una voz parecida a la suya, en las teclas del ordenador que se reorganizan para formar su nombre, en la alucinación transparente que invento cuando deambulo sonámbulo por el laberinto de mi existencia, en el sonido casi imperceptible que nace del acto de pasar la página de un libro o el silencio imposible en el que se resuelven todas la dudas: la página que uno lee (Jabès);
en el punto en el que se cruzan las cuatro perspectivas del Cuarteto de Alejandría: Clea, Justine, Balthazar y Mountolive: “Somo hijos de un paisaje”;
en la mirada agradecida de un perro cuando lo acaricio sin las prisas y la urgencia de la vida cotidiana, en las historias de cronopios y famas –de nuevo y siempre Cortázar-, en el silencio de la página que se resiste a mis intentos por desentrañar sus enigmas, en el momento en que mi torpeza me rompió los isquiotibiales al intentar evitar que cayese mi moto, en la arena de la playa que NO he pisado esta mañana, en el mismo viento que nos lleva -que nos llevará a tararear
“Je n'ai pas peur de la route, faudrait voir, faut qu'on y goûte, des méandres au creux des reins, et tout ira bien là, le vent nous portera”;
en un avión que desaparece y del que solo me queda la melodía que inventó Toquinho cuando pintó su acuarela:
“Entre as nuvens vem surgindo um lindo avião rosa e grená, tudo em volta colorindo com suas luzes a piscar”.
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