Gatos y arañas cuánticos
La sensación de que algo me roe las entrañas no procede de mamífero alguno. Ningún gato habita mis intestinos, ningún peludo de largos bigotes ha hecho de mi estómago su morada, quizás porque soy alérgico a su tacto y su presencia me conduciría inexorablemente a un estado permanente de irritación rinítica nada agradable, ni para mí ni para aquellos que, en un gesto que les hace acreedores al título de Santos Pacientes, aún me soportan. No, ningún gato maúlla en mi interior porque no soporto la estructuras capilares de estos, para otros, magníficos animales, y me aparto de su camino, atendiendo al consejo del viejo filósofo, como si de formales y tiesos sistemáticos se tratase. Yo no tengo felino semejante succionando mis jugos gástricos, pues mis vísceras digestivas son inmunes a ellos, en su estructura existe un dispositivo que imposibilita su entrada. Mis respuestas fisiológicas a estados de ansiedad o malestares psíquicos varios no proceden ni del hígado, ni de los pulmones, ni del páncreas, ni del intestino grueso, ni mucho menos del duodeno. Mi respuesta física implica un complejo mecanismo que excluye a los gatos y que se inicia justo en el interior de mi cavidad craneana, allí donde anidan los temores y las dudas, los miedos y las frustraciones, las paradojas y las contradicciones, los amores y las decepciones, los vicios y alguna que otra virtud. Una palabra, un gesto, una confesión, una confidencia, un insulto, una injuria o humillación y el mecanismo se dispara, los diferentes resortes y engranajes comienzan su singular e imparable cotilleo neurofisiológico. Se inicia con una especie de espasmo que implosiona y se extiende, no de un modo continuo, sino a golpes, como un proceso que se asemeja a los estados cuánticos de la materia. Entonces, noto como se va extendiendo por mi cuerpo una sensación de debilidad nerviosa, de trémula fragilidad que se adueña de mis piernas y de mis brazos, que altera mi respiración y la hace más pausada, aunque paradójicamente el interior de mi cuerpo se agita al ritmo de cada centímetro cúbico de aire que respiro. No, esto no es un gato, sino más bien una especie metafísica de araña que va tejiendo su red con el material que le proporcionan mis interacciones mundanas. Al mismo tiempo, una extraña sensación de cansancio físico se apodera de mis ojos, hasta el punto de que la pesadez de los párpados me obliga a cerrarlos durante unos segundos, y en ese momento en el que hago desaparecer el mundo, sobreviene el vértigo, una alteración del equilibrio que me obliga a abrirlos de golpe, como si mi vida temiese ser consumida por la oscuridad y el aturdimiento, por esa araña que quizás no sea otra cosa que mi propia alma.