Neonazis y neowokes
Thought you were clever when you lit the fuse
Tore down the house of commons in your brand new shoes
Composed a revolutionary symphony
Then went to bed with a charming young thing
(The Jam)
Neonazis de salón con aire acondicionado y revolucionarios de sofá de tres plazas con Chaise-Longue incluida se dan cita en el río revuelto de ciertas plazas de la España contemporánea. Sonó el chupi-nazi y los salvadores de la patria acudieron raudos a fin de liberar a la ciudad de las hordas musulmanas. El gran líder Vito Quiles, personajillo de España y pandereta, informó en las redes sobre su disposición a ejecutar con precisión y rigor nacional la sagrada misión que la patria le había encomendado. Diversos colectivos de impronta nazi y fascista se personaron en la ciudad armados de la “furia española” para preservar la raza y la grandeza de España: banderas al viento y gritos de “España, una, grande y libre”. La ignorancia y la falta de autoestima personal es la mezcla que posibilita la emergencia de este fascismo o nazismo de salón y cafetera, de calva reluciente y camiseta ajustada. El pectoral es el indicio más sobresaliente del amor a España. Los nazis ya no se avergüenzan de sí mismos, los partidos políticos de corte liberal han abonado el terreno para que muestren sus criminales intenciones sin ningún pudor. Cobardes y apocados, solo se muestran como aguerridos guerreros en el seno del resto de la manada. Cuando se trata de hacer frente a la situación, huyen dejando atrás lo que haya que dejar: la patria, la bandera o la poca vergüenza. Vito y el NN producen pingues beneficios de los que se aprovechan el PP y el PSOE. Vox lanza la piedra y esconde la mano. Juegan a la oca con los ciudadanos, pero sin la casilla de la cárcel ni la del pozo. La impunidad es su seña de identidad. Lo saben y se aprovechan. La ciudadanía muestra su indolencia ante el irenismo de la izquierda impregnado de superioridad moral y las pseudo-soluciones patrióticas de la derecha aliñadas de gestos que recuerdan otras épocas, más bárbaras y perversas. Insisto: hay que poner límites, regular la inmigración es conditio sine qua non para la convivencia, eso sí, sin estigmas ni marcas discriminatorias. Demonizar al otro es una vieja estrategia que sigue teniendo innumerables adeptos. Lo saben Dios y el Demonio. Lo sabemos, también, nosotros.