Regalar libros, robar sueños
It's only me who wants to wrap around your dreams And have you any dreams you'd like to sell? Dreams of loneliness
(Fleetwood Mac)
Amorem conatum esse amicitiae faciendae ex pulchritudinis specie, dice Cicerón. Me abismo en los Antiguos para rescatar unas palabras del olvido. Las materializo mediante una metamorfosis de la cual soy el único responsable. Cicerón no las leerá jamás. He ahí mi excusa y la razón por la que me apropio, quizás de modo ilegítimo, de su sentencia y me atrevo a decir que regalar un libro es un conato, un esfuerzo, un impetus, para obtener la amistad de quien nos ha conmovido por su belleza, su inteligencia, sus gestos, o por su mera presencia. Fortuna y privilegio del que obsequia y deleite y regocijo del que recibe la ofrenda.
El azar cita a los personajes de esta trama en la que se anudan el acto sincero y la comedia. Leer, amar, respirar, vivir…Respiramos como leemos, como amamos, al mismo ritmo. Leamos mientras imaginamos una amistad pausada en un respirar lento, una amistad insondable en un profundo respirar. Respiremos como amamos, como leemos, al mismo ritmo. Pasemos la página, escuchemos atentamente la melodía que inventa el roce de los dedos sobre el papel, el sonido que se instala en el silencio que diagrama la lectura. Y sigamos respirando al ritmo que amamos, al ritmo que leemos, sin necesidad de construir coartadas o inventar evasivas para dejar de amar al mismo ritmo que leemos y respiramos.
Inclinado sobre la última sensación que me ligaba a los sueños de mi adolescencia recito el último verso de un poema hecho de azares y laberintos. Las palabras se rebelan contra el lenguaje y los sueños se vierten como lluvia transparente sobre los restos de las ilusiones que como libros viejos también han sido olvidadas. Ya sé que no somos versos, ni rimas, ni el ritmo sincopado que inventa un saxofón cuando desnuda la noche de certezas.
Ya sabes, te miro y te admiro, y ahora que estás dormida te robo un sueño y me lo llevo escondido en mis entrañas y lo cuido y lo alimento y lo mimo con mis manos y mis ojos y mi boca y me lo llevo dentro, lo envuelvo entero y no puedo evitar, pese a mis cuidadosos intentos de hacerlo mío, que poco tiempo después el sueño robado desaparezca y viaje errante por el mundo hasta volver, no sé cuándo ni cómo, desnudo a ti, su dueña. Se hace de noche y el día me ha vuelto a robar tu presencia.
Miro alrededor y escucho el silencio de las fotos y de los libros que callan porque no son más que letras e imágenes sin derecho a la palabra. Se hace de noche y el aire trae olores y sabores de ausencia. Pienso en los minutos y las horas que me quedan para ser nada y no me salen las cuentas. Se hace de noche en la espiral de mis inquietudes, las mismas de las que brotan espontáneamente las islas y los islotes de tantas y tantas pequeñas cosas que ha producido esta vida. Cierro los ojos y me olvido de ser -como hacen los libros viejos con todos aquellos que, alguna vez, repararon en ellos-. Abro los ojos y recuerdo que la existencia le tiene horror al vacío.