All we are is dust in the wind

All we are is dust in the wind
No hay que desperdiciar una buena ocasión de quedarse callado (Jorge Drexler: SILENCIO)

A NADIE PRETENDO COMUNICAR CERTEZA ALGUNA. NO LAS TENGO.

A lo sumo alguna conjetura, siempre desde la incertidumbre.

Hace años lo aprendí de Albert Camus. Más tarde, unas palabras de Michel Foucault volvieron a recordármelo: No hay que dejarse seducir por las disyunciones, ni aceptar acríticamente los términos del dilema: o bien se está a favor, o bien se está en contra. Uno puede estar enfrente y de pie.

"La idea de que todo escritor escribe forzosamente sobre sí mismo y se retrata en sus libros es uno de los infantilismos que el romanticismo nos legó...las obras de un hombre trazan a menudo la historia de sus nostalgias o de sus tentaciones, casi nunca su propia historia" (Albert Camus)

http://books.google.es/books?id=GiroehozztMC&pg=PA25&source=gbs_toc_r&cad=4#

PARA QUÉ SIRVE LA FILOSOFÍA. Paco Fernández.


lunes, 28 de septiembre de 2026

PECIO 2156: UN DRAMA EXISTENCIAL

WITTGENSTEIN 

Un drama existencial

 

I can feel it coming in the air tonight
Oh, Lord
And I've been waiting for this moment for all my life
Oh, Lord

(Phil Collins) 

 

 

El Tractatus Logico-Philosophicus y los Diarios de Guerra son dos textos que muestran la bicefalia del filósofo austríaco L. Wittgenstein: el primero, con el que había resuelto o “disuelto” todos los problemas de la filosofía, representa su lado científico, racional e intelectual; el segundo expresa sus inquietudes éticas y religiosas, es decir, su preocupación constante por lo que llamó “lo místico”, concepto al que ligaba de un modo indisoluble su reflexión sobre la felicidad y el sentido de la vida.

 El tractatus concluía con la celebre sentencia que cancelaba la racionalidad como instrumento para solucionar los problemas existenciales del ser humano: De lo que no se puede hablar, mejor es callarse. Sólo la religión y la fe podían afrontarlos con ciertas garantías de éxito.    

 En los Diarios de Guerra, Wittgenstein encripta sus reflexiones personales sobre la ética, Dios y el sentido de la vida. Las cuestiones existenciales sobre ética y religión alcanzan el rango de objeto de reflexión filosófica en las últimas páginas del Tractatus Logico-philosohicus cuando habla de lo “místico”: un espacio de valor y sentido situado más allá de la realidad indiferente que configuran los “hechos”. Wittgenstein jamás siguió la norma o máxima con la que concluyó su primera gran obra, pues dijo y se dijo a sí mismo aquello sobre lo que nada se podía decir. Un ejemplo del carácter paradojal que envuelve la escritura y la vida de Wittgenstein.

 ¿Cuáles son los puntos de contacto entre el hombre y el filósofo? Lo místico no se puede decir, pero está ahí, impregnando la vida del individuo con una profundidad e insistencia que nunca alcanzan las inquietudes científicas. “De lo que no se puede hablar, mejor es callarse”, dice Wittgenstein. Pero uno no puede dejar de seguir hablando. Lo hizo Wittgenstein, lo hacemos, de un modo u otro, todos.

 La razón pone unas condiciones que son imposibles de satisfacer por cualquier tipo de experiencia que transcienda los límites definidos por la realidad positiva descrita por la ciencia natural. Wittgenstein, al mismo tiempo que está elaborando la teoría que exige un isomorfismo estructural entre el lenguaje y la realidad, está librando una batalla de carácter ético y religioso ligada a sus exigencias de coherencia moral, de búsqueda de una vida con sentido. Su rigor intelectual entra en conflicto con su ideal de honestidad y de conducta irreprochable: el Tractatus había propuesto un método para resolver todos los problemas de la filosofía mediante su disolución. Sin embargo, este método que curaba a la filosofía, no proporcionaba ninguna clave para resolver los “verdaderos” problemas de la vida, aquellos ligados a la experiencia moral y religiosa. Precisamente, como él mismo dijo, los que constituyen la segunda parte del libro, es decir, la más importante y que no fue escrita. 

 Entonces, ¿para qué sirve la filosofía si no es capaz de resolver los problemas importantes del ser humano? Porque hemos de reparar en el hecho de que disolver el problema, por ejemplo, del sentido de la vida, no implica que desaparezca. En todo caso, atendiendo al devenir filosófico-existencial de Wittgenstein, parece que dicho problema, junto a otros, no se disolvió: desapareció del ámbito del decir, pero no del pensar y del vivir. La lucha interior de Wittgenstein consistió, precisamente, en una batalla que sólo podía acabar con un sacrificium intellectualis, con un acto de fe en detrimento de las exigencias racionales. Wittgenstein nunca pudo o supo renunciar a ellas.

 La lucha interior de Wittgenstein presenta un escenario en el que la razón y la fe pugnan por encontrar su lugar en el alma del filósofo austriaco. Por un lado, la voluntad de creer en Dios como punto de partida para descifrar el enigma del sentido de la vida y, por tanto, de la felicidad; por otro, la imposibilidad de hacerlo desde la lógica y la razón. Una cosa es la filosofía y otra la vida. ¿Qué ocurre cuando se produce el encuentro inevitable entre la reflexión filosófica y las inquietudes existenciales? ¿Qué hacer cuando ambas se enfrentan en un mismo individuo? Entonces, hay que tomar una decisión que, en algunos casos, consiste, básicamente, en no elegir, porque cualquiera de las opciones genera un nuevo conflicto. Esta no elección no es el fruto de la voluntad, sino de la imposibilidad de dirigirse hacia uno u otro polo del conflicto. Renunciar a la lógica “para ir al encuentro de lo sagrado”, significa un sacrificium intellectualis que el filósofo austriaco jamás llegó a implementar. Instalarse en el razonamiento lógico significa renunciar a la inquietud fundamental de otorgar un sentido a la vida. La lucha interior se transforma en una búsqueda interminable, en un desgarro existencial, en una tensión continúa entre las exigencias de la razón y la necesidad de una fe (ausente) a partir de la cual otorgar un sentido a la vida. Wittgenstein perdió la batalla pues nunca pudo abdicar de su razón, de la lógica, para entregarse al absurdo de la fe. Wittgenstein no pudo dar el salto kierkegaardiano a la vida religiosa, ni se instaló en la tensión trágica camusiana resuelta en el absurdo. Dos fuerzas titánicas frente a frente. Dos movimientos contrarios que confluían en el alma del filósofo.

 Wittgenstein murió a los 62 años de un cáncer de próstata. Durante los últimos años de su vida se planteó cuestiones relativas a la vida tras la muerte y al castigo o recompensa eterna. Mantuvo conversaciones con un cura católico. Su lado emocional le llevaba a ello. Sin embargo, su lado racional le arrastraba en dirección contraria. Tras comunicarle que se le retira el tratamiento contra el cáncer y que le quedan unos pocos meses de vida, le dice a un amigo: “Todo mi interés se concentra aún en esta vida y en lo que todavía puedo escribir”.