Lucidez
La lucidez es un don y es un castigo. Está todo en la palabra. Lúcido viene de Lucifer, el arcángel rebelde, el demonio... La lucidez es dolor y el único placer que uno puede conocer, lo único que se parecerá remotamente a la alegría será el placer de ser consciente de la propia lucidez.
(Alejandra Pizarnik)
No todo es lenguaje, como dicen los postmodernos postnietcheanos. No todo es interpretación, como siguen insistiendo con el paso de los años. No todo es relato, como se dice hoy en día en el ámbito sociopolítico. No pongo en duda el poder fetichista del lenguaje, su inefable astucia para confundirnos o su capacidad de seducción. De ahí que dedique parte de mi actividad diaria a la lectura. No leo para encontrar la verdad en los libros, sino, entre otras cosas, para desactivar, precisamente, la idea de que en los libros está la verdad. Leo para vislumbrar pistas, prever estrategias sobre lo que en mi se ausenta en cada mirada, en cada acto por el que busco un sentido a esta forma tan extraña de sentir el mundo a través de las palabras, a través de todos los libros que se han escrito y los que están por escribir. Leo para aclarar que todo no es más que confusión y desconcierto, para confundirme cada vez que la claridad de un enunciado me lleva a pensar que algo puede quedar resuelto definitivamente. Leo porque apuesto por la razón frente al misterio, porque me parece muy misteriosa esta apuesta por la razón. Leo fragmentos que no entiendo porque para entenderlos debería dejarlos reposar en la inmediatez de su inefable quietud y no traerlos a la vida con el ritmo que mis ojos le imponen al intentar descifrarlos. Fragmentos en los que atisbo una huella de lo sembrado y jamás recogido, un vestigio de todas las miradas que jamás descansaron en el confortable espacio que intenté ofrecerles aquel día, en aquel momento.
Cierro los ojos e imagino aquello que decidí olvidar o languidecer en el rincón más apartado de mi memoria. Leo fragmentos que me invitan a caminar por las sendas que nunca quise seguir por miedo o cobardía, por debilidad o fortaleza, por aversión o devoción a los caminos ya trazados. Leo tus besos y tus abrazos, los dados y los olvidados. Dejo las palabras o ellas me dejan. Nos distanciamos sin pudor, las palabras y yo, cada uno con sus paradojas y contradicciones, con sus esquinas sin picos y sus círculos sin centro, con el fantasma de que todo diálogo no pasa de ser un monólogo del lenguaje que sólo se habla a sí mismo. No todo es lenguaje, no todo es relato, no todo es palabra, y por ello hoy ya me callo, me amordazo o me aprieto la mordaza que he tejido con otros a mi lado, o más lejos, en sus despachos o en sus habitaciones o en sus camas o embutidos en sus edredones de juicios y prejuicios. Hoy ya me largo con la sensación de no haber llegado todavía a alcanzar la lucidez, ni siquiera de haberla rozado, pero estoy vivo y sigo leyendo.