El girófago inventor de sonrisas
Ninguna actividad es más ajena a los girófagos que la introspección. Un girófago, que pasaba el día inventando sonrisas, dejó de sonreír y decidió ponerse serio tras leer las Confesiones de San Agustín. Inició un proceso de autotrascendimiento con la finalidad de entrar en contacto con su yo interior. Superada la barrera porosa del preconsciente llegó a la roca madre inconsciente donde esperaba encontrarse con su verdadero yo. Se encontró a otro. Y a otros. Todos ellos reivindicando su autenticidad y veracidad. Un potaje de egos que competían por ser el verdadero rostro de la verdad del girófago que se puso serio. Cansado de viajar por las entrañas de su mismidad, regresó a la realidad exterior justo en el momento en el que comenzaban las girofagopiadas: fiestas a las que no están invitados ni los cenobitas, ni los lánguidos, ni los yoes interiores.
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