Infierno
Hey, Satan!
Paid my dues
Playin' in a rockin' band
Hey, mama! Look at me
I'm on my way to the promised land
I'm on the highway to hell
(ACDC)
El infierno son los otros, decía el filósofo existencialista Jean Paul Sartre. Un infierno en la tierra, la mirada de los otros, la mirada sádica que nos convierte en objetos. La religión defiende, reconozco con cierta ambigüedad, que existe un infierno en el más allá. La miseria se duplica, dos infiernos, uno aquí y otro allí, uno cercano, diario y cotidiano, sufrido día a día, el otro, diferido, eterno, irreversible, el invento macabro de un Dios que aspira a ser único, y en su tentativa nos obliga a pensar la paradoja cuando no la contradicción: la suprema bondad es capaz de imaginar un lugar privilegiado para que habite la maldad absoluta. El esperpento no es monopolio de la racionalidad humana, de él no se libra ni la divinidad, por muy única que sea. El doble o triple o cuádruple lenguaje de los acólitos del dolor y la renuncia me deja atónito, sumido en una perplejidad insobornable. El juego en el que compiten las palabras y las cosas, el lenguaje y los hechos, se complica cuando hablan los delegados del poder supremo. La consigna es clara: aquello que no se puede conseguir mediante la persuasión, se consigue mediante la interiorización del miedo enquistado en el cuerpo y en el alma. El GPS no recomienda ningún itinerario ni nos dice el costo total del viaje hacia el Averno. Las cartografías al uso se muestran incapaces de determinar su ubicación. Los ungidos afirman que el infierno no es un lugar sino un estado espiritual, moral y, entonces, hipostasian la maldad. Infierno, Purgatorio, Limbo, demasiado complicado este entramado de ficciones. No me corresponde afirmar o negar la existencia de Dios, no me compete. No sabemos cómo es Dios, no sabemos si existe, pero si sabemos que la voz y las palabras de ciertos manipuladores de cuerpos y de almas refutan cualquier signo de su presencia. Aquí, en este laberinto de ideas y sentimientos, no hay lugar para el infierno ni para el cielo porque no hay ni luz ni tinieblas, ni ángeles ni demonios, ni arcángeles ni hábitos purpúreos que nos obliguen a llamar pecado al goce mientras pretenden que nos apuntemos a la exaltación del dolor y a la inmolación de la racionalidad ante el altar donde moran las ficciones de la fe.
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