All we are is dust in the wind

All we are is dust in the wind
No hay que desperdiciar una buena ocasión de quedarse callado (Jorge Drexler: SILENCIO)

A NADIE PRETENDO COMUNICAR CERTEZA ALGUNA. NO LAS TENGO.

A lo sumo alguna conjetura, siempre desde la incertidumbre.

Hace años lo aprendí de Albert Camus. Más tarde, unas palabras de Michel Foucault volvieron a recordármelo: No hay que dejarse seducir por las disyunciones, ni aceptar acríticamente los términos del dilema: o bien se está a favor, o bien se está en contra. Uno puede estar enfrente y de pie.

"La idea de que todo escritor escribe forzosamente sobre sí mismo y se retrata en sus libros es uno de los infantilismos que el romanticismo nos legó...las obras de un hombre trazan a menudo la historia de sus nostalgias o de sus tentaciones, casi nunca su propia historia" (Albert Camus)

http://books.google.es/books?id=GiroehozztMC&pg=PA25&source=gbs_toc_r&cad=4#

PARA QUÉ SIRVE LA FILOSOFÍA. Paco Fernández.


lunes, 19 de octubre de 2026

PECIO 0414: SUJETO DE...SUJETO A...

Sujeto de...sujeto a...

 

 I fought the law and the law won

(The Clash) 

 

    Yo, que no soy de banderas tricolores ni rojigualdas, que no comulgo con ideologías ni me identifico con ningún régimen político, sé que abomino de dictadores y generalísimos, de integrismos y teocracias, de fanáticos y pusilánimes, de comunismos mesiánicos y capitalismos liberales, de socialismos con la izquierda quebrada y centrismos estratégicos, de sindicatos oportunistas y oportunismos descafeinados, de anarcocapitalistas mileisianos o trumpianos, de centrifugados wokistas o abanderados abascalianos. Aunque algo conozco la historia del término, no sé qué es la democracia, pero sé que lo que actualmente se llama así es un sucedáneo preparado para el consumo público. ¿Qué queda de la resistencia a la humillación, a la explotación y a la vejación? Retomo el lema de Gary: el derecho a escupir sobre toda la gentuza que construye su vida y su economía sobre los lomos de los que se ganan el pan con el sudor de todo su cuerpo.

    Hoy, que se extiende la ola ultraderechista, chabacana e infumable, se me ocurre afirmar que pensar consiste en ir contra el espíritu del tiempo, contra las posiciones políticamente correctas, contra las líneas definidas por ideologías y filosofías que pretenden establecer los límites y los parámetros que definen lo que debe ser pensado y cómo debe ser pensado. Así, frente a los intentos neo-nostálgicos de las dictaduras de antaño, digo un NO con mayúsculas, un NO espontáneo, visceral, sólido, sin grietas por las que se pueda filtrar el más mínimo motivo de duda. Un NO, más tarde, matizado, retocado, asentado sobre la autoafirmación y el poder sobre la propia realidad. Un NO posteriormente transfigurado por la apelación a la forma, quizás a la entonación que caracterizó a la pregunta cuyo signo final de interrogación casi coincidió en el tiempo con la emisión de la negación. En definitiva, un NO con MAYÚSCULAS.

    Pertenezco a una generación experta en el arte de sentir el amargo sabor de la derrota sin haber librado batalla alguna. Llegó tarde a todas las citas con la historia. Mi generación no pretexta ninguna disculpa, se sabe inocente y reparte a diestro y siniestro un repertorio infinito de culpas. Este ha sido el legado de mi generación a las nuevas generaciones, una herencia que se ha transformado en voluntad de sumisión a la figura del líder y de veneración por el autócrata. Tiempos genuflexos de atomización del individuo cómodamente instalado en el grito gregario de una masa envuelta en una bandera o en una identidad programada. Y aquí, no se debe olvidar que la ficción de ser UNO es la proyección subjetiva de un OTRO en su afán por evitar la peligrosa riqueza que se deriva de lo múltiple. La ficción de la IDENTIDAD tiene tal fuerza que llegamos a creer que su contrario es disfunción o patología.

    Y ME recuerdo que soy ciudadano. Frente a mí, no conmigo, están aquellos que detentan el poder. Soy sujeto de derechos y de deberes y estoy sujeto a aquello que me gobierna. Más allá o más acá de posiciones estratégicas de carácter ideológico (derechas o izquierdas, conservadoras o progresistas), mi ciudadanía me libera y me secuestra. Soy ciudadano, luego soy gobernado. Los gobernantes afirman que su objetivo es el bien común, la felicidad de los gobernados. Y así se reservan el derecho de condenar al ciudadano a pagar las deudas generadas por sus decisiones y negligencias. La responsabilidad es una cualidad ajena y extraña a nuestros gobernantes. Soy ciudadano y rechazo la economía de las funciones que disponen: la indignación para el ciudadano, la acción para el gobernante. Indignación lírica que fomentan y se adecúa perfectamente a sus intereses. La indignación del ciudadano le viene bien al político mientras ésta se inscriba exclusivamente en el ámbito de lo teórico y no se proyecte en el ámbito de la praxis: “Vosotros indignaos y hablad que nosotros decidiremos”, dicen confiados. Somos ciudadanos y basta ya de indignación ritualizada en gestos y manifestaciones inocuos. La asepsia ciudadana debe dejar paso a la tarea de despojar a los políticos del monopolio de la acción. Sobre todo, cuando ésta se encuentra desprovista de una evaluación de sus consecuencias. Ahora bien, ¿Cómo coño se hace eso?

 

 


 

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