A propósito de unos versos Clunyanos de Antonio Lorente
De miedos y ausencias
Soy de los que no aparcan en doble fila, sino al otro
lado de la carretera
(Luigi Cesare)
No sé si es
que no encontraba las palabras adecuadas o si mis ideas eran excesivamente
confusas. El caso es que tras varios intentos de escribir un pecio, solo me
quedó este breve apunte:
Recuerdo el título de un libro
que leí hace algunos años: Frío de vivir.
No recuerdo ni el argumento ni los personajes. Fue una de las lecturas que
compartimos en aquellos tiempos en los que cruzábamos las sonrisas fundiendo la
vertical con la horizontal. Entonces no existía la frialdad, o tan solo existía
en el título de un libro compartido. Recuerdo un cuento de Cortazar en el que
una fuerza maligna, indefinible e indescriptible, iba apoderándose poco a poco
de las diferentes estancias de una casa. Los propietarios las iban cerrando a
medida que la fuerza se extendía, hasta que el germen maligno conseguía
instalarse por completo. Creo que termina así, pero, sinceramente, no recuerdo
el final del cuento. La entrada del invierno me ha hecho recordar ambos
títulos. El cuento de Cortázar comienza con la fuerza en progresiva expansión,
pero el autor no nos dice cómo surge o dónde se origina. Es lo que tiene la
frialdad cuando constatamos su presencia. Es inútil indagar en qué momento y
dónde comenzó. Frío de vivir.
El resultado
no demasiado afortunado me condujo de un modo inevitable al Cluny. Allí siempre
encuentro cobijo y acomodo entre los amigos que desde hace años nos hemos
empeñado en compartir miedos y ausencias: los que nos tienen a pesar de
nuestros intentos, a veces desesperados, por mantenerlos lejos de la epidermis
de nuestras vidas.
Lorente,
animado por el infortunado pecio que presidia el encuentro, cigarrillo en mano,
nos declama unos versos:
Lo que más tengo son ausencias
y miedos
No se lo digo a nadie
O a casi nadie
Fue casi nadie
Hubo casi nadie
También me da miedo aparcar en
doble fila en mi vida
Tampoco lo sabe nadie
Aunque se me note
Yo creo que se me nota
Tengo miedo de ausencia
Un coche aparcado en mi puerta
Que me obliga a aparcar en
doble fila
En mi vida
Como un vado permanente
Inabordable
Dirección prohibida
Cuánto me he perdido
Todo son miedos
Y ausencia
Lo que más tengo
Y digo yo que ausencias y miedos me tienen, no
atrapado, pero sí muy bien cogido. Y digo yo que intuyo ausencias que me dan
miedo y me cito con el miedo cuando atisbo ausencias en un futuro incierto. Y
pregunta Arcadio, con mirada circunspecta y austera, que dónde ubicar esos
miedos y esas ausencias, si en el haber o en el debe de nuestro singular libro
de contabilidad existencial. Si es la vida que se empeña en cobrar la deuda que
contrajeron nuestras miserias, esa misma vida en la que ya no tenemos vado
permanente, por el déficit que acumula, y nos obliga a aparcar en “doble fila”.
Y responde Lorente a modo de coro trágico de una obra que no se somete a los
ritmos armónicos de un presente pleno, sino a reactualizaciones de nostalgias
que se cuidan de no abismarse en la melancolía:
Cuánto me he perdido
Cuando me he perdido
Cuándo me he perdido
Y respondemos a coro, esta vez tragicómico, en un
claro homenaje a Omar Kayyam:
Bebamos
licor de limoncello, regocijémonos con los vapores de elixir que evade y
aliena, basta de palabras inútiles.