Alea non iacta est
No he cambiado.
Agotado
me hago fuerte,
como sol hiriente
del atardecer
(A. Lorente)
Un pecio no habla en nombre de ningún grupo o colectivo filosófico, ideológico o cultural. Un pecio no habla en nombre de nada ni de nadie. El peciósofo es el reverso del intelectual, no se considera un mediador entre los valores universales y esa entidad abstracta denominada “pueblo”, no se piensa un intermediario entre lo Justo, lo Verdadero, el Bien y el entorno cívico del ciudadano contemporáneo. El peciósofo no aspira al sacerdocio laico. Jamás se le ocurriría pensar que habla en nombre de la humanidad (otra abstracción, en ocasiones, muy peligrosa, pues son innumerables los crímenes que se han cometido en su nombre). El peciósofo habla en primera persona, condicionado, pero no determinado, por su tiempo. Su rechazo de los “absolutos”, su defensa de lo contingente, su apuesta por el escepticismo metodológico y el relativismo contextual, le hace inmune al poder devastador de las ideologías. El peciósofo no rinde cuentas a ninguna institución humana o divina. Vive de su propio crédito en el seno de una visión trágica de la vida que lo inscribe en un espacio liberador de las clásicas dicotomías ficticias de la filosofía y de la política. La tensión entre los conceptos-fuerza es irresoluble. Hay que aprender a vivir con ella. Rechaza lo postmoderno, lo “woke” y las aspiraciones totalitarias de los integrismos religiosos o ideológicos contemporáneos. Su posición parte de la negatividad eidética -pues no se presenta ni como apocalíptico ni como integrado- para defender una positividad existencial, un camino que va de la escritura a la vida. Conserva de la tradición aquello que estima susceptible de ser conservado, rechaza el esnobismo y multiplica sus frentes y sus batallas sin ahorrar munición contra todo tipo de encorsetamientos del cuerpo y del alma. Desconfía de las abstracciones de la filosofía y de las ficticias polarizaciones de la política. Está empeñado en jugarse la vida por aquello que ama, porque sabe que, sin amor, Sísifo abandonaría la roca y se dejaría morir de hambre y de sed. Sabe de la fragilidad de lo “importante”, de los riesgos de su actitud, pero juega a vivir con el lema de que la suerte NO siempre está echada, pues tengo un ambicioso plan: consiste en vivir: "Mejor perderse que nunca embarcar / Mejor tentarse a dejar de intentar".
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