El juego de los espejos
I'll be your mirror
Reflect what you are, in case you don't know
(The Velvet Underground)
Desear al otro, y ser reconocido, deseado. Desear ser deseado. La perversión estriba en el deseo ajeno a toda forma de reciprocidad, en el deseo que exige el sometimiento. Sin lugar a dudas, hay un cara a cara de las conciencias -o inconsciencias, qué más da- deseantes. Es cierto que hay lucha, agón y conflicto. La relación se estructura a partir de dos universos subjetivos inconmensurables. La perversión estriba en la exigencia de rendición de una de las conciencias -o inconsciencias-, de la emergencia de una conciencia victoriosa, de que el vencido exprese que su temor fue más fuerte que su deseo. La relación erótica es dialéctica de un modo extraño. No admite la síntesis o superación de la tesis y la antítesis. Dicho de otro modo, es trágica. El amante desea el reconocimiento del amado, es decir, establecer el juego de los espejos y percibirse como amado. Igual ocurre con el amado. Así pues, no hay amantes ni amados, sino amantes/amados y amados/amantes. Y para no dar lugar a equívocos innecesarios, afirmo que no estoy hablando de sexo. Más bien de aquello que escribió L. C. bajo el seudónimo de P. F.:
“Si un día te pido que me entregues tu corazón, no me hagas caso. Casi seguro que morirías y yo no sabría qué hacer con dos. Quizás uno para las sístoles y otro para las diástoles, o mejor, uno para la sangre arterial y otro para la venosa, o tal vez, uno para el día y otro para la noche, o podría utilizar uno en invierno y otro en verano, o el tuyo, fuerte y generoso para mis días altruistas y el mío, algo más mezquino, para mis malas leches. Cómo no me decido y me urge tomar una decisión, mejor no me lo entregues, prefiero que siga en tu interior justo algo desplazado a la izquierda, latiendo sin pausa al ritmo improvisado de una pieza de jazz”.
No hay comentarios:
Publicar un comentario