ESCRIBIR PECIOS
Escribir es arriesgarse
A no encontrar las palabras
Abras las puertas que abras
Es fácil equivocarse
Escribir es contrariarse
Ponerse en duda a uno mismo
Es frecuentar el abismo
Y aceptarse vulnerable
(Pedro Pastor y los locos descalzos)
Hablar o escribir es exponerse a ser…comentado. El habla es evanescente, la escritura fija y ata a la dicho. Lo sabemos, lo hemos sufrido. Platón ya avisó de la indefensión de lo escrito y de los peligros que supone para la memoria. Decir implica asumir las consecuencias de lo dicho, los intentos de manipulación, la amenaza de la tergiversación y la sensación de comprender por qué uno no es entendido. Los pecios son fragmentos de algo cuya extensión sobrepasa lo dicho. Son picaduras que inoculan en el alma incertidumbre e inquietud. Si tranquilizan al lector (y escritor), entonces no son pecios. El carácter sintético del pecio es una estrategia que pluraliza la interpretación y nutre la voluntad hermenéutica. Abrevia para incitar al lector, resume para incordiarlo. Un pecio es un vientre embarazado que exige que el lector participe en el parto. Su provisionalidad no es azarosa, a diferencia de su contingencia. Su plasmación en la escritura es una de las múltiples formas que podía haber adoptado. Ni siquiera la más oportuna o correcta. Un pecio es opera aperta. Su finalidad es suscitar un contrapecio (con o sin trapecio, pues cada lector tiene su impronta). Si un pecio no es dinamitado, entonces es otra cosa. Necesita al lector, pues el que lo escribe (no soy un escritor) sabe de su carácter impreciso e incompleto. Un pecio es la materialización del escepticismo metodológico, la constatación de la provisionalidad de toda verdad y de la profanación irreverente de las palabras. Un pecio es un ente móvil que nunca llega al final del trayecto. Y todo ello, sin dejar de constatar en la escritura del pecio que “Si alguna falta en esta se hallare, os de mi parecer que fue culpa de su galgo autor, antes que falta del sujeto”.
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