All we are is dust in the wind

All we are is dust in the wind
No hay que desperdiciar una buena ocasión de quedarse callado (Jorge Drexler: SILENCIO)

A NADIE PRETENDO COMUNICAR CERTEZA ALGUNA. NO LAS TENGO.

A lo sumo alguna conjetura, siempre desde la incertidumbre.

Hace años lo aprendí de Albert Camus. Más tarde, unas palabras de Michel Foucault volvieron a recordármelo: No hay que dejarse seducir por las disyunciones, ni aceptar acríticamente los términos del dilema: o bien se está a favor, o bien se está en contra. Uno puede estar enfrente y de pie.

"La idea de que todo escritor escribe forzosamente sobre sí mismo y se retrata en sus libros es uno de los infantilismos que el romanticismo nos legó...las obras de un hombre trazan a menudo la historia de sus nostalgias o de sus tentaciones, casi nunca su propia historia" (Albert Camus)

http://books.google.es/books?id=GiroehozztMC&pg=PA25&source=gbs_toc_r&cad=4#

PARA QUÉ SIRVE LA FILOSOFÍA. Paco Fernández.


jueves, 13 de abril de 2023

Aforema 0845 Escepticismo 5

Aforema 0845     Escepticismo 5


Todo poder (incluso el que se ejerce en las democracias contemporáneas) tiene una impronta totalitaria, aspira a dominar de un modo absoluto y exige, por tanto, una sumisión o servidumbre no menos absoluta. Dicha servidumbre puede ser voluntaria (De la Boetie) o inducida por instrumentos legitimadores, como los mitos fundacionales, cuyo objetivo es infantilizar a la población y procurar su tutela paternalista. La función de dichos mitos no es otra, dice Javier Gomá, que “la sacralización de lo público”, es decir, “hacer que las leyes no solo reglamente la libertad exterior de las personas sino que sus mandatos vinculen también sus conciencias, e inversamente, que los incumplimientos de las leyes, además de merecer castigo jurídico, sean reputados adicionalmente profanación, sacrilegio o herejía”. Dios ha muerto, dice Nietzsche, pero su sombra es larga, la misma que proyecta un espacio en el que el vacío dejado por la divinidad ha sido ocupado por los ídolos modernos o contemporáneos: el Estado, la Economía, la Ley, la Cultura, la Naturaleza, la Historia, etc.

Todo poder es idólatra. Y no hay mejor modo de combatir la idolatría –desde una vocación iconoclasta- que adoptando una actitud escéptica equidistante del integrismo y la dispersión axiológica del “todo vale”. Combate que utiliza la profanación (Agamben) como instrumento performativo: despojar de toda connotación sacra, religiosa o mágica, a toda palabra, acción o institución.  

Respirar, decía Albert Camus, es pactar con el Estado. Y cuando digo respirar, digo también escribir, amar, sentir, estudiar, afirmar y negar. En definitiva, digo, sin lugar a dudas, vivir. El capitalismo, nuestra realidad más inmediata, se reinventa continuamente y nos propone nuevos ídolos ante los que inmolarnos. Así, respirar es pactar con los caprichos y devaneos del mercado: esa entelequia, tanto más real cuanto ilocalizable, que todo justifica y que a todos exonera de culpas o responsabilidades.

Uno aprende que no hay modo de esquivar la tentación de poseer cosas, personas o ideas. Uno aprende que poseer es uno de los modos de ser poseído, que tener cosas, personas o ideas, es una modalidad de enajenarse en esas cosas, personas o ideas. Pero uno olvida aquello que aprende, y aprende, también, a olvidar. Olvidamos las palabras, las caricias, los besos y los abrazos. Olvidamos los versos y las rimas. Olvidamos la mirada que una vez acogimos y domesticamos. Olvidamos el deseo. Y, en medio de tanto olvido, nos cobijamos en las cosas, las personas o las ideas que poseemos –o creemos poseer. Y, así, poco a poco, entre la necesidad de poseer y la fatalidad de olvidar, la vida se llena y se vacía, paradójicamente, al mismo tiempo.

Hoy la lógica capitalista borrosa da una nueva vuelta de tuerca al mundo, a la economía, a nuestras vidas, a lo real. Vivimos una nueva época de miedos y temores añadidos. Miedo a perder el trabajo que ya no se tiene o la casa que ya no se posee. Miedo, no ya al futuro, sino al mismo presente que niega, que no soporta afirmar, un porvenir vacío de contingencia e incertidumbre, porque todo mañana ha sido ya descrito en el juego de las previsiones y las estadísticas.

Hoy se acusa de ilegítima defensa a quienes ejercen su derecho a rebelarse contra la situación que han creado políticos corruptos, banqueros depredadores y empresarios burbujeantes. Hoy no sabemos hasta dónde llegará la acusación de todos aquellos que han provocado que, en esta época de miedos, el mayor miedo tenga que ver precisamente con ese mañana que no veremos pero que sufrirán nuestros hijos.

Ante este panorama, la actitud escéptica se erige hoy como la condición de posibilidad de la conciencia crítica, como un dispositivo contra el miedo inducido por la vocación totalitaria del poder. 

 


 

 

 

 

Aforema 1019 Escepticismo 4

 

 Aforema 1019         Escepticismo 4

 

No hay ninguna garantía de que los esfuerzos realizados por los seres humanos se vean recompensados. Ni la naturaleza ni la historia garantizan el éxito de las acciones o proyectos humanos. Mucho menos la apelación a una divinidad providencial. Naturaleza e Historia, en cuanto garantes, no son más que la secularización de la Providencia. La naturaleza no es una Madre protectora ni la Historia tiene un sentido inscrito en el inicio de su devenir. La solución a las contingencias sociopolíticas contemporáneas no se encuentra en un retorno a la naturaleza ni en un enmarcar nuestras acciones en la línea que marca el sentido de la historia. Junto a Marquard abogo por decir “adiós a los principios”, a las hipóstasis totalizadoras que simplifican el pensar y actuar humanos. Parafraseando a Nietzsche, diría que desconfío de los “totalizantes” y me aparto de su camino, la voluntad totalitaria –totalizante y unificadora- es falta de honradez. Parafraseando a Camus, diría que me sitúo en el punto indefinido en el que se intersectan los constructos telúricos y sociales que generan modelos realistas de lo real. Es decir, en la tensión irresoluble entre lo dado y lo adquirido, la tradición y la innovación, el ser y el deber ser, la asunción de lo que he llegado a ser y la rebelión contra lo que soy. Es lo que llamo escepticismo trágico: la afirmación de que siempre estamos en la perpendicular de nosotros mismos (Foucault), en ese punto cuántico indefinible por no poder precisar las dos coordenadas que nos inscriben en la vida: el que bascula entre la agitación dionisíaca y la aceptación apolínea. 

 


 

sábado, 8 de abril de 2023

Aforema 1809. Escepticismo 3.

 

Aforema 1809.         Escepticismo 3.

 Los hombres amontonan errores en sus vida y crean un monstruo al que llaman destino.

                                                                                                                      (John Keats)

 

No sé cuánto pesan los errores. Pero sí que pesan más que los aciertos. Lo constato cuando intento vaciar la mochila que me acompaña desde que nací. Quizás la proporción sea de diez a uno. No sé, tampoco tiene tanta importancia. Lo que sí sé es que detecto mejor los errores que los aciertos. Es decir, sé cuándo un error lo es (otro asunto es que lo reconozca), pero nunca estoy seguro de si realmente acierto cuando creo que lo hago. La acumulación de errores puede tener consecuencias terribles pues incrementa el tamaño y la fuerza de la “catástrofe” que llevo en mi mente, de ese magma constituido por el dolor o sufrimiento que he provocado en los demás y en mí mismo. En cuanto a sus consecuencias, los errores también superan a los aciertos. Los efectos que causan los errores son más nefastos que los beneficios que provocan los aciertos. Lo cual contribuye a incrementar la intensidad, cuando se manifiesta, de la catástrofe que anida en mi mente.

Leyendo a Fernando Savater, he encontrado una cita de Thomas Bernhard -un escritor al que leí en mi juventud con interés y pasión, sobre todo su novela EL MALOGRADO: “En cada cabeza humana se encuentra la catástrofe humana que corresponde a esa cabeza”. Un aspecto de la catástrofe es la conciencia plena de que uno tiene la solución para mejorar a los demás, a la sociedad, al mundo. Y todo ello, independientemente de lo que piensen los demás, la sociedad o el mundo. Al hilo de lo dicho, el comentario de Savater no tiene desperdicio:

“Lo malo no es llevar una catástrofe en la cabeza…sino proyectarla sobre los demás, imponerla, convertirse en misionero o comisario de la propia catástrofe…Así empiezan las tiranías…el terrorismo…los mesías...todos los que no renuncian a hacer algo por la Humanidad. Gente peligrosa…a la que se le sale la catástrofe del coco y avanza vociferando…entre el arrobo fatal de los pardillos y el pavor de los mejor avisados.”

En definitiva, hay que estar en guardia por si se presenta algún imperialista de la catástrofe, alguien que quiera imponer su catástrofe. Hay que vacunarse contra el contagio catastrófico. Hay que actuar como un “guerrillero contra la inmaculada concepción de las catástrofes imperialistas” (Savater, de nuevo). Ha habido guerrilleros contra la impostura catastrófica que no han ahorrado en munición contra la imposición de catástrofes ajenas. Lidiar con su propia catástrofe ya era una tarea inmensa. A dichos guerrilleros se les llama ESCÉPTICOS.  

 

When they poured across the border I was cautioned to surrender This I could not do I took my gun and vanished.
 
                   (Leonard Cohen)