La felicidad (sin el ja, ja, ja...)
Defender la imperfección es salvaguardar la condición humana atendiendo a los límites en los que se enmarca. La peciosofía es una filosofía de la finitud e imperfección humanas que presupone la contingencia y rechaza cualquier absoluto con pretensiones de necesidad. De ahí que también piense la felicidad desde la finitud y proclame que no hay sino felicidad en la infelicidad. La tentación de lo absoluto solo puede conducir a la autodestrucción. Las fórmulas de la felicidad no son sino mistificaciones de la realidad, como infames aquellos que las inventan. No hay felicidad sin sombras. Soñar con lo imposible, como aconsejaba el poeta, no es sino impostura y desvarío. La felicidad se articula según tres parámetros: junto, a pesar y por. Junto a la infelicidad, a pesar de la infelicidad y, precisamente, por la infelicidad. El cristianismo relativiza la felicidad EN este mundo y CON este mundo, para situar el absoluto en la trascendencia, en OTRO mundo. La filosofía de la historia inmanentista de carácter marxista relativiza la felicidad EN este mundo mediante la secularización del proceso. La felicidad es el final de la historia en ESTE mundo: sociedad sin clases, sujeto plenamente realizado, un reino de la justicia y de la libertad, de cada uno según sus capacidades, de cada uno según sus necesidades. Tanto en la jurisdicción cristiana como marxista, en el tránsito de la infelicidad a la felicidad, la cuestión es liberar el mundo del hereje o del contrarrevolucionario, del pecador o del disidente, de los que se oponen a la fe o de los que se oponen al progreso: enemigos de Dios, enemigos de la humanidad, dicen.
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