All we are is dust in the wind

All we are is dust in the wind
No hay que desperdiciar una buena ocasión de quedarse callado (Jorge Drexler: SILENCIO)

A NADIE PRETENDO COMUNICAR CERTEZA ALGUNA. NO LAS TENGO.

A lo sumo alguna conjetura, siempre desde la incertidumbre.

Hace años lo aprendí de Albert Camus. Más tarde, unas palabras de Michel Foucault volvieron a recordármelo: No hay que dejarse seducir por las disyunciones, ni aceptar acríticamente los términos del dilema: o bien se está a favor, o bien se está en contra. Uno puede estar enfrente y de pie.

"La idea de que todo escritor escribe forzosamente sobre sí mismo y se retrata en sus libros es uno de los infantilismos que el romanticismo nos legó...las obras de un hombre trazan a menudo la historia de sus nostalgias o de sus tentaciones, casi nunca su propia historia" (Albert Camus)

http://books.google.es/books?id=GiroehozztMC&pg=PA25&source=gbs_toc_r&cad=4#

PARA QUÉ SIRVE LA FILOSOFÍA. Paco Fernández.


viernes, 8 de mayo de 2026

Rotura de fibras en el isquiotibial (9): Epílogo.

 Rotura de fibras en el isquiotibial (9): Epílogo

Tous les garçons et les filles de mon âge
Se promènent dans la rue deux par deux
Tous les garçons et les filles de mon âge
Savent bien ce que c'est qu'être heureux

(Françoise Hardy) 

Anotaciones de Enzo Domani a la lectura de El libro del desasosiego de Fernando Pessoa. Esta selección del escritor fue publicada como epílogo a su libro Anhelos Trágicos de Heterodoxia Doméstica.

En mi vida, toda situación es oblicua, opaca, permeable, no cartografiable; y es por ello por lo que no encuentro razones ni para aceptarla, mediante un acto de afirmación sólidamente fundamentado, ni para rechazarla absolutamente. En un mural de una calle de Paris, el autor firmó con una sentencia de Sartre: “Nos os apoyéis, mortales, deslizaos”. Cuando tengo que tomar una decisión trascendental, constato que un balance de mis miserias (muchas) y grandezas (muchas menos) me lleva a pensar que tengo tantas razones para sentirme vil como para declararme inocente de todo pecado y de toda culpa. Mi error (entre otros muchos) no fue saturar mi vida de figuras literarias, sino en otorgarles un visado inmaculado de realidad. Incluso llegué a olvidar que Samsa murió aplastado por el peso de su propio caparazón. Intenté ser el protagonista de la tragicomedia existencial en la que me debatía por ser el “dueño de mi destino” (otro desatino cuyo origen se encuentra en las películas y obras literarias de mi juventud). Me percaté de que la obra no variaba excesivamente si pasaba por ella como un elemento prescindible o irrelevante. Mis paradojas y contradicciones al conjugar simultáneamente los verbos “amar” y “vivir” me condujeron a adoptar el papel de narrador omnisciente en una obra que denominé Fenomenología de la renuncia. Fracasé porque la voluntad de negatividad puede convertirse en un hábito placentero que se nutre de la nostalgia cuando no de la melancolía (esa enfermedad del alma para la que aún no se ha descubierto ninguna cura). Minusvaloré el papel del azar en los asuntos cotidianos y me refugié en la idea de que ignorar esta evidencia es una muestra de mesianismo incontinente. Entre la gravedad y la pesantez de la vida, a veces soy realidad pétrea anclada al suelo donde se dibujan los recuerdos, otras, humo ingrávido que asciende hacia el olvido.  

 


 

 

 



 


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