Conflictos y malentendidos sentimentales o de otra índole
La cobardía es asunto De los hombres, no de los amantes Los amores cobardes no llegan a amores Ni a historias, se quedan allí Ni el recuerdo los puede salvar Ni el mejor orador conjugar
(Silvio Rodríguez)
Un nuevo conflicto o tiempo denso de dolor, de rabia que aprieta con fuerza las mandíbulas, de grietas en el cuerpo que gritan hacia dentro. Conflictos o momentos de paréntesis, vacíos, y más grietas por las que se escapa la alegría. Un nuevo conflicto, ristras de palabras que chocan unas con otras para generar más y más bullicio. Sube el volumen de las voces hasta convertir el sonido en ruido, aumenta la intensidad de los gestos para transformar la conversación en una batalla por la razón (o la sinrazón). Y todo ello a pesar de que sabemos que muy pocos conflictos tienen su origen en la realidad o en los hechos. El detonante suele ser que distorsionamos la realidad y la malinterpretamos. A veces, por pereza, otras por desidia, por no citar nuestra devoción por el orgullo o la soberbia. La mayoría de los conflictos se diluirían si fuésemos lo suficientemente escépticos para examinarlos con un mínimo de honestidad, con un mínimo de libertad. Liberarnos, aunque sea solo por un momento, de nuestros prejuicios y hábitos hermenéuticos, puede ser el principio, como decía Bogart en la famosa película que todos conocemos, de una gran amistad (o de lo que sea...). Los conflictos tienen una dimensión cuántica que excluye términos como destino, inexorable, indefectible o determinismo. En un conflicto no podemos describir el estado existencial de un ser humano. Si identificamos su “verdadero ser”, se nos escapan sus apariencias. Si fijamos sus manifestaciones, nos enredamos en los malentendidos con respecto a su esencia. En definitiva, los seres humanos somos tan azarosos como las partículas elementales. Y, en ocasiones, tan negativos como algunas de ellas. Por ejemplo, los electrones. Ellos describen órbitas alrededor del núcleo de protones y neutrones; nosotros trazamos elipses en torno a un tema o cuestión que no podemos sacar de nuestra cabeza. Los electrones difícilmente abandonan su órbita, nosotros casi nunca salimos de nuestros singulares laberintos emocionales.
No obstante, lo peor no son los conflictos, sino su ausencia: éxtasis de la inanidad, éxito de la futilidad…hastío, abulia. Una pregunta, una respuesta directa, un nudo en el estómago o un gato que araña en el pecho, silencio alternándose con comentarios “a trompicones”, cuando no balbuceos, dificultad de expresar lo que no se acaba de organizar lógicamente en la mente, palabras que se colapsan antes de ser pronunciadas, pensamientos que huyen cuando se creía tenerlos atrapados, temor, quizás, a no decir la palabra precisa, en definitiva, cautivos de la amenaza del lenguaje...nos perdemos...en el malentendido que surge entre aquéllos que tienen la certeza de haber llegado a entenderse pero comprenden que no deben ceder a los arrebatos de la inocencia, que la lucidez es una buena herramienta para la supervivencia.
Y en verdad te digo, sin ningún tipo de ironía o sarcasmo, que sí, que tienes razón cuando afirmas que me refugio en la hipótesis más pragmática. Y aunque no sé si tienes o no razón, sé que la tienes, porque no puede ser, aunque lo sea, casi siempre o en la mayoría de las ocasiones, que te eche de menos y los cigarrillos no sean humo apasionado y el whisky no se sirva en un vaso bajo. Y que persista en el malentendido prolongando el conflicto, tomando la causa por el efecto y a la inversa, poniendo después lo que debería venir primero. Y yerro al pensar que en el principio fue la nostalgia y a continuación vino el verbo. Que para eso estás tú, para restaurar de nuevo el orden natural de la secuencia de eventos que mi alma tergiversa, para expresar de un modo siempre acertado y nunca inoportuno que primero fue el verbo y después la nostalgia. Porque en caso contrario, todo sería más difícil y me ahogaría en el magma incandescente que emana de los verbos y de la sintaxis que desatan lo que une la gramática.
Así que más allá o más acá de la socarronería del último párrafo, me pregunto: ¿Cómo salir indemnes de este laberinto que transitamos cuando nos empeñamos en seguir instalados en el malentendido de pretender ser nosotros mismos mientras jugamos a ser otros? Siempre nos acecha el minotauro, un trasunto de nosotros mismos que refleja nuestras miserias y grandezas. Y en este devenir incesante, ocurre que cuando intentamos trazar, con mano firme, la línea que une la vida con lo instituido y normalizado, entonces las manos se rebelan y los dedos se caen justo allí donde nace un verso o se principia una rima.
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