No hay que desperdiciar una buena ocasión de quedarse callado (Jorge Drexler: SILENCIO)
A NADIE PRETENDO COMUNICAR CERTEZA ALGUNA. NO LAS TENGO.
A lo sumo alguna conjetura, siempre desde la incertidumbre.
Hace años lo aprendí de Albert Camus. Más tarde, unas palabras de Michel Foucault volvieron a recordármelo: No hay que dejarse seducir por las disyunciones, ni aceptar acríticamente los términos del dilema: o bien se está a favor, o bien se está en contra. Uno puede estar enfrente y de pie.
"La idea de que todo escritor escribe forzosamente sobre sí mismo y se retrata en sus libros es uno de los infantilismos que el romanticismo nos legó...las obras de un hombre trazan a menudo la historia de sus nostalgias o de sus tentaciones, casi nunca su propia historia" (Albert Camus)
No vivimos del mismo modo el acto de pensar
una vida y el de trazar una ruta. Un punto de partida –definido, ubicado- y una
meta constituyen el ingrediente de cualquier trayecto. Sin embargo, una vida
parte de un haz de contingencias y, con respecto a su final –no a su finalidad-,
nos debatimos entre el absurdo y la incertidumbre. He aquí la diferencia: en la
ruta, la contingencia puede alterar el itinerario; en la vida, marca su inicio.
Para diseñar una ruta se conjugan razones, motivos, lugares e inquietudes. Intentar
diseñar una vida significa entrar en el juego de la impostura: no existen
cartografías de la existencia humana. La ruta puede ser sinuosa, escarpada,
recta, llana o abrupta. La vida es laberíntica, confusa y complicada. Quizás
ambas coinciden en ser el fruto de un acto libre. La primera es el fruto de una
decisión. La segunda constituye un ejemplo del modo arendtiano de entender la
libertad: el acontecimiento de introducir algo nuevo en el mundo. Así pues, es
un deber moral continuar trazando rutas en connivencia con la vida en este
devenir incesante de necesidades y contingencias en los que se forjan los intentos
de despistar al absurdo: el amor, la amistad, la verdad o la lealtad.
Debo ser muy gilipollas por entusiasmarme con todas aquellas
cosas que realmente me entusiasman, y además prolongar el entusiasmo,
alargarlo, tirar de él para que no se agote, para que se mantenga vivo en las
horas muertas de cada día, en esas horas quemadas con sabor a ceniza.
Debo ser muy gilipollas por entusiasmarme con aquellos gestos
que realmente me entusiasman, y además pretender saturar mi cuerpo y mi alma
con ese entusiasmo, recrearlo incesantemente y proyectarlo en palabras que caen
sobre el papel o sobre la pantalla para ordenarlas siguiendo los preceptos que
mi sintaxis les impone. Una sintaxis, todo hay que decirlo, impregnada de una semántica
tan lógica como afectiva, tan real como ficticia, tan falsa como auténtica, porque mis palabras son
y no son máscaras, son y no son disfraces, son latidos de mi corazón transformados
en signos, en huellas condenadas a la extinción, en absurdos para los cuales no
hay hermenéutica posible. Mis palabras son y no son ejercicios de retórica, ni
de erística, ni siquiera el libre juego espontáneo de un lenguaje
autorreferencial que sólo pretende vivir alegremente una especie de narcisismo
inocente. Mis palabras siempre son excesos prescindibles, la expresión de ese
algo que me habita y me excede como una flecha que no puedo dejar de lanzar porque
ya no soporta la tensión del arco que la atrapa.
Debo ser muy gilipollas, o más bien, un gilipollas
entusiasmado: sé que hay una duda metafísica, una duda, como se dice ahora,
estructural, que actúa como riguroso vigilante de mis “caídas” en la banalidad
del comentario inoportuno o en la inconsistencia del acto que no puede aclarar
sus razones.
Hay esperanza en cualquiera de las formas que adopta el
entusiasmo: una meretriz que cobra un alto precio por sus servicios. Hay
ingenuidad, comprensible durante la adolescencia y la juventud pero censurable
cuando el espejo devuelve la imagen de un rostro roturado por el paso del
tiempo. Hay absurdo, intolerable pero insuperable desde que nos abandonaron los
dioses.
¿Quién se entusiasma en mí? ¿Cuál de las formas que me
habitan incurre en ese error de cálculo? El tiempo es un viejo blues cuya
principal ocupación es oxidar las palabras y los sueños que forjaron nuestras
ilusiones. Es laborioso, insistente, pertinaz e insobornable. Es taimado, pues,
en ocasiones, nos hace creer que es nuestro aliado, e incluso nuestro cómplice.
Creemos que podemos definirlo, medirlo y someterlo. Pero cuando muestra su
verdadero rostro, ya es demasiado tarde para enmendar el error. En el momento
en que, entusiasmados, comenzamos a celebrar nuestra victoria sobre el tiempo,
nos damos cuenta de que nos ha consumido, de que nos ha roído el cuerpo y el
alma. De que ha mostrado el absurdo de las grandes palabras que forjaron
nuestros sueños: Esperanza, Amor, Lealtad, Verdad…Y nos damos cuenta de que hemos sido complices de nuestra propia destrucción.
Las
palabras y las cosas, el lenguaje y los hechos, vocales, consonantes, y más
palabras, frases, discursos, libros, bibliotecas, y más allá, o más acá,
permanece indiferente el mundo, el universo hecho de tantos fragmentos, de
trozos de tiempo quemado, de piedras, de calles, de cuerpos, de sueños, de
ideas y pensamientos. Y más allá ese otro orbe, el mundo de los otros, de todos
y cada uno de los otros que no son ni tú, amigo mío, ni yo. Y más acá, pero
siempre cerca, estamos, tú, amigo mío, mi amigo, y yo, siempre transitando los
laberintos de nuestra frágil identidad, reconstruyendo cada día una existencia
endeble con fragmentos de sueños que se evaporan al contacto con la realidad,
recreando una vida que comienza ya a ser más de renuncias que de conquistas. Y
entre lo hallado y lo incierto, amigo mío, nuestra amistad, la mirada amable al
anticipar un descalabro, el gesto que capta una disonancia en el devenir de los
afectos, una copa improvisada a ritmo de Jazz, de Blues, de Soul, o la libertad
de abrir el alma y evitar su caída en los momentos de desconcierto. Amigo mío,
mi amigo, desde aquellas experiencias ubicadas en las aristas de nuestras
vidas, un sonido se eleva, etéreo hacia el cielo. Nos reconocemos en el espacio
diagramado por una voz, una sonrisa o un abrazo. Esos instantes densos en los
que la eternidad penetra el presente para evitar someternos a la tiranía del
tiempo. Las mil y una variaciones en la melodía, las rupturas, las suturas, los
cambios, las improvisaciones, los meandros que describen nuestras vidas no
pueden cancelar el valor de nuestro mutuo aprecio, respeto, cariño y devoción.
1974: La meditación de Eberhard Schoener
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Contenido de esta entrada:
Introducción
Historia
El álbum Meditation
Introducción
Este artículo lo dedicamos a *Eberhard Schoener *y el álbum *Medita...
1974: La meditación de Eberhard Schoener
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