Desesperación
Gracias a la vida que me ha dado tanto Me ha dado la risa y me ha dado el llanto Así yo distingo dicha de quebranto Los dos materiales que forman mi canto Y el canto de ustedes que es mi propio canto Gracias a la vida que me ha dado tanto
(Mercedes Sosa)
Cronopio y desesperación son términos antitéticos. En los anales de la historia no consta la existencia de cronopios desesperados. Eso sí, son seres que desesperan sin desesperarse a los espíritus aborregados y necios. De hecho, mantienen una tradición que siempre me ha llamado la atención. El treinta y uno de febrero suelen reunirse en la plaza del ayuntamiento para celebrar la Ceremonia del Silencio. En la ceremonia intervienen cronopios que durante el año han sufrido algún revés importante de carácter sentimental, profesional o familiar. Un cronopio libre de afecciones oficia el acto, exento de cualquier signo de pompa o boato. Se sitúa en una plataforma desde la que divisa el círculo que describen los cronopios afectados, en cuyo centro se yergue majestuosa una gran hoguera. El ritual comienza cuando el oficiante canta hasta diez veces seguidas, con un ritmo sincopado que recuerda la pieza TAKE FIVE de Dave Brubeck, el primer verso de la canción GRACIAS A LA VIDA. A continuación, el ambiente se impregna de un silencio que dura exactamente treinta y dos segundos. Tras el silencio que establece el protocolo, el oficiante tararea el solo de guitarra protagonizado por Don Felder y Joe Walsh en HOTEL CALIFORNIA. Entonces, los cronopios comienzan a conversar con el fuego de la hoguera como si de un ser humano se tratase. No se entiende nada de lo que dicen, pues lo que prima no es el significado de las palabras sino la fuerza de sus significantes. Armado de un saxofón, el cronopio-guía de la ceremonia toca con solvencia las primeras notas de la célebre canción WHEN THE SAINTS GO MARCHIN IN que hizo famosa el “enormísimo cronopio” Louis Armstrong. Los versos apocalípticos de la pieza adquieren una dimensión catártica, pues al ritmo impuesto por el saxo responden desnudándose y brindando su ropa al fuego, que la devora en unos instantes. Los cronopios no sienten la vergüenza que, a veces, conlleva la desnudez, pues antes, en el batiburrillo de voces habían desnudado sus almas. El silencio es abruptamente roto por una masa de cronopios armados de trompetas, trombones y tambores que acuden a celebrar que el fuego ha quemado todas las indisposiciones de los cronopios afectados. Les llevan ropa y bailan todos juntos alrededor de la hoguera cantando a coro “Gracias a la vida, que me ha dado tanto…”
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