Sapiosexualidad/Sapiofilia
Me dijo que yo estaba medio roto
Como un cuadro de Banksy pujado por diez locos
Que se había enamorado de mi coco
Que no era casual decir tanto con tan poco
(Brock Ansiolitiko)
Ayer mencionaste la palabra “sapiosexual” mientras clavabas tu pupila azul en mi pupila marrón, aunque ambas pupilas apuntaban directamente hacia la trayectoria del balón golpeado por el delantero desde el punto de penalti. Desconocía el término. Más tarde, indagué sobre el asunto, ya sin pupilas confrontadas, y descubrí la palabra “sapiofilia”. Ambas se avienen al juego de la seducción en el que la inteligencia es el protagonista de un eventual episodio afectivo de la vida cotidiana. Quizás las dos palabras no sean sino exponentes de un tema recurrente de la peciosofía, el de la relación entre eros y Philia, entre amor (erótico) y amistad (amor sin deseo, aunque exista el término “follamigos”), entre deseo y cariño o aprecio. La intersección de ambos términos y la realidad que refieren da como resultado un estado identificado como “la idealización del otro”, el seductor. El seducido, por la presunta brillantez intelectual del seductor, ha decidido rendirse al producto de su idealización. ¡Ah, qué seria de los no muy agraciados físicamente, bajitos y con canas, si no existiese la sapiosexualidad o la sapiofilia! Dios hizo el mejor de los mundos posibles, dice el filósofo, para compensar las carencias naturales y no sucumbir al impacto que produce la imagen que nos devuelve el espejo. Ahora bien, la intersección antes mencionada concita otro parámetro: la distancia. Sapiosexualidad y sapiofilia son dispositivos cuya función es, si no la abolición, al menos, la reducción de la distancia que separa al seductor y al seducido. Porque dicha distancia no es infinita, y mucho menos definitiva. Ahí, en ese espacio físico y espiritual cabe la duda y la certeza, lo posible y lo imposible, la cita y el adiós, la alegría y la tristeza, la risa y la mueca…incluso cierto desvarío y cierta impostura. La distancia entre dos no es una anomalía, sino el fundamento de Eros, Philia, sapiosexualidad y sapiofilia. La distancia es conditio sine qua non de toda relación: evita la fusión, fomenta la fisión. Y aunque somos algo más que átomos, el deseo, como la energía, no se pierde, solo se transforma, se aviene al tipo de relación que uno mantiene consigo mismo. Si no me gusto, cómo voy a gustarle a otro -dice el deseo, que a veces miente. El deseo se nutre de sí mismo, tiene una voluntad autofágica. Se desea la imagen que nos hacemos del otro, la que retrata al personaje del personaje. El deterioro de la imagen ideal que se forjó en su momento desactiva del deseo prístino y sobreviene la caricatura o la hipérbole. Sobrepasamos el límite que nos impone la realidad y constatamos que no se puede vivir sin reconocer cuáles son nuestros límites y los de aquellos a los que amamos. No se puede vivir sin reconocernos en esos límites que nos definen en el movimiento incesante de una identidad que nunca se fija o, como dicen mis contemporáneos, se implementa.
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