Amores que matan nunca mueren
Te busco en lugares que jamás has habitado, en el rostro de un desconocido, en las sábanas que ya no te reconocen, en el anonimato que encubre tu secreto. Te busco en las letras de los blues que nunca hemos escuchado, en la ausencia del calor de tu sexo.
(Elia Monteverdi)
Me rebelo contra todo dogmatismo prescriptor de leyes destinadas a domesticar el cuerpo y el alma, contra el optimismo pueril y el pesimismo fatalista, contra la nostalgia de las ocasiones perdidas y la vanidad de quien se jacta de las vividas, contra el silencio y el ruido, contra el vacío de la existencia y la ingenuidad de pensar que un solo ser puede cubrir todo el espectro de anhelos, sueños o necesidades que anidan en las entrañas. Me afirmo en mi soledad compartida y sonora, poblada de versos y canciones que me invitan a cercar tu soledad como un animal hambriento. Me rebelo contra la tentación de andar por la cuerda floja tendida entre dos abismos: el nacimiento y la muerte. Me afirmo en el elán pasional que descubro cada vez que el espejo me devuelve la imagen de mi rostro desapasionado. Me afirmo en lo inoportuno y en la impostura contra aquellos que se empeñan en marcar caminos y señalar direcciones. Me rebelo contra el insomnio que fractura el sueño y me embriaga del silencio, esa extraña llave que abre las puertas de la nostalgia, esa perversa cita con la dialéctica que generan la memoria y el olvido. Me reafirmo en que invertir en amor o amistad es una buena decisión, pues es una ilusión o idealización que se construye sobre la realidad material. Y ello a pesar del elenco de perversiones sentimentales que amenazan el inefable mundo de la afectividad. Me rebelo y me afirmo en la inquietud y en la incertidumbre de mi rebelión y mi afirmación que dicen sí y no al mismo tiempo. Me rebelo y me afirmo con el poeta:
Y
morirme contigo si te matas
Y matarme contigo si te mueres
Porque el amor cuando no muere mata
Porque amores que matan nunca mueren.
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