La ruta del sosiego
Verano de 2005
Ocurrió hace ya veinte años. Todo que se puede contar de La ruta del sosiego comenzó una mañana del mes de julio de 2005. El origen del viaje fue la risa. O, más bien, la carcajada que provocó nuestra pretensión de recorrer la ruta 66 en moto. Ni más ni menos. Conscientes del carácter peregrino de nuestra apuesta, decidimos recoger velas y formular un proyecto más realista de nuestros anhelos e inquietudes. El viaje se ceñiría a la geografía hispánica y no llevaría más cinco o siete días. Decidimos que nuestra imaginación no era de las que vuelan, sino de las que reptan, no aspiraba al cielo, sino a vivir unos días a ras de suelo.
La ruta del sosiego -Paco Alcolea (Honda CB 500) y Paco Fernández (Yamaha Drag Star 600-, se inició con un axioma de los que suele formular mi compañero de desventuras: en los viajes hay que ser como el junco en la tormenta.
Y un corolario: en los viajes hay que romper el ritmo a nuestro ritmo.
Día 1: Murcia-Cuenca
Yo, epítome del rigor y la disciplina, preparo el viaje siguiendo la normativa vigente: 1) revisión de los elementos esenciales de la moto: aceite, frenos, presión de neumáticos, etc. 2) botas, chupa, guantes, pulpos, equipaje, etc. 3) comprobación de papeles: carnet, seguro, itv, etc.
Cuando llego a Archena -lugar de encuentro- me encuentro a Alcolea. Le pregunto sobre si ha hecho las comprobaciones pertinentes y me responde que sí. Pero sé que no lo ha hecho, su aspecto anti-motero lo revela: Calza unas chanclas de playa, camiseta de manga corta y pantalón corto. Justo lo que mandan los protocolos para iniciar un viaje. Paco es un anarcomotorista que se confía a la suerte y a la diosa Fortuna. Alcolea is different.
Fanfán aguanta estoicamente las embestidas del hongo maldito. No sin manifestar cierta incomodidad por tener que convivir con semejante microorganismo. Una primera parada en Albacete motiva en Alcolea proponer un giro en el plan trazado: vamos a Alcalá del Júcar, me dice. Previamente, en Jorquera, un pueblo sobre un valle seco y árido, donde parece un milagro que florezca la vida, tras un alto en el camino para reponer fuerzas y el humo que falta en los pulmones, la Honda no arranca. Inútiles para cualquier tarea relacionada con la reparación de motores u otros ingenios fruto del progreso del ser humano, decidimos echar un vistazo a la máquina. Tras un repaso visual exhaustivo de la moto, optamos por subirla a empujones de los de lengua fuera hasta lo más alto del camino en el que habíamos encallado. Moto hacia abajo, culazo en segunda y la bestia arranca.
Doscientos kilómetros más tarde, llegamos a Alcalá y constatamos eso que dicen los moteros: lo mejor de conducir una moto ocurre cuando te bajas de ella. El calor aprieta, así que fuera botas, fuera pantalón, fuera chupa y a zambullirnos en la playa-río que cruza el pueblo. Después del baño, un bocadillo de pan blanco y agua, y agua y más agua. Reanudamos la marcha y por Minganilla llegamos al camping situado a las afueras de Cuenca. Pagamos catorce euros por unos morteruelos en un bar de la Plaza mayor. Luego, Pub y mensajes, Pub y llamadas, y más pub…y al camping a descansar. Como las neuronas de mi amigo no descansan, me sorprende, de nuevo, con un teorema alcoleano:
lo mejor del camping es cuando no estás en el camping.
Y su correspondiente corolario:
el camping te hace amar tu casa.
Y aquí estamos, a la 1:45 de la madrugada: encogidos en la tienda de campaña, pero contentos…mañana más. ¿He dicho mañana? Unos minutos después, cuando creía que mi amigo dormía, se incorpora y suelta una tesis irrefutable:
los camping tienen algo especial a pesar de TODOS los inconvenientes.
Día 2. Cuenca: sosiego y desasosiego
Nos levantamos tras escuchar el grito del ciervo conquense. En la plaza, una morena inconmensurable, indiferente a nuestra mirada inocente, pasa y se aleja mientras Alcolea plantea la posibilidad de reorganizar su vida a partir de su conversión en monje cisterciense o, quizás, franciscano, por mor de la retórica y el pleonasmo asociativo del nombre y la vocación. Me sorprende (o no) con un nuevo filosofema:
Las mujeres tienen más curvas que las hoces del Júcar.
En la piscina, con hábitos edénicos, multiplicamos las consideraciones sobre las mujeres y las curvas. Una hermenéutica ajena a los protocolos de la racionalidad invita a Alcolea a extraer un nuevo enunciado de su fuente inagotable de saber higádico:
Las curvas de una mujer son autopistas hacia la felicidad.
Continúa el día sosegado mientras escribo acostado sobre el césped y Alcolea lee fragmentos de Puro humo. Una escena bucólica que alguien podría interpretar como la interacción de dos homosexuales bien avenidos. Paco no ceja en su empeño de producir sentencias glosadoras de la experiencia vital del mundo motero:
La vida es puro humo que asciende ingrávido hasta convertirse en recuerdo…
Compartimos confidencias al abrigo de una heladería italiana. Fanfán ha dicho “hola” para requerir mi atención debido a los embates del hongo maldito. Es mediodía y buscamos un hospital o ambulatorio. Fanfán exige un diagnóstico y una terapia. En la sala de espera ojeamos una revista médica y nos topamos de bruces con la expresión “Degeneración tapegtorretiniana”. Bromas y comentarios no necesariamente obscenos. Me atiende una médica que emite un diagnóstico sin ni siquiera ver al afectado. Fanfán no ha tenido ni que asomar el morro. El tratamiento tiene un nombre: Canestén.
En la Plaza Mayor, Manolo, cantante de esquina y calimocho, nos informa detalladamente sobre “la nuit” conquense. Grabamos su actuación, nos liamos unos cigarrillos y nos habla de la abuela.
Decidimos darle un uso poliédrico al Canestén: alimento para Fanfán y ungüento para la columna de Alcolea. Así pues, mientras Fanfán se nutre del agente antimicrobiano, Alcolea emite para la historia una de sus más inefables proclamas:
Solo ha habido un momento de desasosiego en este día: cuando ella, obligada a ello, no ha hecho lo que debía…
Por la noche, cena en el restaurante del camping. Una camarera interesante, simpática, alegre y llena de vida nos procura las viandas necesarias para recuperar la energía. Después, el móvil y las ausencias, más móvil y, por fin, el momento de la presencia…
Nota bene:
Por fin hemos conocido al auténtico pavo conquense manifestando con su canto el carácter trágico-cómico de la vida.
Día 2. De Cuenca a Albarracín.
Salimos de Cuenca y en la primera gasolinera repostamos y desayunamos. El camarero -gentil y amable- nos ilustra sobre las posibilidades motoristas que ofrece la zona, los pueblos que invitan a una parada y los accidentes geográficos que debemos visitar. De ahí, el primer asombro hídrico en LAS LAGUNAS DEL HOYO. En las citadas lagunas, parada y baño. En el centro de la laguna, una ninfa atrae nuestra atención. La seguimos con la mirada hasta que se pierde en el horizonte. No lamentamos su pérdida, sino que entre risas y comentarios completamos nuestro momento de higiene corporal y de relajación ante los kilómetros que nos quedan por cubrir hasta nuestro destino. Reanudamos el camino. Nos detenemos en Valdemorillo de la Siera donde comemos “jamón al microondas” y platicamos con los lugareños. De Valdemorillo a Albarracín, el paseo es apacible, a una velocidad adecuada a la belleza del entorno, cruzamos la Serranía de Cuenca y la Sierra de Albarracín.
Llegamos al camping de Albarracín, desplegamos la tienda y atendemos las necesidades hídrica de nuestro cuerpo con unas cervezas. Al rato, decidimos hacer deporte: un partido de frontenis con unas palas de playa -único utillaje deportivo del que disponemos. Los mosquitos mutantes nos fríen a picotazos, más no cejamos en nuestro empeño de terminar el partido. Tras el mismo, nos cruzamos con dos especímenes humanos lorquinos con los que Alcolea confraterniza -es su especialidad- espontáneamente. Se produce un concierto de rebuznos en el que Alcolea pone un toque de calidad y distinción.
Un revuelto de setas, morcilla, carne y huevos, en las Plaza Mayor, nos introduce en las cultura gastronómica del pueblo. Después, al Molino del Gato, café, whiskey y divagaciones sobre lo humano y lo divino.
Día 3. Moscas y mosquitos en Albarracín.
Al día siguiente, tras una noche de calor casi insoportable, desayuno compartido con un grupo de moscas que se han unido a los embates de los mosquitos. Vuelta por el pueblo hasta la hora de la comida. Una siesta breve, tanto como un orgasmo olvidado por inapreciable. Más calor y Paco leyendo a Cabrera Infante. La lectura le da motivos para insinuar su proyecto de escribir una hermenéutica del desasosiego fundamentada en la divisa:
De la ropa que colgué, un calcetín ha desaparecido, ya que lo que la vida te da, la vida te lo quita.
Por la tarde, jogging desde el camping hasta no sé donde y vuelta. Cena, paseo y más divagaciones hermenéuticas hasta el momento de desconectar de la vigilia y conectar con Morfeo.
Día 4. Albarracín, again.
Dormí poco y mal. Alcolea, mucho y bien. En mis notas encuentro lo siguiente: “Un fracaso en el intento de responder a la emergencia de…’y surgió la lavadora’. No me entretendré en descifrar el misterioso apunte. Visitamos, de nuevo, el pueblo perseguidos por un guía y su comitiva. Alcolea:
Albarracín es indescriptible (apunte para una hermenéutica del situacionismo existencial).
Alcolea se ha impuesto la tarea de ilustrar gráficamente el viaje. Armado de su cámara de fotos, recorremos las empinadas calles que nos llevan hasta la tienda de artesanía LA PARRA. Fumo un cigarrillo en la puerta y entablo conversación con un señor y dos señoras. Una de ellas vivió en Caravaca hace ya algún tiempo. Después, vivió en Francia. La conversación no da para que me informe dónde vive actualmente.
Vuelvo a fumar en la calle Del chorro. El viento es agradable e invita a conversar con Alcolea mientras luchamos contra las moscas. Las casas de estas calles son como lenguas que buscan juntarse a medida que se estiran buscando el cielo. Alcolea exhibe su impronta filosófica y exclama:
Este sí que es el pueblo del sosiego.
Son las doce y cuarenta minutos. Nos encontramos frente a la Casa Azul o casi violeta. Una construcción que destaca sobre el resto de las casas. De nuevo, Alcolea:
Ella camina y no sabe que la hemos mirado. ¿O sí?
A juicio de Alcolea,
Albarracín es un lugar donde la ropa tarda menos en secarse que en ser lavada. Pero como todo tiene su precio, se cobra un calcetín. Este y no otro es su mecanismo de supervivencia en los límites que abarcan el espacio entre el Castillo y los Abismos.
Dos jóvenes músicos ensayan con sus vibráfonos en la antigua ermita de San Juan. Solo dos espectadores, Alcolea y yo, contemplan su modo de crear belleza mediante los sonidos. Alcolea, como un verdadero reportero, grabadora en mano, levantó acta del momento: un documento sonoro que pasará a los archivos de Tierra de Nadie, una prueba de su eficacia y eficiencia como pilar incombustible de la radiodifusión contemporánea.
Inmunes al desaliento intentamos vencer al calor y a las moscas armados de cubitos de hielo. No lo conseguimos, pero continuamos instalados en el sosiego, mucho sosiego. La quietud, alimento específico de la singularidad creadora de Alcolea, genera un nuevo filosofema de filiación estoica:
Ármate de sosiego y vencerás al tiempo y al destino -también a las moscas.
En la tienda de campaña, iniciamos una conversación que transcribimos sin cortes ni censuras:
¿Han picado?
No sé, acabo de conectarlo.
No hay red, no hay cebo.
Ni mar, ni río, ni caña, ni arpón.
Ni pez ni pescado.
Y, sin embargo, la pregunta mantiene intacta toda su carga de sentido.
¿Han picado?
Entramos en cuestiones que no referiré por motivos ajenos a la racionalidad inherente al comportamiento humano. No obstante, transcribo ahora la conclusión de la conversación que podría interpretarse como el trasunto de una jaculatoria:
No se puede inventar la vida de otro, la de uno mismo ya es demasiado trabajo, demasiado esfuerzo para organizar el poliedro existencial. Ergo, cada cual a los suyo, en su singularidad y especificidad propias.
Deberíamos dormir, decimos, pero se ha puesto en marcha una cierta incontinencia verbo-confidencial que encuentra en la noche su aliada más vehemente. Continúo con la transcripción de la verborrea que nos habita y solicita permiso para traspasar las fronteras que definen la interioridad:
Al principio siempre está la soledad o su aliado, el amor propio. No conócete a ti mismo, sino cuida de ti mismo y de los demás. Una puerta, dos puertas, tres puertas… ¿A quién? ¿Cuándo? Solo tú eres el garante de tu soledad y en esto no se pueden hacer concesiones. ¡Ah!, mas no te derrames sobre otra vida pues corres el peligro de quedarte seco, de que te falte el aire y mueras de un ataque de aridez o sequedad. Ya está bien de exhibicionismo existencialista. No me cuentes, otra vez, que amar es como intentar caminar sobre el agua. No me digas, de nuevo, que al segundo paso ya te estás hundiendo. No somos ingrávidos por muy hídricos que seamos. Y, Alcolea concluye:
En cuestiones afectivas no pasamos de ser meros aprendices.
Por la noche, a pie de barra, conocemos a la Tusca (Existe documento sonoro gracias a la feliz intervención del reportero Alcolea). Antes de dicho acontecimiento, paseo-carrera hasta las pinturas rupestres. Trayecto algo caótico, pues nos perdimos. Solo gracias al genio topo-carto-gráfico del ínclito Alcolea logramos salvar la situación y volver al camping antes de que nos tragase la noche preñada de peligros “naturales”: riachuelos, piedras sueltas, gritos de animales, etc.
Ya en el camping, una breve conversación con los murcianos, una ducha y engalanados volvemos a Albarracín, al Rincón del Chorro. No sé si fue aquí o en algún garito que nos salió al paso en pleno desvarío que conocimos a la Tusca, sus vinos y sus quesos. Compramos todo aquello que la Tusca nos quiso vender: veleidades de machos venidos a menos.
Alcolea, en un arranque de imaginación deslocalizada firma el siguiente documento:
Yo, Paco Alcolea, juro por el asfalto que pisan las ruedas de mi moto que llevaré a Paris, para compartir con mis amigos, una de las botellas de vino compradas a la Tusca.
Día 5. Albarracín-Teruel
Imbuidos de infinita satisfacción por los días vividos, protegidos por el sosiego que nos embarga, iniciamos la ruta motorista, no sin antes dejar unas galletas y un mensaje a nuestros amigos de Murcia que habían salido a primera hora de la mañana a la caza de la mariposa. Emulando a los indios americanos que formaban una unidad indisoluble con su caballo, subimos a las motos de un modo plotiniano y salimos, tras una breve consulta con un lugareño acerca de qué ruta escoger, hacia Teruel. El viaje a Teruel fue de una placidez que debería cotizar en bolsa, un éxtasis sosegado sin parangón en nuestra vida. Visita breve a la plaza de la ciudad que suscita en Alcolea la reflexión siguiente:
¿Qué sería una ciudad o un pueblo sin su plaza? Lo mismo que un ser humano sin amor.
Tras la obligada cerveza, emprendemos la búsqueda de un camping.
Excurso cronológico desfasado: antes de salir de Albarracín conocimos a un francés (o suizo o belga) que montaba una Harley. Hablamos de motos y, cómo no, de filosofía. Una conversación agradable y sorprendente: constatamos que podíamos hablar en francés con cierta fluidez… (Siempre he tenido la duda de si hablábamos correctamente francés o el tipo de la Harley hacía como que entendía lo que decíamos).
El peor camping del universo se encuentra en Teruel y nosotros en él (Me quedé sin palabras, de ahí que el relato sobre nuestra estancia queda a la libre imaginación de quien cometa la imprudencia de leer esta crónica).
Sin embargo, encuentro un apunte en el que dejé constancia del lema alcoleano que sintetiza dicha estancia:
A falta de sentido, al embutido.
Día 6. Teruel – Benicassim.
Preguntamos a un nativo qué ruta seguir: por la carretera -llana y apta para acrófobos- o por la Sierra de Gúdar. Nos aconsejó la carretera, lo cual supuso que decidiéramos ir por la sierra -no apta para acrófobos como yo. Ciento y pocos kilómetros en los que nos cruzamos con un solo vehículo. Ascensos y descensos, puertos y más puertos, y yo a punto de decidir acabar con todo y lanzarme por un barranco. Llegamos a Castellón, nos bajamos de la moto, nos sentamos en una acera y una señora se acerco a nosotros a interesarse por nuestro estado de salud. Jamás olvidare el nombre Gúdar.
Aquí dejé de tomar notas. Recuerdo que fuimos a un camping en el que el encargado nos trató como si fuésemos amigos de toda la vida. Salimos a vivir la noche benicassiana y tuvimos la suerte de ir a parar a un lugar donde había conciertos de música, sobre todo, uno de Ska.
Día 7. Supongo que al final volvimos a Murcia.
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