De aquellos naufragios, estos pecios
Ayer, al levantarme me invadió una trémula inquietud y me sacudió un escalofrío. Tomé un buen desayuno, pero no pude evitar el vahído: el sonido hueco del fracaso, las primeras notas de una sinfonía de descalabros. Fui de un lado a otro y constaté que mis discos de vinilo, ahora percibidos como altares donde echa raíces el ornamento, contemplaban impasibles mi naufragio. ¿Mi vida? Un guion demasiado complejo que contrasta con las carencias de tan pobre actor. No quiero fingir más de lo necesario, no quiero traicionar mi ética (¿o era estética?) imposible. Creí poder escribir el guion de mi vida y ser el personaje protagonista, pero no sé qué divinidad me sometió a fuerzas contradictorias que concitaban lo azaroso y lo imprevisto. Ella o mis miserias trazaron las líneas que definen el inefable laberinto de mi existencia, esta tragicomedia que comienza a ser mi vida. Intento regresar al cálido hogar que ofrecen las palabras. Recorro incesantemente las páginas de los libros en un ritual casi sagrado. No hay remedio, mis sueños -o mis imposturas y desvaríos- se transforman en trasuntos de estúpidas pesadillas. Mi biblioteca comienza a mostrarse como un lugar inhóspito, en un acto de rebeldía contra la insensatez que se deriva del tedio que genera lo cotidiano. Y todo por no encontrar la ley -hoy habría que decir el algoritmo- que resuelva las paradojas que generan los sentimientos. Así que a estas horas no me queda otro remedio que soñarme otro para seguir siendo yo mismo.
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