Anotaciones de Luigi Cesare a la lectura de El libro del desasosiego de Fernando Pessoa, publicadas con el título de Anhelos Trágicos de Heterodoxia Doméstica.
En mi vida, en la vida, toda situación es oblicua, opaca, permeable, no cartografiable; y es por ello por lo que no encuentro razones ni para aceptarla, mediante un acto de afirmación sólidamente fundamentado, ni para rechazarla absolutamente. Porque hay demasiadas razones para sentirme vil, las mismas que para declararme inocente de toda culpa. Mi error no estriba en mi negativa a reactualizar la nostalgia, sino en creer que existe la posibilidad de reactivar cualquier cosa. No debemos olvidar que Samsa murió aplastado por el peso de su propio caparazón. Así, pretendí ser el actor protagonista de mi vida y acabé por no ser más que un elemento prescindible del escenario. De ahí, cierta incapacidad para la una vida sosegada, la cual se manifiesta en cada uno de los signos que trazo. Sentí que los ojos en los que me perdía poseían la nobleza y la dignidad que brota espontáneamente de la alegría. Nacía dentro de ellos, de una lágrima que escapaba porque creía ser eterna. Pensaba, con cierta ingenuidad que amar y vivir eran dos términos intercambiables. El colapso no se hizo esperar e inicié un capítulo al que titulé “Fenomenología de la renuncia”. El azar me trajo hasta aquí y jamás me abandonó. Toda metafísica de lo real que ignore esta evidencia está condenada a no ser más que mesianismo incontinente. El humo asciende liviano hasta conquistar su ingrávida levedad; tras su rastro de ausencias, una vida dibuja un trayecto equivocado, aunque el único posible. A veces enloquezco de impotencia. exijo a los demás que vean en mí lo que yo me niego a ver en cada uno de ellos: que cada uno de nosotros somos otro.
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